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Rosacruces |
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En el siglo XVII se aspiraba a una reforma universal del saber, de las costumbres, de la sensibilidad religiosa, en un clima de extraordinaria renovación espiritual, dominado por la inminente llegada de un siglo de oro. [...] En este clima aparece en 1614 un escrito anónimo (Allgemeine und general Reformation, der gantzen weiten Welt) [...] cuya última parte es un manifiesto titulado Fama Fraternalis R.C., en el que la misteriosa confraternidad de los Rosacruz revela su propia existencia, informa sobre su historia y sobre su mítico fundador, Christian Rosencreutz. En 1615 aparecerá, junto con Fama, que está escrito en alemán, el segundo manifiesto, escrito en latín, Confessio fraternitatis Roseae crucis. Ad eruditos Europae. El primer manifiesto augura que también puede surgir en Europa "una sociedad que eduque a los gobernantes para que aprtendan todo lo que Dios ha permitido que el hombre conozca" [...]. Ambos manifiestos insisten en el carácter secreto de la confraternidad y en el hecho de que sus miembros no pueden revelar su propia naturaleza. Por esto puede parecer aún más ambigua la llamada final de la Fama, dirigida a todos los hombres doctos de Europa, para que entren en contacto con los propagadores del manifiesto: "Aunque de momento no hayamos revelado nuestros nombres, ni tampoco cuándo nos encontraremos, sin embargo intentaremos ciertamente conocer la opinión de todos, cualquiera que sea la lengua en que se expresen; y todo el que nos transmita su nombre podrá comunicar con alguno de nosotros de viva voz, o, si hubiese algún impedimento, por escrito... Y también nuestra sede (aunque cien mil personas la hayan visto de cerca) permanecerá eternamente inviolable, indestructible y oculta al mundo entero". Casi inmediatamente, desde todos los lugares de Europa empiezan a escribirse llamadas a los rosacruces. Casi nadie afirma que los conoce, nadie se llama a sí mismo rosacruz, todos en cierto modo pretenden comunicar que se hallan en perfecta sintonía con su programa. Algunos autores incluso hacen gala de una extraordinaria humildad, como es el caso de Michael Maier, que en Themis aurea (1618) sostiene que la confraternidad existe realmente, pero admite que es una persona demasiado humilde para poder formar parte de ella. Pero, como observa Yates, el comportamiento habitual de los escritores de la Rosacruz consiste no sólo en afirmar que ellos no son de la Rosacruz, sino que ni siquiera han encontrado nunca a un solo miembro de la confraternidad. Cuando en 1623 aparecen en París manifiestos -naturalmente anónimos- que anuncian la llegada de los rosacruces a la ciudad, este anuncio desencadena feroces polémicas, la opinión general los considera adoradores de Satanás. Descartes, que en el curso de un viaje a Alemania había intentado -según se decía- acercarse a ellos (naturalmente, sin éxito), a su regreso a París ve cómo a su alrededor surge la sospecha de que pertenece a la confraternidad, y sale del apuro con un golpe maestro: puesto que era una leyenda extendida que los rosacruces eran invisibles, procura aparecer en público en muchas ocasiones y acaba así con las habladurías que le conciernen. [...] Un tal Neuhaus publica, primero en latín y después en francés en 1623, un Advertissement pieux et utile des fréres de la Rosee-Croix, en el que se pregunta si existen, quiénes son, de dónde han sacado el nombre, y concluye con el extraordinario argumento de que "por el hecho mismo de que cambian y alteran sus nombres y que enmascaran su edad, y que según su propia confesión no se dejan reconocer, no hay Lógico que pueda negar que necesariamente tienen que existir". Sería muy largo hacer la reseña de esta serie de libros y libritos que se contradicen mutuamente, y que nos permiten pensar a veces que un mismo autor, bajo dos seudónimos distintos, ha escrito a favor y en contra de los rosacruces. [...] Ahora bien, esto nos demuestra cómo basta una llamada, realmente bastante oscura y ambigua, a la reforma espiritual de la humanidad para desencadenar las reacciones más paradójicas, como si todo el mundo hubiese estado esperando un acontecimiento decisivo y un punto de referencia que no fuese el de las iglesias oficiales de ambas partes (católica y protestante). Hasta el punto de que, a pesar de que los jesuitas fueron unos de los más fieron enemigos de los rosacruces, hubo quien sostuvo que los rosacruces fueron una invención de los jesuitas para introducir elementos de nueva espiritualidad católica en el seno del mundo protestante. Finalmente, y como último aspecto paradójico del asunto e indudablemente el más significativo-, Johann Valentin Andreae y todos sus amigos del círculo de Tubinga, de quienes se sospechó inmediatamente que eran los autores de los manifiestos, se pasaron la vida negando tal hecho o minimizándolo como si fuera un juego literario. de Umberto Eco, en La búsqueda de la lengua perfecta, Cap. 8: "La lengua mágica" (1994). |
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