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Nota del Autor |
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Greek
llegó hasta mí por la vía de Sófocles, escurriéndose a través de los
milenios hasta dar con el basural inimaginable de Tufnell Park - un territorio más
fantástico que real, una amalgama de esas zonas de guerra agonizantes en las
que han devenido ciertas áreas de Londres. Tufnell Park no fue más que una
palabra con la que juguetear - del mismo modo que nuestros comediantes más
ramplones juegan por ejemplo con el sonido de East Cheam - así que no ha habido
intención de ofender a sus habitantes. En
mi visión, Gran Bretaña se apareció como una isla encerrada en su podredumbre
gradual, rapiñada por hordas errantes sin ninguna perspectiva de futuro en una
sociedad que tenía pocos ideales y mensajes que ofrecer. La violencia que
arrasaba las calles, como una emanación que tuviera el poder de pervertirlo
todo, la espantosa fiebre de sábado por la noche a tono con los bares que
vomitan sus funestos ocupantes hacia las calles, las matanzas y mutilaciones en
los eventos deportivos, además del ocasional asesinato de opositores políticos
en Irlanda del Norte, describían una sociedad en la cual se hubiese enraizado
una peste emocional. Era un lugar gélido, en mi memoria, encendido de vez en
cuando por el rugido de la bestia - la bestia de la frustración y del enojo,
cuyo apetito es apaciguado por estas camorras revoltosas, que momentáneamente
mitigan su necesidad. Éramos los más grandes espectadores de videos, ya que
habíamos perdido la habilidad de hablarnos entre nosotros. Sentados como
zombies, sofocados en nuestros intentos de comunicarnos, alimentados por la
pantalla titilante como pacientes
de hospital enchufados a la terapia intensiva. Edipo
halló una ciudad en las garras de la peste y buscó liberarla de su fuente del
mal, representada por la Esfinge. Eddy busca reafirmar sus ideales e inculcar un
nuevo orden de cosas con su perspectiva y su energía vital. Su pasión por la
vida está inspirada en el amor que siente por su mujer, y su desprecio por el
medio degradado que tuvo que heredar. Si Eddy es un guerrero que blande flamígera
espada mientras avanza, embistiendo contra todo lo que encuentra contaminado, al
mismo tiempo él es un su corazón un joven corriente con el que muchos que
conozco se identificarán. La obra también es una historia de amor. Al
escribir mi Edipo moderno no me fue
difícil encontrar paralelismos contemporáneos, pero cuando llegué al momento
en que se arranca los ojos me detuve, porque en mi versión no hubiese tenido
sentido (considerando la disposición nada fatalista de Eddy) que se embarcase
en semejante acto de odio hacia sí mismo - a menos que yo hubiera cedido a
esclavizarme a imitar el original. Un día un amigo me dio a leer un libro que
echó luz sobre mi problema con una situación casi idéntica. El libro se llama
Siete Flechas y es de Hyemeyohsts
Storm. Hay en él un pasaje de tal ternura y simpleza que inmediatamente me
proporcionó la clave para mi propio final: “-¿Cómo
es, Halcón -le pregunté- que no he de hacerle al amor a Dulce Agua, mi madre? -¿La amas?, me preguntó. Le respondí: -Sí, más que a nadie… Pero… los hijos de semejante
amor no nacen bien. -
¿Alguna vez has visto a uno de estos hijos?- preguntó Oso Nocturno. -
No. Y tampoco he sabido de nadie que los haya visto… -
Entonces es como todo… Parece fácil escuchar que un hijo mata a
alguien, aun a su madre, pero resulta difícil a los oídos de la gente
enterarse de un hijo que ama a su madre.”
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