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Landrú, asesino de mujeres
Frente
a ella, un Landrú muy agitado. Tuvo que correr, perseguido por los perros, y
treparse, para poder colarse dentro del cuarto por la ventana abierta. Sacude su
ropa. Se mira las botamangas del pantalón, intentando descubrir alguna
dentellada de perro. Los
perros, abajo, al pie de la ventana, siguen ladrando, furiosos. Lola:
¡Pero qué imprudencia la suya, señor...! (Landrú no se
identifica) ¡Una gran imprudencia!. Treparse como un mono cuando... Landrú:
(la interrumpe con un gesto) Señora, por favor... (la agitación le
impide seguir). Lola:
¡Con los perros sueltos! ¿Cómo se le ocurrió semejante cosa, se puede
saber?. Landrú:
Le voy a decir (no alcanza a normalizar su respiración). Lola:
¿Qué? ¿Qué es lo que me va a decir? Que ha cometido una locura. ¿Señor...?. Landrú debe contestar, identificarse. No puede hablar todavía. Le extiende su tarjeta de visita. Lola
trata de leerla en un primer intento. No puede. Recurre a sus anteojos. Estira
un brazo y manotea la mesa de luz. Descuida las sábanas y ofrece desnudeces. Se
alarma y se cubre. Por fin alcanza los anteojos, que se calza para leer. Lola:
¿Señor... Renoir?. Landrú:
Renoir, sí. Paul Renoir. Lola:
¿Negocios inmobiliarios? (Landrú asiente) ¿Usted se dedica a esa actividad?. Landrú:
Es lo que dice, señora. Lo que usted está leyendo. No acostumbro a
presentarme con mentiras. Lola:
(le devuelve la tarjeta) La
casa no está en venta. De ningún modo. Lo estuvo, eso sí, pero enseguida
cambié de idea. Casi al instante. No sé cómo se enteró usted. Landrú:
(rechaza la tarjeta, con elegante indignación) No tengo ningún
interés en mezclar los negocios con... (se calla, deja flotando la intención). Lola:
(desconcertada) ¿Entonces?. Landrú:
(esquivo, no quiere contestar) Magnífica residencia. Lola:
Herencia de familia. Landrú:
Siglo XVII. Lola:
Mitad del siglo XVII. Muy grande, infinidad de habitaciones para una mujer
que vive sola. Señor... (olvida el nombre). Landrú:
Renoir. Lola:
Renoir. Sabe que mis perros podrían haberlo destrozado. Landrú:
Corrí muy rápido. Brrr, una exhalación. Lola:
Bastaba con un tropezón, que cayera al suelo para que... ¡Son feroces!. Landrú:
De acuerdo: feroces, bestias feroces. Unos colmillos así de grandes. Lola:
¿Y cómo entró a mi jardín? Las verjas están electrizadas. Landrú:
Las encontré desconectadas. Lola:
¡Caramba! ¡Eso no puede ser!. Landrú:
Puede ser. Compré al jardinero, señora.
Todo hombre tiene su precio. Lola:
¡Pago fortunas!. Landrú:
¿Qué límites tiene la ambición? ¿Usted los conoce?. Lola:
Oh, sus preguntas son como mazazos, señor... (olvida el nombre). Landrú:
Renoir. Lola:
Renoir. Sus preguntas me obligan a pensar, me obligan a ver una realidad que
está ahí, afuera, al alcance de mi mano, pero que sin embargo yo no quiero
reconocer. A propósito, señor... Landrú:
Renoir. Lola:
Renoir. ¿Cuáles son los motivos porque yo lo tengo delante de mí, recibiéndolo
en este estado, cuando todavía no me he levantado de la cama?. Landrú:
El corazón, mi querida señora, tiene razones que la razón jamás podrá
entender. Un mazazo. Lola queda boquiabierta. Landrú sonríe, triunfal, saboreando su acierto. Lola:
¿Señor...?. Landrú:
Renoir. Lola:
Señor Renoir, ¿usted es poeta?. Landrú:
(falsa modestia) Agente inmobiliario, Lola. Solo eso. Lola:
(otro impacto) ¡Sabe mi nombre!. Landrú:
Y sus gustos. Le traje bombones (muestra la caja). Lola:
¿Suizos?. Landrú:
Suizos. Lola:
(afirma) Conoce mis gustos, señor... Landrú:
Renoir. Lola:
Muero por el chocolate suizo. Pero
es mucho para Lola. Se siente acosada y vulnerable. Intenta resistirse, poner
distancia. Lola:
Estimo que también estará enterado que esta tarde mismo salgo de viaje. Landrú:
De ahí mi apuro. Por eso corrí y me expuse a los peligros que... Poca cosa
comparada con el premio que me aguardaba al final. Lola:
¿Premio?. Landrú:
Premio. Lola:
¿Qué premio, señor...?. Landrú:
Renoir. Lola:
¿Qué premio, señor renoir?. Landrú:
Usted. Una conversación. Un contacto. El golpe del nocaut. Lola cierra los ojos, se entrega. Lola:
tenemos bastante tiempo, señor... (recuerda el nombre) Renoir. Por
fortuna mi tren sale recién por la tarde. A última hora, con la caída del
sol. Landrú: ¿Despachó el equipaje? Lola:
(se desconcierta) ¿Mi
equipaje? Supongo que sí. No son mis cuestiones. Los criados ya se habrán
encargado de eso. Landrú:
¿Las joyas?. Lola:
(nuevo desconcierto) ¿Qué pasa con mis joyas?. Landrú:
¿Dónde las lleva? ¿Viajan con usted o las metieron en alguna valija?
