La obra
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ESCENA 1

(MARÍA FERNANDA apunta a SAN JAVIER con una pistola. Ambos parecen muy tranquilos. La mujer, sin dejar de apuntarlo, se descuelga la cartera del brazo y la deja caer al piso.)

SAN JAVIER: Hola.  

MARÍA FERNANDA: Sí.

SAN JAVIER: Su marido me dio la llave.

MARÍA FERNANDA: ¿La llave?

SAN JAVIER: Soy amigo de su marido. Me invitó a cenar. Me dijo que iba a llegar más tarde y me dio una copia de la llave. Me dijo que era mejor que lo esperara acá. Estoy de paso por la ciudad.

MARÍA FERNANDA: No me avisó. (Baja el arma, luego la deja junto a la cartera) Disculpe, no me dijo que esperábamos visitas.

SAN JAVIER: No hay problema.

MARÍA FERNANDA: Soy María Fernanda.

SAN JAVIER: Encantado. Yo soy...

MARÍA FERNANDA: Toqué el portero, pero no contestó.

SAN JAVIER: ¿Cuándo?

MARÍA FERNANDA: Recién, antes de entrar. Siempre toco el portero. No le costará imaginar por qué.

SAN JAVIER: Usted... perdone que me meta... ¿no vive acá?

MARÍA FERNANDA: Igual. Siempre toco antes de entrar. ¿Por qué no atendió?

SAN JAVIER: No sonó. No lo oí.

Suena el timbre del portero. Es un ruido atronador. MARÍA FERNANDA va hacia el intercomunicador y habla.

MARÍA FERNANDA: ¿Sí? (...) Esperá. (Cuelga)

Va hacia la cartera y guarda el arma en ella. Busca algo.

MARÍA FERNANDA: ¿Tenés cigarrillos?

SAN JAVIER: No, no fumo.

MARÍA FERNANDA va hacia el portero.

MARÍA FERNANDA: ¿Hola? ¿Estás ahí? (...) ¿No me hacés un favor? (...) No seas boludo. (Ríe) (...) Cigarrillos. Sí, en la esquina de Anchorena tenés un... (...) OK (Cuelga) Le pedí que nos trajera cigarrillos. Para no tener que volver a bajar...

SAN JAVIER: Por mí está bien, yo no fumo, te agradezco.

MARÍA FERNANDA: Puedo abrir la ventana, si te molesta.

SAN JAVIER: No, está bien. No hay problema. Es tu casa.

MARÍA FERNANDA: No. No vivimos juntos. Es lo mejor para los chicos. No sé qué te habrá dicho él. Tengo llaves y todo eso, pero... Igual, sos nuestro invitado. ¿Qué? ¿Te sentás?

SAN JAVIER: Bueno, gracias.

MARÍA FERNANDA: ¿De dónde se conocen con Alejandro?

SAN JAVIER: ¿Con Alejandro?

MARÍA FERNANDA: Sí. Yo le conozco muy pocos amigos.

SAN JAVIER: Bueno, como yo no vivo acá. Estuvo en Rosario, hace como diez años, dando unos seminarios. Y paró en casa. Cada vez que iba a Rosario, después, siguió parando en casa. Yo... bueno, nos encontramos hoy...

MARÍA FERNANDA: ¿A qué hora?

SAN JAVIER: ¿Perdón?

MARÍA FERNANDA: ¿A qué hora se encontraron?

SAN JAVIER: Bueno, a la tarde... no me acuerdo, habíamos quedado en... serían las...

MARÍA FERNANDA: Está bien. Ya sé que esta con otra.

SAN JAVIER: ¿Quién?

MARÍA FERNANDA: Nos seguimos viendo, pero ya no vivimos más acá. Nos estamos yendo. No estamos en el mejor momento, como podrás ver. Como para visitas, estamos.

SAN JAVIER: Bueno, yo... hace bastante que no lo veo...

Pausa.

SAN JAVIER: No se llama Alejandro.

MARÍA FERNANDA: ¿Qué?

SAN JAVIER: Digo, que antes...

MARÍA FERNANDA: Antes toqué el portero porque no sabía si lo iba a encontrar con otra, ¿OK?

Pausa.

SAN JAVIER: Mirá, si querés bajo a comprar cigarrillos, lo hablo con él... no sé si está bien que me quede...

MARÍA FERNANDA: No llegó.

