| Es extraña esta novela. Es extraña porque cuesta
entrarle, y al terminarla queda la melancolía de haber vivido en un
mundo que ya no está. Porque junto a sus golpes bajos (aunque sean los
golpes bajos que da la vida, siguen siendo golpes bajos), hay momentos
hermosos y conmovedores. Porque aunque harta un poco con su insistencia
en el sexo, casi siempre descrito como algo un poco grotesco, cuando no
perverso, tiene una belleza inusual en las palabras que le dan forma. Y
también porque aunque los niños de once años que la protagonizan no
parecen tener esa edad, atisbamos la profundidad de su ser. Los niños
transparentes se abre con un partido de fútbol barrial y con un secreto.
El compás de la historia lo marca Sol de América, un equipo formado por
niños que viven como adultos, que participa en un campeonato local. Sin
ser una novela sobre fútbol, este deporte está presente todo el tiempo:
los integrantes del equipo conforman un grupo que compartirá un secreto
que les permite volar y ser transparentes, incorpóreos. Sus vidas son
las vidas de los hijos de los obreros devenidos desocupados tras la
década infame de los ’90, en hogares mantenidos con el rebusque y en los
que el tormento no es sólo económico: no escasean los familiares
borrachos, golpeadores y pervertidos. Pero el partido del fin de semana
y el nuevo don recibido hacen las cosas más livianas.
Narrada en oraciones, párrafos y capítulos generalmente cortos, Los
niños transparentes presenta una cantidad de elementos que no la vuelven
compleja sino rica. La sencillez con que se narra, una sencillez seca
pero elegante, permite frases cortas que sugieren mucho: junto a la
canchita de fútbol está el campus de una universidad, “Desde el barrio
se veía, entre la bruma, la universidad como un lejano barco. Jamás
nadie había estado allí.”
La novela presenta momentos duros y frecuentados del terrorismo de
estado, casi inevitables en la literatura argentina contemporánea, pero
es a la vez una crónica costumbrista y un mural fantástico y mitológico,
rebosante de símbolos. Y en el contraste lo fantástico se torna central,
como el alga gigantesca, consciente, que aguarda frente a la costa de
Buenos Aires, esperando para alimentarse de mujeres jóvenes y acechando
a la ciudad. O la viva secuencia donde los niños se encuentran en el
Buenos Aires invadido por los Manos de El Eternauta, donde la nieve
siembra muerte. O la batalla en los cielos de la ciudad entre dos niños
como dioses del Olimpo, violenta y pura.
La novela es audaz porque se atreve a combinar planos y elementos que no
suelen entrecruzarse, pero también exige del lector la misma audacia,
que se despegue de las fórmulas habituales. No es Los niños
transparentes una lectura árida, pero por momentos cuesta entrar en su
ritmo, superar algunos disgustos. Es la primera novela de Jorge Huertas,
reconocido autor teatral. El pulso teatral se nota en los diálogos, en
las descripciones breves y en la representación ‘escénica’ de ciertas
situaciones, como el grito de la madre cuando están por profanar la
sangre de su hijo en la canchita. Huertas ama a sus personajes y sus
luchas, y el lector puede sentirse tentado a hacer lo mismo.
Luis Pestarini, director |