Conviene que vayan con usted. Ese es mi consejo. Hoy por hoy hay muy poca
seguridad en los ferrocarriles. Los robos son continuos y la empresa no quiere
responsabilizarse. Lola ríe. Landrú se inquieta, no entiende. Lola
mete las manos bajo las almohadas y saca un cofrecito, que muestra, pícara. Lola:
Viajan conmigo. Landrú:
Aprecio su prudencia, señora. La aprecio y la aplaudo (aplaude). Lola:
(apoya el cofre encima de sus grandes pechos, lo abre y reluce la pedrería)
Aquí está lo mejor. Y lo más caro. Landrú
acerca la mirada, observa con aire de entendido. Landrú:
Hermosos pechos, Lola. Lola,
espantada, suelta el cofre y las joyas riegan el lecho. Se cubre el busto con
las manos y las sábanas. Landrú:
Los puso al alcance de mi mirada, señora. Tampoco uno es de fierro. Lola:
¡No siga, no siga señor...!. Landrú:
Renoir. Lola:
No siga, señor Renoir. No siga que me muero de vergüenza. Ni siquiera mi
esposo, que en paz descanse, me vio alguna vez desnuda. Mucho menos a la luz del
día, con este sol terrible que... Lola
se interrumpe, atenta a las tareas de Landrú, quien con sumo cuidado recoge las
alhajas, una a una, y las vuelve a meter en el cofrecito. Landrú:
Hay que tener cuidado con esto, mi querido Lola. Esto vale mucha plata. Una
sola perlita, perdida entre las sábanas... Lola:
No conozco la cotización exacta. Landrú:
Millones, Lola. Yo se lo aseguro. Landrú le entrega el cofrecito. Lola lo vuelve a esconder bajo las almohadas. Landrú:
¡Qué más seguridad que esa, mi querida señora! ¡La mejor! ¡Escondidas
en su propio lecho, la zona sagrada!. Mientras grita esto Landrú retrocede, como si de pronto el lecho se hubiera transformado en una zona sagrada, vedada para él. Lola:
Por un momento pensé... (se tapa la boca) No me haga caso. Landrú:
¿Qué, qué es lo que pensó, Lola?. Lola:
Nada. Le pido que haga como que no me escuchó. Landrú:
Prefiero que entre nosotros, Lola, no haya ningún misterio. Sería como una
división, como una tapia que... Lola:
Usted es muy dulce para hablar, señor... Landrú:
Renoir. Lola:
Emplea un tono que me recuerda a mi padre. Landrú:
¡Quiero saber, Lola!. Lola:
(ríe) ¡Igual que él! Así gritaba, cuando se ponía exigente. Landrú:
¿Qué hacía cuando no le hacían caso? ¿Seguía gritando? ¿O se iba
dando portazos?. Lola:
No, no. Nada de eso. No le hacía falta. Volvía a preguntar. Insistía y se
le respondía. Landrú:
Insisto entonces. Vuelvo a preguntar. Quiero saber. Lola:
pensé que usted era un vulgar cazafortunas, señor... Landrú:
Renoir. Lola:
Como ese Landrú del que tanto hablan los diarios. Landrú
acusa el impacto: la comparación lo ofende. (continúa). |
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