SAN JAVIER: ¿Qué?

MARÍA FERNANDA: Que todavía no llegó.

SAN JAVIER: ¿No fue hasta la esquina de Anchorena a comprarte cigarrillos...?

MARÍA FERNANDA saca un paquete de cigarrillos del bolso y prende uno.

MARÍA FERNANDA: No, no era él. (Pausa) Era Ana, una amiga. A veces se queda a cuidar a Lucía.

SAN JAVIER: Ah.

MARÍA FERNANDA: ¿Te molesta el humo? Abro la ventana.

SAN JAVIER: No, está bien, no me molesta...

MARÍA FERNANDA: Éste es un ambiente muy cerrado. A mí me molesta el humo de los otros.

(Suena el portero estrepitosamente.)

MARÍA FERNANDA: En lugares abiertos me lo banco, pero en ambientes cerrados no soporto que me fumen en la cara.

SAN JAVIER: ¿Atendemos?

MARÍA FERNANDA: No. Tiene llave.

SAN JAVIER: Pero...

MARÍA FERNANDA: Llama para avisar que está subiendo.

SAN JAVIER: ¿Anita?

MARÍA FERNANDA: Ana. Y Alejandro tiene llave. ¿O te dio su copia a vos para que le abras?

(Vuelve a sonar el portero.)

SAN JAVIER: ¿Qué Alejandro?

MARÍA FERNANDA: (En el portero) ¿Hola? (...) Ah. Bueno. Sé bueno y andá hasta la esquina de Perón, al lado de los coreanos hay una... (...) Ésa. (...) Gracias. Te espero. (...) Sí, cortos.

(Corta. Rápidamente va a la cartera y saca el arma otra vez.)

SAN JAVIER: ¿Qué Alejandro?

MARÍA FERNANDA: Muy bien. ¿Cómo entró acá?

SAN JAVIER: Pero, ¿qué pasa?

MARÍA FERNANDA: ¿Se piensa que soy estúpida, que me voy a creer lo de Rosario y toda esa pelotudez del seminario? Alejandro nunca estuvo en Rosario.

SAN JAVIER: No sé quién es Alejandro. Y la llave me la dio Arturo.

MARÍA FERNANDA: ¿Arturo? Ahí está el problema. Arturo no es mi marido.

SAN JAVIER: En todo caso, me gustaría saber por qué le dice a Ana: “sé bueno”. Y acá está la llave, si quiere verla, me la dio su marido hoy a las cinco.

MARÍA FERNANDA: ¿A las cinco? Antes dijiste que no te acordabas a qué hora lo habías visto. Y Ana está abajo con el marido. Y recién hablé con él. ¿Es esto lo que buscás? (Le muestra un cassette). ¿No? Entonces será algún otro. No te preocupes, hay copias de estos cassettes por todas partes. ¡Ya estoy acostumbrada a este jueguito! ¡Y estoy bien harta de todo esto! ¿Qué se creen? ¿Qué pueden andar intimidando así a la gente? ¿Querés que veamos qué más hay? Si te los llevás todos de acá me hacés un grandísimo favor.

(Sale por una puerta. Suponemos que va a buscar más cassettes. Afuera se la oye revolver cosas y musitar quejas ininteligibles

SAN JAVIER la sigue con la mirada, desde su lugar. Un segundo después, tose y escupe sangre.

Pero ya no es SAN JAVIER sino TERZOV.)

 

ESCENA 2

(ANJA TEREZOVNA entra por la misma puerta por la que salió MARÍA FERNANDA. Tiene unos manuscritos en la mano. La luz es más oscura que antes, el clima es más remoto.)

ANJA:  Acá está.

TERZOV: Estoy bien, estoy bien. No te preocupes.

ANJA:  Pensé que te podían interesar.

TERZOV: ¿No te das cuenta que me estoy muriendo?

ANJA:  No hables así. No me hables así.

TERZOV: Lo siento.

ANJA:  Son esos escritos de papá de los que te hablé. Los encontró Irene, en un mueble viejo. Estuvimos haciendo lugar con mamá.

TERZOV: Te esperé toda la tarde. No sabía dónde estabas.

ANJA:  Finalmente la convencimos de alquilar el cuarto a algún extranjero.

TERZOV: Extranjeros...

