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La obra |
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La
escena: Praga, 1939. Días
antes de la invasión alemana a Polonia, que desató la Segunda Guerra Mundial. El
tiempo avanza hasta la escena XIII, que ocurriría el 1 de septiembre de 1939,
cuando las tropas alemanas cruzan la frontera polaca. A partir de esta escena,
el tiempo retrocede: se vuelven a ver las escenas (modificadas) en orden
inverso, hasta llegar a la última (la primera, en orden cronológico) que es un
suceso previo a la Escena I, y que lamentablemente no habíamos podido ver
antes, cuando todavía era momento. Las
escenas suceden en distintos lugares de Praga y en un hotel en las afueras, pero
no hay prácticamente ningún elemento escenográfico. I(Oscuridad
absoluta. El tic tac impasible de un reloj. Se escucha una voz. No sabemos quién
habla. Es importante que toda la escena permanezca en la oscuridad, haciendo
invisibles a los personajes.) WECK:
Esa fue la última vez que desperté, porque desde entonces no he vuelto a
dormir. Se puede pasar una noche despierto, se pueden pasar dos. Tres. ¿Cuántas?
Mi historia terminará cuando acabe mi insomnio. Terminará cuando muera, o
cuando me deje caer finalmente sobre esta cama de sábanas blancas, rendido. ¿Quiénes
son todos los demás, quiénes son los otros personajes de mi drama? No estoy
seguro. Yo he visto, desde entonces, la sucesión inútil de los días y las
noches, una secuencia absurda en la que nada cambia. Salvo en la cabeza de
quienes han dormido, que creen despertarse en un lugar distinto, más siniestro
o más cómodo que sus propios sueños. Yo no he vuelto a soñar. Desde aquella
vez, claro. Estamos en Praga, fines de agosto de 1939. Mi nombre es Weck y no me
importa decirlo. Los sucesos que veremos ocurrirán en los días en los que no
pude conciliar el sueño. Todos hablamos en checo, o en alemán, pero estamos
traducidos. Creo conveniente empezar por decir que conocí a Dorita durante esta
feroz vigilia. Es una época dura. Muchos prevén la guerra. Dorita dice que me
ama. No sé. Si ella insistiera en amarme, a pesar de todo, la mataría sin
dudar. De más está decir que a mí ella no me importa. ADOLF:
No me interrumpas. WECK:
No interrumpo. Nada más digo lo que me parece. ADOLF:
No es ésa la cuestión. Todos sabemos lo que te parece. (Silencio)
¿Y cómo harías para matarla? WECK:
La mandaría matar a través de algún amigo en común. ADOLF:
¿Tienen amigos en común? WECK:
Muchos. Vos, por ejemplo. ADOLF:
Claro. (Silencio) Todos la queremos
mucho. No creo que nadie quiera matarla. WECK:
Yo también. ADOLF:
¿También, qué? (Silencio. La luz se
enciende y descubre a los personajes de la escena II. La luz nunca es demasiado
intensa. Sepia, hepática.) IIHERR VOGEL:
Y le decía: ¿no es raro que haciendo tanto tiempo todavía no nos hayamos
sentado siquiera a tomar un café? FRAU VOGEL:
Y le decía yo: no, no es raro, sobre todo considerando que nunca los invitamos.
¿Más azúcar? Praga es una ciudad tan rara. DORITA:
Sí, gracias. FRAU VOGEL:
Nosotros somos de Tzchkvsk. Pero acá no se puede pronunciar. HERR VOGEL:
De cerca de... de las afueras de Tzch... FRAU VOGEL:
Pero supongo que todos somos un poco extranjeros en este país. ¿No? HERR VOGEL:
Y le decía: ¿No es raro? Me miraba y me decía para mí mismo -¿se dice
"para" mí mismo?-: ¿qué será lo que nos aleja de los amigos? WECK:
No somos amigos. HERR VOGEL:
Claro, no ha habido oportunidad. WECK:
No puedo dejar de notar el tiempo que tarda en revolver la taza. HERR VOGEL:
Sí, es... digno de atención. Es algo que yo... la taza, digo. Pienso en esta
taza, ¿no?, que va a seguir estando cuando yo ya no esté. FRAU VOGEL:
Lo mismo que con aquel vecino anterior, ¿te acordás? Los que vivían antes en
la casa de ustedes, a menos de un metro de distancia, bueno, que ahora es de
ustedes, pero antes... ¡Qué tonta, qué nerviosa me pongo! (Nadie habla.
