Dramaturgia y sociedad
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Ponencia leída en el Primer Encuentro Iberoaméricano de Dramaturgos organizado por el Centro Uruguayo del Instituto Internacional de Teatro, la Unesco y el Celcit - Montevideo, Uruguay - 1998

Quiero compartir algunas reflexiones en cuanto a la relación compleja e intensa entre dramaturgia y sociedad.

Pienso, me pienso, en el dramaturgo como un guardián de la memoria colectiva, y aquel que empuja a la luz lo que todavía insiste en permanecer en la indiferenciación y en la sombra.  Con su escritura expone lo oculto, lo sombrío, y lo presenta a la reflexión y al debate. Exorciza los fantasmas y otorga rostros a las máscaras.

Al ser el teatro un arte de minorías, como lo es también la poesía, siempre ha contado con una mayor libertad de expresión y posibilidad de transgresión, que otros medios masivos que justamente por su condición de tales, están más sujetos al control.

Así es que, como dramaturgos, pienso que es mayor nuestra responsabilidad de no pecar de distraídos, e intentar escribir con los ojos muy abiertos y los oídos bien receptivos a los clamores subterráneos de la época en que nos toca participar.

La memoria viva y actualizada, a partir de la reformulación constante con los datos del presente, ya se sabe que es el mejor antídoto para evitar caer en los mismos errores y/o horrores del pasado. Mientras una sociedad como la nuestra no cicatrice su herida, pienso que es tarea de los artistas, y en este específico caso, de los dramaturgos comprometidos, consultar y profundizar el conocimiento que esa carne viva encierra.

En un organismo, la herida es siempre la que acarrea mayor cantidad de información.

Pienso en otra posibilidad relacionada  al oficio de la dramaturgia, y es, ser un permanente renovador y revelador de mitos, que ayuden a comprender el viaje heroico que significa la existencia humana con sus innumerables pruebas, ritos y pasajes de iniciación.

El dramaturgo siempre se ha nutrido de las figuras arquetípicas que con su descarnada esencialidad y profundo simbolismo, abarcan todas las variantes del drama humano desde el principio del verbo.

Y pienso que es también nuestra tarea posible, reflotar lo mitológico y transformarlo en algo vigente, vital. Comprensible.

Recargarlo de sentido y hacerlo circular horizontalmente, para que no sólo sea un regodeo intelectual de mentes entrenadas en el regodeo.

Sobre la identidad quisiera decir que reconozco las variables que nos atraviesan como territorio, lenguaje, raza, género, inserción en el sistema económico, etc.

En mi punto de vista, encontrar la propia identidad también significa la posibilidad de encontrar la propia constelación. Con esto quiero decir, encontrar un lugar, un espacio y un centro, cualquiera sea, pero que conlleve como condición primordial, un contexto estimulante para seguir realizándonos y poder desarrollar al máximo nuestro potencial.

No me siento atraída por los “ismos” ni las fronteras, que han sido siempre delimitadas por el poderío de la fuerza bruta al servicio de intereses económicos.

Menos aún me interesan las fronteras mentales, y coincido plenamente que la convivencia y el respeto por la diversidad, es lo que provoca una cultura rica, creativa y en permanente renovación.

Y como es fácilmente comprobable, lo que el hombre no renueva, la vida se encarga de destruirlo.

También me parece importante en nuestra relación con la sociedad tener muy presente cómo nuestras elecciones nos definen, ante nosotros mismos, ante los demás y ante nuestra obra.

Cuando somos portavoces de algo y de alguien, -porque siempre somos portavoces-, lo que el espejo refleja y eso que elige reflejar, nunca es inocente ni neutral ni objetivo.

Se puede elegir ser el bufón del rey. O no.

Se puede elegir correr riesgos en el hecho creativo, investigar, ampliar los márgenes de la practica. O no.

Se puede elegir reforzar los estereotipos, los mandatos, las creencias y así cooperar con una buena digestión post-escénica.

Se puede elegir que la palabra recupere su consistencia, su peso, su sustancia, si elegimos que entre la obra con sus enunciados éticos y críticas comprometidas, y el quehacer cotidiano de quien la suscribe, no haya fractura, o doble discurso. Esto que tanto criticamos a los políticos y demás referentes sociales.

Y nosotros también somos referentes, de una sociedad y una cultura.

Y la potencia de un discurso, sea dramático o no, es la consecuencia inevitable de la comprobada integridad de quien lo expresa. Y estoy convencida que a través de nuestro oficio hay una tarea a compartir, si queremos ser protagonistas en la transformación  de una sociedad.

Y mejor empezar por lo que más conocemos. Por nosotros mismos. Hablar del macro, de los grandes intercambios globales, de la lucha contra los monopolios económicos, de las relaciones asimétricas entre países, como se ha hecho en estas jornadas, está muy bien y es un punto de vista.

Yo elijo  hablar desde lo próximo y cercano. Aquí y ahora.

Los dramaturgos nos ignoramos entre nosotros. Los de  capital ignoramos a los del interior. Dentro de la misma capital, los de una generación ignoran a la otra y por eso no se produce el recambio de figuritas en los centros de poder. Con la consecuencia inevitable de que algunas auras prestigiosas, ya vienen acompañadas de cierto tufillo rancio.

La proporción de dramaturgas visibles y participativas en la capital de Buenos Aires, es de quince dramaturgos por una dramaturga. Y más del 90% de los cargos jerárquicos, dentro de los teatros oficiales y privados, son  asumidos por hombres. Tampoco en esto hay mucha simetría.

No la hay ni en lo micro ni en lo macro.

Como artista siento que es una época donde es más importante poner el acento en el cómo se hacen las cosas por sobre el qué se hace.

Revalorizar la calidad de actitud con que encaramos una tarea porque sino, y eso lo comprobamos a veces muy dolorosamente, las empresas y los proyectos tienen corto vuelo una vez pasado el entusiasmo inicial, las declaraciones grandilocuentes y los propósitos de buenas intenciones .

Sirve, o por lo menos a mi me sirve, entender cada hecho como un fin en si mismo y por lo tanto nunca el fin justifica los medios. Esto nos lleva a estar instalados en el presente y con la atención puesta en los detalles.

Y los detalles son los que finalmente marcan las grandes diferencias.

Las pequeñas cosas, las aparentemente insignificantes, y que son al mismo tiempo las que sí podemos controlar y transformar.

Se habló de que ya no hay espacio para transgresiones.

Yo creo que sí, que en esta era de capitalismo salvaje, la mayor transgresión es mantener vivo el espíritu  solidario.

Para cerrar voy a apropiarme de estas palabras que alguien dijo alguna vez “La misión del arte es que reaparezca el misterio que somos, en el hombre previsible que creemos ser”.


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