ANJA:  Sí, ya sé. Es que algunos vienen con bastante dinero. No tienen dónde vivir. Tienen el dinero, se vienen con todo lo que tenían en el sur, no piensan volver... Con Irene convencimos a mamá de que no tenía sentido guardar esa pieza vacía. Y accedió.

TERZOV: A ver, dámelos.

ANJA:  Estaba triste pero accedió. (Le entrega el manuscrito) Creo que es la primera vez que mamá abre el buró de papá. Ya se le va a pasar. El caballero es muy serio. Nos inspira la mayor de las confianzas. Se va a quedar sólo unos días, porque tiene unos negocios que resolver aquí en la ciudad. Pero después encontraremos otro inquilino, y después otro. Visto con optimismo es un buen negocio.

TERZOV: ¿Qué hombre?

ANJA:  Yo no tengo nada en contra de estos extranjeros. Es cierto que hablan atravesados, pero lo mismo nos pasaría a nosotros si quisiéramos irnos a...

TERZOV: ¿De qué hombre estás hablando?

ANJA:  Pensé que te lo había dicho. El doctor Smederovo.

TERZOV. No. No me lo habías dicho.

ANJA:  El inquilino. Preguntó si no se alquilaba una recámara en la casa. Mamá se va a acostumbrar. Y con este dinero extra, nosotros podríamos... Una recámara, dijo. ¿Cuánto hacía que no escuchaba esa palabra!

TERZOV: Bueno. Hagan lo que quieran. Después de todo es la casa de tu padre. Y éstas son las cosas de tu padre. (Arroja el manuscrito) ¿Por qué querés que las lea?

ANJA:  Son... notas... de papá. Algunas son buenas. Cosas buenas, creo. Me pareció que... como escritor... podrías ver si tal vez tienen valor literario y... (Recoge el manuscrito del piso) También puedo ir directamente a un editor.

(Pausa.)

TERZOV: Un editor. ¿Cuántos editores conocemos?

ANJA:  Justamente, muchos y con todos...

TERZOV: ...y entre todos no hemos encontrado uno solo que quisiera publicar mis obras.

ANJA:  No seas injusto. No han dicho que no.

TERZOV: Anja, no lo vamos a volver a discutir. No me interesa que se me edite después de muerto, y eso está muy cerca. ¿Por qué habrían de interesarse en los escritos de un viejo coronel de la cuarta legión, ya extinto, y misteriosamente retirado con honores luego de perder estrepitosamente en el frente de Zvornik...? ¿Y qué teníamos que hacer nosotros, qué tenía que hacer él en esa guerra? ¿Dónde queda Zvornik? Por favor, no me hagas más daño.

ANJA:  Yo había pensado que...

TERZOV: No puedo oír más.

ANJA:  Tenés que leerlos. Irene y yo pensamos que son buenos.

TERZOV: Me sorprende que tu hermana distinga una „g“ de una „j“.

ANJA:  No me agredas, no te metas con Irene. Todos estamos pensando cómo salir de esto y...

TERZOV: Yo te voy a explicar cómo salir de esto... Yo salgo de esto. Se acabó. Se acabó Mirko Terzov, o Terezov, como quieran. Igual no tendré epitafio. No se lo mereció. Se murió con su obra, se la llevó a la tumba.

(Silencio. ANJA TEREZOVNA solloza en secreto en un rincón. TERZOV la ve. Toma el manuscrito, de mala gana y empieza a leer.)

ANJA:  (Aún débilmente y sin dejar de sollozar) Hay uno bueno... Sobre un mayor que pierde un brazo y que es un fumador de pipa... Es un principio de algo, de una novela, de algo grande… Papá hace unas observaciones sobre el hábito de fumar y el brazo ausente... A Irene la conmovió mucho...

TERZOV: Ya está. Lo estoy leyendo. ¿No ves? Lo estoy leyendo.

ANJA:  ¿Te pongo más luz? Puedo traerte algo caliente, también, antes de cenar. No hay mucho, pero... ¿Te pongo más luz? Mañana puedo pedirle leños a Irene. Incluso hicimos cortar la madera de una cama inutilizable que estaba en el estudio de papá...