HERR VOGEL vuelve a revolver la taza.) HERR VOGEL:
Aunque se rompiera. Hasta los pedazos de porcelana duran más que uno. FRAU VOGEL:
No lo van a poder creer, pero vivíamos casi uno al lado del otro y nunca habíamos
visto más que el hall de entrada. DORITA:
(Mirando la casa) Bueno, es igual que
ésta. Igual, sólo que es como si se la viera en un espejo. FRAU VOGEL:
¿Qué quiere decir? DORITA:
Un espejo. FRAU VOGEL:
Debe ser el idioma. HERR VOGEL:
Había estado en la guerra, Helmut. Con los alemanes, claro. FRAU VOGEL:
¿Con los alemanes o contra los alemanes? Porque no es lo mismo. HERR VOGEL:
Pero a quién le importa eso ahora. FRAU VOGEL:
Claro. Por eso digo yo, que es el idioma. Se escucha hablar tanto en alemán.
Una guerra es una guerra, ¿no es cierto? Y a nadie le importó nada de ésta,
¿verdad? ¿Van a renovar por todo el año? DORITA:
Bueno, la casa es cómoda. Es un lugar tranquilo. HERR VOGEL:
Absolutamente. El hermano de ella siempre me dice: allá es tan tranquilo.
Averiguá si no se alquila la casita de al lado, la de la reja negra, me dice.
Averiguá. FRAU VOGEL:
Trabaja en seguros. HERR VOGEL:
Y como tienen dos chicos... imagínese. (Pausa) WECK:
No me puedo imaginar nada. (Pausa) HERR VOGEL:
Uno de los hijos quiere estudiar para... y el otro... (Pausa)
Imagínese. DORITA:
Tienen una chimenea igual a la nuestra. Un poco más alegre, con tantos
adornos... FRAU VOGEL:
Claro, en cada viaje nos traemos algún recuerdo para la chimenea. Tarjetas con
dibujos, mamuschkas, ése caballo es noruego... DORITA:
Nosotros no tenemos muchos... No por mí... Me encantan las estupideces. FRAU VOGEL:
Claro, se ve que al señor... WECK:
(Respira hondo) Weck. FRAU VOGEL:
...Weck no le gustan mucho las... ¡Y ahora hay cada tarjetas! Esperen un
momento, les voy a mostrar una increíble. (Sale a buscarla) HERR VOGEL:
Se la mandó su hermano. No lo van a poder creer. ¿Los negocios... marchan? ¿No?
(Silencio) Estuvo en América. ¡Se
ven cada cosas! WECK:
Marchan. HERR VOGEL:
Qué bien, qué bueno. Es tan difícil en estos tiempos encontrar una actividad
redituable. Los seguros están cada vez peor. Con tantos atentados como hay.
Estuvieron en América, pero quién sabe si alguna vez podrán volver a hacer un
viaje tan importante. América es importante, Rusia es importante, hay países y
países, ¿verdad? Lo que ellos quieren es alquilar en un lugar tranquilo, ¿me
entiende?... Así que los negocios van más o menos bien...
¿Y ustedes, se dedican a...? WECK:
¿Vamos? HERR VOGEL:
¡Pero si recién acaban de llegar! (A
FRAU VOGEL) Se quieren ir. No sé si me estoy haciendo entender. FRAU VOGEL:
Antes tienen que ver ésta (Por la tarjeta
de Navidad) No lo van a poder creer. (La abre. Se escucha un susurro, como una amenaza o un arrullo). DORITA:
Qué curioso. ¿Qué dice? FRAU VOGEL:
Algo en inglés. Es un murmullo, dijo August, mi hermano. Y fíjense: chatita.
