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Fue
en ese 1990 en
que medí las consecuencias de tanta dedicación por lo docente. Había
descuidado mi otra vocación, la dramaturgia, y tuve que poner mucho esfuerzo
para recuperar el terreno perdido. Si bien había estrenado antes, durante mi
gestión al frente de la escuela– en 1985, “El cuento de la buena
vida”, la reposición de “Miembro del jurado” en
1992, en el Teatro Andamio 90 y producida por el San Martín,
actuó a manera de resurrección.
Volví
a ubicarme en el terreno que, no obstante la diversidad de tareas teatrales que
he realizado (nunca pude ser actor, lo repito), es la que más me interesa. Volví
a producir textos, acaso con menos inconsciencia e ingenuidad que antes, pues el
conocimiento más profundo de la profesión provoca menos precipitación y mayor
reflexión sobre el trabajo. No en vano leí cientos de obras y me senté por
horas viendo ensayos en el San Martín; ese aprendizaje me aconsejó la
prudencia que, creo, manejo ahora. En
1998 volví a ser el director de la Escuela Municipal. Lo soy todavía. Y sigo
siendo integrante de la Fundación Carlos Somigliana, una referencia que dejo
para lo último porque, precisamente, le destino el lugar de acontecimiento
destacado. Somos seis autores que desde 1990 trabajamos para el desarrollo y el
estímulo del autor nacional, un propósito que si bien expusimos de varias
maneras como evidencia irrefutable, ahora se hace más precisa porque estamos a
cargo del repertorio del Teatro del Pueblo que, naturalmente, estrena de
continuo piezas de nuestra dramaturgia nacional. Del futuro pido energía y buena suerte, y que la inspiración me pesque trabajando. En compañía de mis seres más queridos (que son dos, y ellas lo saben). |
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