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Libro de ruta |
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Advertencia: ésta
es una obra con moraleja. Una obra sencilla. Sus temas son la
memoria, la amnesia, el lenguaje, la tradición, el apocalipsis, la Puna, el
pensamiento femenino, Chivilcoy, el paso inexorable de las horas, el mundo de
Bradbury y su Fahrenheit 451, la
suerte del gaucho. Su simbología opera a través del antiquísimo mecanismo de
la alegoría. La biblioteca es un cementerio, el libro es la memoria, las
campanas del convento son el tiempo. Y así. La sintaxis es prolija y no
requiere mayores instrucciones: las once escenas se suceden una a continuación
de la otra, y los cuatro personajes les dan entrañable carnadura. Creo que son
once. Y es posible que los personajes sean cinco, y no cuatro. Pero
definitivamente las escenas son doce. Lo sé porque hay tantas escenas como
campanadas del reloj, a espacios regulares, sumando doce, como los meses del año,
como los signos del zodíaco. No hay glosario técnico, ni se abusa de un léxico
complejo. Hay dos o tres palabras curiosas, que son explicadas dentro de las
mismas escenas. Así sucede por ejemplo con el término “mara”. Hay algunos
localismos, y considero advertir al público extranjero. La riqueza del idioma
de los argentinos no conoce límites, y contiene más significantes que
significados. Por lo cual no veo mayores dificultades, y creo que podemos
adentrarnos en el mundo de la pieza. Suavemente. Como quien hace el ejercicio de
olvidar algo doloroso, indecible. En un país triste, en el que la memoria es
retráctil, como un bicho bolita, y la amnesia no puede llegar a sanar tantas
heridas. La amnesia feroz, como el bálsamo que nos sacará de todo esto, y les
devolverá a las cosas su verdadero valor. La amnesia que obliga a pensarlo todo
permanentemente, la amnesia activa que mantiene la carne y los sentidos bien
despiertos. Y alertas. Aquí, en el país de la modorra. Rafael Spregelburd |
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