¿Dónde están las pilas? Es un misterio. Tenga. HERR VOGEL:
Ahora en América se habla cada vez más español, dice el hermano de ella, que
trabaja en seguros. August. FRAU VOGEL:
¿Otro café? WECK:
Nos vamos. Gracias. (Se empieza a poner el
piloto) DORITA:
Es un regalo hermoso. (Se queda con la
tarjeta) FRAU VOGEL:
Pero... ¿por qué no se quedan a tomar un Guadalupe? HERR VOGEL:
Los hace ella. DORITA:
Es que realmente... tenemos que irnos. HERR VOGEL:
Sí, ya veo que literalmente la están arrastrando fuera de esta casa. DORITA:
Es que esta noche... HERR VOGEL:
Yo no pregunto qué pasa esta noche, ni me interesa. No es eso lo que yo
pregunto. FRAU VOGEL:
Claro, es una confusión... HERR VOGEL:
Habrá notado que no mencioné en ningún momento nada respecto a lo que pasa en
general por las noches. FRAU VOGEL:
Una pequeña confusión, pero que por pequeña no deja de ser engorrosa, Walter. WECK:
Adiós. HERR VOGEL:
(De un golpe parte la taza sobre la mesa, y se queda con la manija ensartada en
el dedo índice. Cerrando el paso en la puerta) Y
no es eso lo único que no pregunto. Ya habrá visto, Herr Weck, las dos
chimeneas tienen una pared en común, cómo amplifican las conversaciones los
tubos de la ventilación. Y uno oye cosas. Oye cosas que no querría oír... ¿A
uno qué le puede importar? Cosas de checos, cosas de alemanes, lo mismo da. FRAU VOGEL:
Además uno ve gente. Es decir, la ve. Yo veo gente. HERR VOGEL:
Va atando cabos. ¿Qué se hizo del dueño anterior de la casa? WECK:
¿El alemán? FRAU VOGEL:
La ve entrar y salir, entrar y salir, todo el tiempo. HERR VOGEL:
No me malinterprete. Yo no digo ni que sí ni que no, pero es necesario saber...
cuántos checos quedan todavía en Praga. Ya habrá visto aquella medalla. Todos
nosotros tenemos una idea muy delicada, muy elaborada, del honor que debe
mostrar un hombre, de la vocación ineludible de la patria checa. FRAU VOGEL:
Es más lo que una ve que lo que una oye. HERR VOGEL:
¿Cuántos alemanes puede haber en esta ciudad? ¿Cuántos, que estén en
condiciones de votar por el imperio? Me estoy enredando más de lo necesario. DORITA:
¿Habla del referendum? HERR VOGEL:
¡De la guerra, la guerra! ¿Y qué será lo que se cocina en semejantes
reuniones por las noches? Y uno escucha, y uno lee, y ve las fotos de los
atentados... ¿Quiénes son ustedes? FRAU VOGEL:
Sí, y lo que digo es que hubo una confusión con la... Es decir, yo la traje
para mostrársela, pero como es de mi hermano, creo que es justo que la conserve
por todo el tiempo que yo quiera. WECK saca un
arma y los acribilla a balazos. DORITA grita. Apagón. IIIADOLF; WECK; y
DORITA reunidos en torno a unos papeles sobre la mesa; TRAUMA duerme en una
mecedora. ADOLF:
Si un rosacruz era visto por un humano, cosa que de por sí es improbable porque
los rosacruces se ufanaban de ser invisibles, era necesario deshacerse de él.