TERZOV: Estoy leyendo. (Ligeramente afectado y burlón al principio, más interesado a su pesar a medida que avanza:) “ ‘¿No le parece, estimada Masha, que seremos recordados como los escritores de una época en la que todos escribían sobre la obsesión de fumar?’ ‘Oh, vamos’, respondió Masha ruborizándose, y sin poder mirar el brazo ausente. ‘Deje ya esos asuntos, hace un sol enorme. ¿Por qué no viene al jardín con los otros?’ El joven Duvrov se atusó el negro y espeso bigote con su única mano, dirigió una sonrisa a Masha y pensó en su lengua natal: No debo atormentarla. No debo atormentarme. No debo atormentarlos. ¿Qué placer se obtiene de ver cómo todos sufrimos? ‘Efectivamente, hace un sol enorme,’ respondió en voz alta.”

ANJA:  Hay unas reflexiones más adelante sobre el sentido del placer, y la desgracia. Papá debió escribir todo esto después de la derrota de Zvornik...

(Se oyen golpes en la puerta. TERZOV sigue leyendo. ANJA va a abrir. El que entrará es SMEDEROVO.)

OFF ANJA:  Ah, es usted.

OFF SMEDEROVO: Anja, ¿cómo está?

OFF ANJA:  Bueno, ya le he explicado... Es muy amable en venir.

(Entran.)

ANJA:  Mirko, éste es el doctor Smederovo. El doctor que vive en casa de mamá.

SMEDEROVO: Encantado. No tiene buen aspecto.

TERZOV: No. Encantado.

ANJA:  ¿Puedo ofrecerle un brandy, doctor?

SMEDEROVO: Me encantaría. (ANJA no se lo trae).

ANJA:  ¿Ya ha terminado de acomodarse en la „recámara“?

SMEDEROVO: Sí, muchas gracias.

ANJA:  ¿La encuentra de su agrado?

SMEDEROVO: Me hubiera sido imposible encontrar otro alojamiento. Los hoteles están llenos, o al menos eso nos dicen a nosotros.

ANJA:  ¿A ustedes?

SMEDEROVO: De todos modos me arreglaré con la habitación. Estaré muy poco tiempo. Con respecto a la recámara, hay algo que me gustaría...

ANJA:  Mi madre ya le habrá explicado las condiciones, ¿no?. Voy a buscar el brandy. Y chorizo. (Sale.)

SMEDEROVO: Una mujer muy especial, su madre.

TERZOV: No se deje confundir por ella. Intentará sacarle todo el dinero que pueda.

SMEDEROVO: No se preocupe. De veras estoy agradecido. (Se observan en silencio un instante). Usted sabe que es tuberculosis, ¿verdad?

TERZOV: Mire... No podemos pagarle. Le agradezco que se haya tomado la molestia de venir hasta aquí, seguramente mi mujer y mi suegra le han insistido. Pero sabemos que no hay tratamiento que no cueste dinero, y no podemos pagarle.

SMEDEROVO: ¿Puede hablar más lento?

TERZOV: Sí, ya sabemos que es tuberculosis. Y sabemos que está muy avanzada.

SMEDEROVO: ¿Quiere un puro?

TERZOV: Usted no es un médico normal. Usted no es como los otros. ¿Por qué dejó su país?

SMEDEROVO: Me casé.

TERZOV: ¿Ella es de aquí?

SMEDEROVO: No. Tampoco. Pero ya nos arreglaremos. Le ofrezco este último puro, porque luego se los voy a prohibir para siempre.

TERZOV: Entonces quédeselo. ¿No le parece que seremos recordados como los escritores de una época en la que todos escribían sobre la obsesión de fumar? Hombres y mujeres que se despiertan en la noche, o que se hacen despertar por hombres y mujeres con los que duermen, sólo para encender un cigarro y poder soportar el resto de la noche?

SMEDEROVO: Sé muy bien a qué se refiere. Lo leí. Leí “La Parranda”.(Le señala los manuscritos que están aún en poder de TERZOV.) Anja Terezovna me permitió leerlo. Usted se lo dejó en la habitación de su suegro.

TERZOV: ¿Yo?

SMEDEROVO: Usted es extraordinario. Quiero decirle que… Usted es un escritor extraordinario.

TERZOV: Se equivoca.

ANJA:  (Entrando con el brandy.) El doctor tiene razón, Mirko.

TERZOV: ¿Vos le diste a leer esto diciéndole que era mío? Te hablo rápido para que no me entienda.

ANJA:  Ahora no, después, después.

SMEDEROVO: Usted tenía razón, Anja. Su marido es el escritor de este siglo. Pero se va a morir si no hacemos algo.

TERZOV: No podemos pagarle, está claro.

