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Síntesis |
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Esta
obra es un experimento de “traducción amplia”. El
grupo de actores que la estrenó en Buenos Aires en 1996 bajo la dirección de
Luis Herrera había estado trabajando un tiempo alrededor de la idea de montar
una adaptación de Fahrenheit 451, de
Ray Bradbury. Cuando me convocaron para colaborar con la adaptación, ni ellos
ni yo sabíamos cuán lejos del original nos llevaría la experiencia. En
mi versión, la idea básica consistió en suponer que la obra comienza allí
donde termina la novela de Bradbury. Dado que se ha acordado en quemar todos los
libros (y paradójicamente son los bomberos quienes asumen esta función policíaca)
porque se ha descubierto que de ellos emana la tristeza que impide al hombre ser
feliz, algunos disidentes han decidido preservar las grandes obras de la
literatura universal mediante un mecanismo aparentemente insoslayable: la
memorización. Así, mientras la novela termina abriendo la puerta heroica de un
puñado de hombres entregados a la memorización de un mundo necesario, yo
planteo la sencilla hipótesis de que la materia de la memoria es más
combustible que el papel. Y algo mucho peor: más corruptible. La memoria que no
se sabe perdida de antemano es aún más patética que la amnesia activa. Los
últimos memorizadores que quedan (el de Kafka, el de Dostoievski, el de José
Hernández, y una única mujer que se ha dedicado a memorizar no a los
escritores sino a los críticos literarios sin ton ni son) habitan un sótano
secreto y sostienen agónicamente la postura de la resistencia. Una resistencia
traicionada, canibalística. El
adoctrinamiento, la duda, la Argentina, el cumpleaños, y la extinción de lo
humano son los fantasmas que pasean por esta obra. |
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