Del humano. Así mantuvieron el secreto por siglos. WECK:
Números. Estos no son más que números, que significan cantidades, que son
abstracciones, que no quieren decir nada, y que por lo tanto se puede expresar
mediante el número cero. DORITA:
Sé de muchos hijos huérfanos que esta noche no pensarán lo mismo. ¿Qué hay
que rime con "huérfano"? WECK:
¿Qué estás escribiendo? DORITA:
Es mi libreta. Son poemas, cosas que se me ocurren. WECK:
Tirála. DORITA:
No lo voy a hacer. No quiero. Estoy harta. ADOLF:
Antes de seguir con esto, quiero que sepan que leí sin omisiones el Ulises de
Joyce. WECK:
(Por TRAUMA) ¿Cuánto hace
que duerme? DORITA:
Un rato, no mucho, creo. Hace tres horas. ADOLF:
¿Qué tiene que ver, me dirán? Muy bien: sentí que era necesario decirlo.
Cuando un hombre tiene cierta habilidad, cuando ha adquirido un bien preciado
que los demás no tienen, es justo que ese hombre se haga admirar. (Silencio) WECK:
Hay que terminar con esto antes de que Bruno llegue. Podría no venir solo. DORITA:
¿Y qué vas a hacer? (WECK no contesta) ADOLF:
Sí, Dorita tiene que saber qué es lo que vas a hacer. Dorita te ama. WECK:
Veo que súbitamente te interesa Bruno. DORITA:
Esto no puede seguir así. Siempre sospeché de él. Llegó sin que supiéramos
nada, nunca un dato que se pudiera certificar. Tengo miedo. Por su culpa podrían
haberte matado. WECK:
Sí. ¿Es bueno ese libro? ADOLF:
Es un libro necesario. (Por Trauma) ¿No
estará muerta? WECK:
Muy bien: esto es lo que vamos a hacer. Seguimos adelante. Tengo
estudiado el movimiento de la estación. Estas tropas van a llegar en el tren de
mañana. ADOLF:
Hay un ciego que toca permanentemente un acordeón. ¿Lo viste? DORITA:
No me parece una buena idea. ADOLF:
Entiendo que Bruno sea tu amigo. DORITA:
¿Mío? Pero si yo apenas lo conoz... ADOLF:
Suyo. Pero ella tiene razón: no tendrías que perdonarle un error que nos puso
a todos en peligro. WECK:
Me siento débil. ¿Creen que se puede haber muerto durmiendo? DORITA:
¿Y quién dice que fue un error? ¿Y si Bruno se pasó finalmente a los
alemanes? No me extrañaría que el llamado lo hubie... WECK:
¿De qué estás hablando? DORITA:
Porque... nosotros somos... ¿Los alemanes son... estamos en contra? ¿No? WECK:
No quiero oír más. Tengo sueño. DORITA:
Si intentaras dormir un poco. Es tan fácil... ADOLF:
Ojalá pudieras darte cuenta de que lo dice para protegerte. Nunca te amaron así.
Eso es lo que te desconcierta. DORITA:
No estoy segura de amarlo. Eso es algo muy íntimo. Y estoy enojada, y con
miedo. Todos juegan conmigo. Voy a terminar con una bala en... acá. ADOLF:
Bueno. Ustedes dos pueden no saberlo. Eso se entiende. WECK:
Adolf, admiro tu fría paciencia. Más que tu amistad. Para quien está insomne,
la paciencia de los otros es más valiosa que su afecto. ADOLF:
Dorita también tiene que tenerte paciencia. DORITA:
No voy a seguir más en estas condiciones. No lo soporto. (Se abre la
puerta y entra BRUNO). DORITA:
¡Bruno! BRUNO:
(Luego de una pausa) Bueno, aquí
estoy. WECK:
Trauma duerme. BRUNO:
Escuché algo en la radio. WECK:
Sí. BRUNO:
Cayeron más de diez, dijeron. ADOLF:
Doce. BRUNO:
Pero no están muy contentos, ¿no? WECK:
(Pone su arma sobre la mesa) No mucho.
