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A
los 18 años me
acerqué al teatro. No tenía detrás de mí ningún antecedente que anticipara
el paso: ningún pariente, cercano o lejano, artista, mucho menos teatrero. Fue
mi amigo Hugo Midón quien me invitó
a sumarme a un grupo de teatro independiente de la zona, San Isidro, que habían
creado las autoridades municipales en los tiempos entusiastas de Frondizi. TEMSI,
siglas de Teatro Escuela Municipalidad de San Isidro, centraba su principal
atractivo, para mí, en que copiaba la actitud y los propósitos románticos que
desde hacía años remolcaba el teatro independiente, en especial el mítico
Fray Mocho que era, sin duda, nuestro principal referente. En
TEMSI hice de todo (había que hacer de todo), menos actuar (casualmente una
infracción acaso mayor que se me perdonaba). Y entré en directo contacto con
la actividad escénica desde todos los ángulos, un fundamento para mi carrera
que nunca dejaré de agradecer. Desde
el principio supe lo que es el escenario, intuí lo que le pasa al actor, cuáles
y cuántas cosas mediatizan el texto hasta transformarse en escena.
Eso no lo perdí de vista cuando a poco de andar, advertí que la
dramaturgia era mi principal interés; por todo eso nunca fui un autor de
escritorio. Comencé con TEMSI la hoy tan añorada década del 60, cuando, por extraña paradoja, la actividad cultural reventaba en miles de expresiones de vigorosa vanguardia y el teatro independiente languidecía, entraba el proceso de extinción. TEMSI padeció la crisis general de la escena independiente y una de índole más particular: los acontecimientos políticos alejaron del gobierno a funcionarios protectores y de ese modo el grupo perdió casi por completo el apoyo oficial, importante porque la empresa dependía de fondos municipales que comenzaron a retacear. |
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