SMEDEROVO: Mire, Terzov, voy a ser franco con usted. No me gustaría sonar brutal, pero es la manera en la que he aprendido a hablar este idioma. Usted sí puede pagarme, si está de acuerdo en cederme los derechos de su novela.

TERZOV: ¿Cederle los derechos? ¿De qué novela?

ANJA:  De tu obra, de tu novela, querido. Es maravilloso, doctor. Claro que es un trato justo.

TERZOV: ¿De qué obra estamos hablando? Unas anotaciones sueltas que nadie quiso editar, pensamientos febriles dictados por fuerzas demoníacas producto de mis altísimas fiebres, poemas oscuros sin valor para nadie...

SMEDEROVO: Lo suponía un hombre humilde. Entiéndame, entiéndanme. Soy un comerciante. No quiero engañarlos. Yo puedo salvarle la vida. Pero no le estoy haciendo ningún favor. Yo seré su representante editorial, y estimo que voy a hacerme muy rico. Tanto como para dejar la profesión de médico, que me repugna.

ANJA:  Es justo. Es un trato muy justo

TERZOV: No, no, perdónenme un momento, los dos. Usted no tiene ni idea de lo que dice. Dudo que pueda leer bien o que entienda lo que lee...

SMEDEROVO: Como quiera. Pero no está en posición de elegir. Usted se va a morir, Terzov.

TERZOV: ¿Qué es lo que quiere? ¿Quiere esto? (Por los manuscritos.) Son suyos, ahí los tiene. Publíquelos y déjeme en paz.

ANJA:  Mirko, por favor.

SMEDEROVO: No me parece que nos entendamos. Yo quiero mucho más que esto. Quiero que usted siga escribiendo. Su literatura es sangre, y yo debo alentarlo a sangrar, todos nosotros somos su literatura; usted ha hecho que nuestras desgracias valgan la pena, usted firma nuestro canto, nuestra agonía, en “La Parranda”. En su prosa hierve la sangre derramada de miles de hijos de esta tierra. Y lo voy a lograr: usted será el escritor más grande, yo se lo juro.

ANJA:  Yo también pienso así.

SMEDEROVO: Haga sus maletas. Nos espera un largo viaje. Poco puedo hacer por usted en este clima. Voy a llevarlo a vivir conmigo.

TERZOV: (Luego de una pausa.) Usted está loco.

SMEDEROVO: Piénselo. Mañana espero su respuesta.

ANJA:  Lo acompaño, doctor. (Salen.)

OFF ANJA:  No se preocupe, voy a convencerlo.

OFF SMEDEROVO: Haga todo lo posible, Anja Terezovna. Todos nos merecemos algo mejor que esto.

OFF ANJA:  Adiós. Mañana le llevaré su respuesta.

(Vuelve Anja.)

ANJA:  ¿No vas a hablarme?

TERZOV: Es humillante. Estoy tomando coraje. (Pausa.) ¿Por qué le dijiste que los textos de tu padre los había escrito yo?

ANJA:  Ya te dije. Pensé que tenían algún valor.

TERZOV: Supongo que no intentarás convencerme.

ANJA:  Voy a...

TERZOV: No nos hagamos más daño. Ya sabés que la respuesta es no, ya sabías que era no antes de empezar este negocio. Qué estupidez, qué enorme estupidez. Tengo sueño. No me despiertes, mucho menos para hablar de todo esto. Hoy no ha pasado nada, ese hombre nunca estuvo aquí. (Sale.)

(ANJA lo mira salir, queda con la mirada fija en él. Pero ya no es ANJA, sino ÁNGELES.)

 

ESCENA 3

ÁNGELES: ¿Encontraste el baño? La luz está a la derecha.

OFF SAN JAVIER: Sí, está bien.

ÁNGELES: Hay gente increíble, en este edificio.

OFF SAN JAVIER: Estaba convencido, cuando lo vi a Arturo, hoy, más temprano, que me había dicho sexto “K”.

ÁNGELES: No, los pisos pares van hasta la “F”, y en el segundo cuerpo están los de la “G” hasta la “L”. Salvo en el último piso, que vive el portero. Con un cura protestante.

SAN JAVIER: (Entrando) Ah, ¿sí?

ÁNGELES: En el segundo cuerpo. ¿No tiraste la cadena?

SAN JAVIER: Sí... claro... la... Sí, tiré.