BRUNO:
¿Eran todos alemanes? DORITA:
Eso es lo que yo quería decir... Porque... ¿nosotros somos la resistencia? ¿No? WECK:
¿Esperabas vernos esta noche? DORITA:
¿Hablamos otro idioma, no? BRUNO:
Tal como habíamos quedado, ¿por qué? WECK:
Prefiero que no haya dudas. Ya sabemos lo del teléfono. Cayeron diez, pero los
otros fueron avisados y pudieron salir a tiempo. (Silencio) DORITA:
Voy a preparar un té. (Sale) ADOLF:
Sí, eran alemanes. Por la contextura. ¿Leíste a Joyce, Bruno? BRUNO:
¿Y bien? WECK:
Pensamos que es un error, claro. No tendría sentido. BRUNO:
No tendría sentido. WECK:
Y preferimos seguir pensando así. ADOLF:
De todos modos, hay tantas cosas que no tienen sentido. Lo digo porque tengo un
ejemplo a mano. BRUNO:
Pero sospechan. Que yo llamé. WECK:
No me malinterpretes. No hay sospechas. Estamos seguros. Pero no voy a
preguntarte nada. ADOLF:
Fíjense en este ejemplo: no sé si han visto al mendigo de la estación. Es
ciego, a lo mejor finge. Todo el día tocando ese bendito acordeón. Uno no podría
imaginar destino más desgraciado, ¿verdad?. Y sin embargo ahí está él, ganándose
unas monedas miserables, agradeciendo a Dios. Uno se compara con él y se dice:
no hay destino peor, eso es seguro, acá está el límite. Sin embargo, el día
menos pensado, se aparece un cretino y le roba el acordeón al pobre hombre. Que
se queda solo y acurrucado en el mismo lugar. Ya se deduce: siempre se puede
estar peor. BRUNO:
¿Y qué vas a hacer? WECK:
(Juega un instante con el arma) Nada. BRUNO:
¿Y yo? ¿Tendré que rendirme, como si me estuvieran perdonando heroicamente
por algo que ni siquiera hice? WECK:
Heroico es lo de Adolf, que dice que ha leído un libro necesario. ADOLF:
Aburrido, pero necesario. (BRUNO se sienta
lentamente con la cabeza entre las manos.) DORITA:
(Asomando) ¿Quieren té? Bruno, ¿qué
rima con "huérfano"? WECK:
¿Cuánto tiempo hemos sido amigos? BRUNO:
No sé. Más bien poco. (A DORITA)
"Muérdago". Me alegra que no los hayan matado a todos. (Silencio) Me
alegra de verdad. Es todo lo que quiero decir. WECK:
De cualquier modo... BRUNO:
No, dejáme seguir. Venía caminando sin saber si los iba a encontrar o no. Y
pensaba en tantas cosas. Las calles de Praga tienen esos nombres tan...
ilegibles. Me perdía. Algunos de nosotros saben que lo que estamos haciendo es
lo correcto, sabemos que lo que estamos haciendo, quiero decir. Bueno, yo ya...
no... (Silencio) DORITA:
El agua ya está lista. ¿Es una frivolidad tomarse un té? BRUNO:
Y ahora me doy cuenta de la suerte que tuve. Nada más. Podrían estar muertos y
no. Eso es todo. Puede parecer simple, pero no consigo agregar nada más. WECK:
Solamente que... BRUNO:
Aquí estoy, solo. Frente a todos ustedes, frente a Trauma que duerme. ¿No
estará muerta? Se la ve tan simple. DORITA:
Mirá... ¿Hiciste el llamado o no? ADOLF:
Pudo haber sido él. BRUNO:
Por lo pronto, los alemanes no están aquí afuera. (DORITA corre a la ventana. Espía
tras las cortinas. No parece ver a nadie, pero tampoco se tranquiliza.)
DORITA: Voy
a traer el agua. No estarán ahora aquí afuera, pero están por todas partes.
