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El
país, se sabe, cambia (¡por
fin!) a finales de 1983. Y mi vida también da un vuelco total porque Pacho O´
Donnell me convoca desde su flamante cargo de secretario de Cultura de la
Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires para dirigir la Escuela de Arte
Dramático de la Ciudad. Tarea nada sencilla si se tiene en cuenta la poca
relevancia de la institución y la intención explícita de las autoridades
culturales de elevarla de jerarquía. Mucho trabajo por delante y una necesidad
de atender y aplicar procedimientos de formación teatral que cumplieran con ese
objetivo. Fueron siete años fantásticos. La escuela alcanzó niveles que jamás
imaginamos y mi vocación por la tarea docente, que sin duda guardaba muy
escondida, se afirmó y se hizo proyecto de vida.
Me
echaron en 1990. La circunstancia, que por razones de extensión y amenidad no
voy a relatar aquí, desató la solidaridad del medio teatral, puesto a mi favor
en una puja por mi destitución que duró tres meses. Tuve que irme– detrás
dejé armada una institución que sigue siendo referente obligado en cuestiones
de enseñanza artística-, y en el marco del apoyo que me brindaron durante
estos acontecimientos, encontré refugio en el Teatro San Martín, donde trabajé
muy cómodo durante casi 10 años en la dirección artística y llevando
adelante, entre otras cosas, el programa pedagógico del teatro y un proyecto
muy querido, que fue la creación de la Comedia Juvenil. |
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