ÁNGELES: No anda bien. ¿Levantaste el alambre que está doblado, el que sale del depósito?

SAN JAVIER: Sí, claro.

ÁNGELES: Pero no te lavaste las manos.

SAN JAVIER: Sí.

ÁNGELES: Están secas.

SAN JAVIER: Me lavé y me sequé las manos.

ÁNGELES: ¿Había toalla? ¿Usaste una blanca o una verdecita?

SAN JAVIER: ...No, blanca, creo.

ÁNGELES: Y después del segundo cuerpo atrás hay un anexo que tiene sólo cuatro pisos. Mucha gente se confunde y llama acá por el cuarto “M”, que en el portero está borrado y no dice “Tercer cuerpo.”

SAN JAVIER: Igual, tendrían que hacer cambiar la cerradura. Porque con la misma llave...

ÁNGELES: Ah. Pensé que habías dicho que estaba abierto.

SAN JAVIER: ¿Qué?

ÁNGELES: Que habías encontrado la puerta abierta, en el sexto “K”.

SAN JAVIER: No me di cuenta que eran dos cuerpos en el edificio.

ÁNGELES: ¿Te sirvo otro?

SAN JAVIER: No. No, así está bien.

ÁNGELES: No son dos, son tres cuerpos, en total. Yo me voy a tomar otro. (Empieza a salir hacia la cocina). ¿No te gustó?

SAN JAVIER: ¿Qué?

ÁNGELES: ¿Tenía demasiada agua tónica?

SAN JAVIER: No, no, estuvo muy rico. Igual, no soy gran bebedor.

ÁNGELES: No hay que ser un experto para saber que un gin tonic está mal hecho. (Sale secamente; pausa.)

SAN JAVIER: (A ÁNGELES, que sigue afuera) Qué departamento más lindo. La última vez que vine a Buenos Aires, Arturo vivía en un monoambiente con kitchenette. (Suena un timbre, igual al portero.) ¿Atiendo? (Nuevo timbrazo. Va hacia el tubo.) ¿Sí? (...) ¿Hola, hola?

(Entra ÁNGELES y levanta el tubo del teléfono. Escucha en silencio. Luego cuelga y vuelve a salir. SAN JAVIER, que la ha observado atentamente, cuelga el portero y la ve salir.)

SAN JAVIER: ¿Era... el teléfono?

ÁNGELES: Sí.

SAN JAVIER: ¿No sería Arturo para avisar que ya viene para acá?

ÁNGELES: Así que antes de conocerme vivía en un monoambiente.

SAN JAVIER: Sí, en el bajo, un lugar inaccesible.

ÁNGELES: Ya no creo que tarde. ¿Cómo me dijiste que era tu apellido?

SAN JAVIER: San Javier.

ÁNGELES: ¿Es... de qué origen es? ¿Es un apellido judío?

SAN JAVIER: Español. Creo que es español.

ÁNGELES: Sí. Cualquier cosa apago el horno y lo esperamos. O comemos ahora y lo esperamos...

SAN JAVIER: No, esperémoslo. Yo todavía no tengo hambre.

(ÁNGELES lo mira en silencio.)

SAN JAVIER: Esta mujer debe haber pensado que yo era un imbécil... Digo, esta vecina, la del otro cuerpo. Meterme en su casa, a hablarle de su marido... Que no era...

ÁNGELES: Arturo me dijo que antes de conocerme había vivido en casa de una tía, en Flores.

SAN JAVIER: Bueno. Quizás fue antes.

ÁNGELES: Sí. Antes. Mucho antes no pudo ser. Igual, nunca me habló del monoambiente. Vos sabés que Arturo me lleva muchos años. Lo sabés, ¿no? ¿A qué hora se encontraron en la calle, hoy?

SAN JAVIER: A eso de las cinco, creo.

ÁNGELES: Imposible. (Sale.) ¿Querés ir picando un salamín?

SAN JAVIER: No te molestes, Ángeles, después cuando venga... (Suena el timbre nuevamente.)

OFF ÁNGELES: ¿Atendés?

SAN JAVIER: Sí. (Levanta el tubo del teléfono.) ¿Hola?

VOZ DE ARTURO: No tengo tiempo de explicártelo ahora. Si ella está ahí no hagas preguntas y escuchá bien.

SAN JAVIER: ¿Hola? ¿Sos vos, Artu...?