Hasta en Polonia. (Sale) BRUNO:
¿Entonces? Ya dije lo que debía decir. ADOLF:
Como quieran. Me retiro. (Sale) WECK:
No sería la primera vez que un amigo me traiciona. Bueno, quién ha dicho que
seamos amigos, después de todo. ¿Qué pensás del perdón? BRUNO:
Me cuesta decirlo en checo. Es un movimiento del ánimo demasiado exagerado.
Nadie desea nunca perdonar por naturaleza. Y sin embargo, es un gesto sin
debilidad. ¿Qué me habías preguntado? WECK:
Entonces estás libre de toda duda y te perdono si mi hermana despierta en este
momento. (Nadie se mueve) Es una
condición estúpida, pero es una condición, y está bien que así sea. (Nadie se mueve) Es decir, el gesto del perdón se enaltece cuando
hay testigos. De lo contrario es un gesto vano. Sólo si despierta, como una
resurrección. (No despierta) BRUNO:
El perdón es débil, claro. (Pausa)
¿Y si no se despierta? WECK:
(Toma el arma y la guarda)
Bueno. El tren de los generales. Mañana. El procedimiento es el mismo: Trauma y
yo en el pasillo oeste. La detonación es después del tercer silbato, siempre
que yo no avise que existe peligro. BRUNO:
(Tembloroso, vencido) Perdón, Dios mío,
estoy temblando. Somos tan débiles, a veces. WECK:
Débiles. (Va a salir, se detiene ante
Trauma) En el sueño, es donde somos más débiles. Pero el sueño repara.
Por eso es necesario. Es mañana. "Mañana" para todos ustedes.
"Hoy" para mí, que no tengo noches.
(Sale. BRUNO se acerca a TRAUMA. Le dice algo al oído. BRUNO parece esperar
alguna respuesta. TRAUMA sigue dormida. Apagón.) IVWECK y TRAUMA en
la estación del tren. Un pasillo poco transitado de la estación, quizás un túnel.
WECK prende un cigarrillo. El MENDIGO está parado al lado de un estuche vacío.
Sostiene en una mano un parlante del que sale una música triste de acordeón,
folklore checo. Habla a la nada, porque es ciego. MENDIGO:
...porque he estado tanto tiempo alegrándolos, con mi música, con mis alegres
melodías. Cuando vuelven cansados del trabajo, de viajar mal, enojados,
apurados, siempre me han tenido aquí para alegrarlos con mi música. A los
vecinos buenos de Praga. Es por eso que les pido por favor que si saben quién
lo hizo, le digan que me lo devuelva. Que me voy a morir, sin mi acordeón. TRAUMA:
¿Quién se lo robó? MENDIGO:
Hace dos días, pero ya ven que yo sigo acá, así que si saben quién lo tiene,
díganle que voy a pagar por él. Con lo que me puedan ayudar. TRAUMA:
No va a juntar nunca para comprarse otro. MENDIGO:
Igual, voy a estar acá hasta que me muera. TRAUMA:
Es todo lo que tengo. MENDIGO:
Déjelo en el estuche. Y gracias. TRAUMA:
Weck, ¿no podés dejarle nada? WECK:
¿Me sentiría mejor si le diera lo poco que llevo encima? TRAUMA:
No sé. WECK:
¿Y él? TRAUMA:
Depende. WECK:
Tengo este reloj. TRAUMA:
No se lo des. WECK:
Podría venderlo y comprarse el acordeón. TRAUMA:
Sos demasiado bueno. WECK:
Se lo voy a dar, de todos modos. TRAUMA:
No es necesario. Para nadie. Ni para él, ni para vos. (WECK deja el
reloj en el estuche.) TRAUMA:
¿Mejor? WECK:
No. TRAUMA:
Igual. Yo estoy mirando, y soy testigo del gesto. WECK:
Sí. Bruno no va a venir. Es evidente que nos ha traicionado. Por segunda vez. TRAUMA:
Vamos a avisarles que no. Antes del silbato, o va a ser demasiado tarde. ¿Qué
pasa? WECK:
¿Me equivoqué al perdonarlo? TRAUMA:
Quién sabe. WECK:
Vamos. (Se detiene) Tengo que decirte
algo: siento ganas enormes de llevarme el reloj. TRAUMA:
Ya se lo diste. WECK:
Es cierto. TRAUMA:
No lo hagas. WECK:
Adolf tenía razón: este pobre ciego no sabe que no hay destino peor que el
suyo. Se comparará a su vez con las ratas, que apenas sí sobreviven, y creerá
que no está tan mal. TRAUMA:
Qué horror. No hay derecho. MENDIGO:
...y siempre me han tenido aquí, para alegrarlos un poco. Ya los vecinos buenos
de la estación me han dado doscientos treinta y cinco, porque saben que yo
siempre he estado aquí... WECK:
¿Cuánto costaba el acordeón? MENDIGO:
...hace dos días, y yo qué voy a hacer sin él. Yo que era la alegría de este
pueblo. De esta ciudad triste de gente que trabaja, igual que yo, y que no tiene
qué darle de comer a sus hijos. (Suena un silbato)
Mi hijita, por su parte, está muerta. (Suena el segundo silbato). TRAUMA:
Es ahora o nunca, tenés que tomar una decisión. Yo le di todo lo que tenía. (Suena
el tercer silbato) (WECK recupera
su reloj del estuche y se lo pone). TRAUMA:
Es mejor así. Vamos. (Se escucha la
detonación) V(Un hotel en una
ruta en las afueras de Praga) (HILDA es una
mujer que ha conocido tiempos de esplendorosa juventud. Ahora está sentada en
una silla de ruedas. Se arma el peinado con gran coquetería. Los ojos pintados.
Las manos inquietas). (WECK está
parado junto a sus valijas.) HILDA:
¡Rubí, hija! ¡Tenemos visita! No tardará ni un momento. WECK:
Está bien. HILDA:
¡Bajá, querida! Deje que le lleve las valijas, mientras tanto. (Rueda hasta WECK y trata de tomar una valija). Es una nena
consentida. Ya no es una nena. Pero quizás la hayamos consentido un poco más
de lo tolerable. La mataría, de no ser porque nos es muy útil, y porque la
queremos tanto. (Carga con dificultad la
valija, e intenta rodar penosamente hacia las habitaciones. WECK no hace nada
por ayudar.) ¡Rubí, bajá de una vez! Ya va a ver cuando baje, los ojos
que tiene. Los ha heredado de su madre. ¡Cómo pesa esto! Supongo que va a
quedarse algún tiempo. WECK:
Sí. HILDA:
Me encargaré de que lo pase muy bien. No hay otro lugar más tranquilo que éste.
Salvo la tumba, claro está. (Ríe) Me
siento formidable, si hasta he recuperado mi viejo sentido del humor. ¡Rubí!
Yo antes estaba muy mal. Muy decaída. ¿Cuántos años cree que tengo? Vamos,
sin miedo. Cuántos. No va a adivinar nunca. (Aparece RUBI.
No tiene ningún encanto. Se diría que es -incluso- fea.) HILDA:
Ah, bajó la princesa. El señor... WECK:
Weck. HILDA:
...Weck va a ocupar la cuatro. No tendré dificultad en recordar su nombre. Es
tan sencillo. Es una suerte tener un nombre sencillo, porque se ahorra uno así
muchas explicaciones engorrosas. Recordarle a la gente a cada rato quién es
uno... Conozco uno o dos ejemplos de personas... Rubí, dulzura, quiero que me
ayudes a llevar las valijas del señor... de... a la habitación cuatro. RUBÍ:
¿Cuál es la cuatro? HILDA:
Boba, la cuatro, al fondo, sobre el lago. La cuatro, la cuatro. Uno, dos, tres,
cuatro. RUBÍ:
La tres está vacía. HILDA:
Pero el señor va a tomar la cuatro. Ya está decidido. RUBÍ:
Sí. La tres también tiene todo. HILDA:
Claro, claro. ¿Cuánto tiempo cree que va a parar acá? WECK:
No sé. Unos días. RUBÍ:
Es más grande. HILDA:
La cuatro. RUBÍ:
Igual, están todas vacías. HILDA:
No es una buena época. Hay poco movimiento de rutas. Los atentados, ¿sabe? RUBÍ:
¿Viene de Praga? HILDA:
Sí. ¿Dónde está tu padre? RUBÍ:
No es mi padre. Dicen que hubo otra bomba, en la estación de tren. ¿Es cierto?
