Fragmentos
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(…)

Llegó corriendo otro milico y le habló por lo bajo al que mandaba. Salieron todos hacia la canchita.

Cerca de una de las áreas, sobre el vértice derecho, de rodillas y esposado por la espalda, estaba Quique. Los hombres lo rodearon en silencio. El que mandaba, pistola en mano, se le puso enfrente.

En la otra área, la paraguaya gritaba enloquecida en guaraní.

-  ¡Rezá a la Virgen, hijo, rezá a la Virgen!

Quique giró la cara hacia el arco donde siempre atacan en el primer tiempo. El que mandaba le apuntó a la cara y disparó varias veces.

Quique cayó hacia atrás, su madre también cayó al suelo.  Otras mujeres corrieron a socorrerla. Tan veloces como habían llegado, los milicos se subieron a los autos y levantando polvo salieron del barrio.

Cosas como estas no se olvidan.

Luego vino el entierro apurado de Quique, los amigos llevados al hospital, el terror silencioso sobrevolando la villa, el sobresalto nocturno al menor ruido. Durante varias semanas el barrio se hundió en un silencio pesado, los perros paseaban esquivos, sin ladrar. Hasta el cura del otro lado de la vía, siempre gaucho y entrador, se negó a venir por miedo a que lo limpiaran. Fue como si hubiera bajado la peste.

Como insultando la tierra, cerca del vértice derecho del área, quedó un manchón oscuro de sangre.

(…)

Al fondo, las luces de la autopista. La niebla suspende las casas en el aire como si fuera una ciudad futura. Lo arboles se recortan sombras guardianas. Pasa un auto con escape libre, ellos están escondidos bajo de una ligustrina. Coordinando sigilo de medianoche, se escabulleron de la cama. Si ganan o pierden juntos, si transpiran juntos la misma camiseta, ¿van a volar separados?

Ladran perros porque sienten que el aire vibra, antes de que los niños salten al no-cuerpo.

-         ¿Vamos? - pregunta Mario.

-         Vamos - contesta Beto por todos.

Se hacen invisibles y salen volando.

Pasan sobre los techos soportando el primer tajo de frío, apenas pierden el cuerpo.

Pasan sobre las casas incompletas, sobre chapas apretadas por ladrillos, sobre los pasillos de la villa, pasan sobre la canchita que, apretada contra el muro “La Chémical”, se engrandece como un altar desolado. Vuelan bajo sobre algunas parras que despuntan. Ven la barra del Tucumano que tomando cerveza antes de salir a apretar gente, o a robar autos. Pasan sobre la Universidad y suben hacia las nubes bajas.

¿Se escuchan, se sienten? ¿O son una sola mente que habla consigo mismo?

-         Sin separase.

-         El Gordo se está tirando pedos…

Ríen en el aire, siendo ellos apenas un aire más denso. Cualquiera diría que pasan pájaros, cotorras. Ven los autos pequeñitos como sus propios juguetes.

Son los hijos del agua.

(…)

Mario no tiene palabras para explicar lo que sabe. Esa es la primera desgracia de un niño. Mueve las manos queriendo decir preservación o “no hay forma de medir el tiempo que tardarán en transmitirse los hijo de purita a otras mujeres”. O quiere decir: “Ya empezó la invasión” y no sabe como hacerlo. ¿Qué invasión?, le pregunta Beto y el pobre Mario no tiene palabras. Mueve las manos, no puede hacer otra cosa.

Le quiere decir estamos nosotros, los niños, cuidando para que la ciudad no se descontrole, y le dice: “somos pocos y tenemos todo en contra. La hinchada, el árbitro y la pelota además es de rugby”. Se ríe Mario a carcajadas monótonas y frías.


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