Que hubo varios alemanes muertos, tropas que llegaban en el tren. HILDA:
Te pregunté dónde estaba. RUBÍ:
¿Tu marido? No sé, por allá. Lo dicen los diarios. Pero no dan las cifras. WECK:
Los diarios. RUBÍ:
A lo mejor usted tiene noticias reales. De la resistencia, digo. WECK:
No sé, no leo los diarios. ¿Puedo pasar ya a la habitación? HILDA:
Déjeme que lo ayude, es por el pasillo, la última puerta. ¿Tendiste la cama? RUBÍ:
¿En la cuatro? WECK:
No importa. Gracias. No creo que use la cama.
(Toma sus valijas y sale). HILDA:
No hay ninguna necesidad de que te hagas notar. Decíme dónde está Günter. RUBÍ:
Qué sé yo. HILDA:
Muy bien. Lo voy a esperar aquí. Haciéndome la tonta. RUBÍ:
Eso es problema tuyo. ¿Será verdad que viene de Praga? HILDA:
No sé qué puede verte. RUBÍ:
Preguntáselo a él. HILDA:
¡No te das cuenta de que soy tu madre! RUBÍ:
Lo digo en serio. Yo tampoco entiendo a Günter. Si viene de Praga debe ser por
algo. Me voy a ir, de una vez por todas. HILDA:
Después de lo que hicimos... ¿A dónde te irías, desgraciada? RUBÍ:
A Praga. HILDA:
Estás loca. Además de ser un bicho, estás loca sin retorno. RUBÍ:
¿Qué traía en las valijas? HILDA:
No me dio tiempo de revisarlas. Llamá a tu padre, por favor. RUBÍ:
No es mi... ¡Basta! ¡No podemos seguir con esta farsa! Estás enferma. HILDA:
Llamálo. (Quedan quietas
un momento) HILDA:
Si por lo menos tuvieras algún encanto... lo entendería. Una madre siempre se
enorgullece de una hija que sabe enamorar a los hombres. Pero sos una
desgraciada. Eso lo has heredado de tu padre, seguramente no de mí. Llamálo. RUBÍ:
(Tranquilizándola) Ya va a venir. HILDA:
¿Cómo lo sabés? RUBÍ:
Se estaba vistiendo. HILDA:
Me das pena. RUBÍ:
En la cuatro. HILDA:
¡Claro, y que reviente todo, y quedémonos sin clientes, y comamos de ahora en
adelante lo que nos den en la caridad! RUBÍ:
Hace tiempo que nos quedamos sin clientes. HILDA:
Andá a sacarlo de ahí. Necesitamos la habitación. RUBÍ:
Andá vos. HILDA:
Sabés muy bien que no puedo pasar el escalón.
(RUBI empalidece, y susurra monosílabos ininteligibles.) ¿Qué pasa? Mi
amor, ¿qué pasa? ¿Dije algo que te lastimó, de algún modo...? RUBÍ:
Tuve una visión. HILDA:
¿Otra vez? RUBÍ:
Una visión... Era... HILDA:
¿Como cuando papá...? Arrodillémonos, arrodillémonos...
(Quedan quietas un momento) Bueno, ¿qué era? RUBÍ:
No sé... una cruz, al final de un camino... algo... que va a pasar... que nos
va a pasar a todos... (Entra MANSILLA.
Es un general alemán. Puede ser que luzca un uniforme con svástica. Las
mujeres lo observan. Apagón.) Para
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