VOZ DE ARTURO: ¡No hagas preguntas! Hay un martillo…

SAN JAVIER: ¿Qué?

VOZ DE ARTURO: ¡Escuchá, primero! Fijáte donde está el martillo, en el segundo cajón, en la mesita que está a la izquierda. Tenés que...

SAN JAVIER: ¿A mi izquierda?

VOZ DE ARTURO: ¿Cómo a “mi” izquierda? ¡A la izquierda, a la izquierda! Tenés que... Pará. No puedo hablar ahora. Esperá. (Corta.)

SAN JAVIER: ¿Hola? ¿Hola?

ÁNGELES: ¿Era él?

SAN JAVIER: No sé... Sí, era él, pero se cortó.

ÁNGELES: ¿Dijo a qué hora venía?

SAN JAVIER: Eh... no. Se cortó apenas atendí.

ÁNGELES: Hay que decirle que traiga el vino, que no hay más.

SAN JAVIER: Por mí... no... Yo tomo gaseosa, o agua, si no hay...

ÁNGELES: Claro. Ya me di cuenta. ¿No te vas a lavar las manos, así comemos una picadita?

SAN JAVIER: ¿Otra vez?... Bueno, un poco, sí... (Sale para el baño.) ¿Uso la toalla blanca?

ÁNGELES: Esperá que te traigo una. (Sale por otra puerta. El escenario queda vacío un segundo. Cuando vuelvan a ingresar, serán los personajes del otro relato.)

 

ESCENA 4

LEANDRA: Aquí tendrá buena luz hasta muy tarde, Terezov. Yo misma me siento a veces después de mis quehaceres domésticos a la luz de esta ventana y esbozo uno o dos versos, una torpeza... Pero no tiene importancia. Lo importante es que usted se repondrá.

TERZOV: (Mirando la casa con natural repugnancia.) Supongo que su marido le explicó que no podemos pagarle.

LEANDRA: Usted no tiene que hacerse ningún problema. Eso ya está arreglado. El dinero vendrá después, si usted se cura.

TERZOV: ¿Y si no?

LEANDRA: Usted se cura. De todos modos, yo puedo ayudar con mi trabajo. No sé, vendería flores. Ahora las cultivo por gusto, para alegrar un poco la casa. Las cultivo en macetas, porque esta tierra no da nada. Simplemente tendría un poco más de plantas, cultivaría flores sencillas. Las cortaría para venderlas en el pueblo. En las fiestas, en los entierros. Eso nunca se acaba. ¿Le parece patético, o no? ¿Que me dedique a una profesión tan miserable?

TERZOV: Miserable es pretender ser escritor.

LEANDRA: No diga eso, Terezov. Mi marido piensa que usted tiene un talento enorme.

TERZOV: (Dándole unos papeles que saca de su portafolios:) Muy bien, veamos qué piensa usted, Leandra.

LEANDRA: No sé si debo... supongo que son sus borradores.

TERZOV: Es basura, observaciones que hice durante el viaje.

LEANDRA: Sí. Es un viaje terrible. Supongo que querrá descansar.

Entra Smederovo.

SMEDEROVO: Ya dispuse el papel sobre la mesa, como lo pidió. Hay pluma, tinta negra, loción de Crimea...

LEANDRA: (A SMEDEROVO.) Pensamos que aquí tendrá más luz para escribir.

SMEDEROVO: No creo que esté más cómodo aquí que en un escritorio de verdad. ¿No es cierto Terzov?

LEANDRA: Yo a veces escribo aquí, y no está nada mal, se lo juro.

(Terzov observa alternativamente a uno y a otro y calla un instante. Luego:)

TERZOV: Permiso. Voy a descansar. (Va hacia una puerta.) ¿Voy a dormir acá?

SMEDEROVO: Adelante, adelante.

(Terzov sale.)

LEANDRA: No lo agobies. Acaba de llegar. Ya escribió esto, durante el viaje. (Le da el manuscrito.)

SMEDEROVO: (Lee) 

“El viaje en tren

que esconde

esconde

esconde el otro

viaje

una herida única enorme me acompaña

el becerro

del sacrificio, igual.”

Tengo problemas con la puntuación.

LEANDRA: Es gramaticalmente muy complejo.

SMEDEROVO: Excelente.

LEANDRA: Sí.

SMEDEROVO: Muy bien. No hay que perder ni un minuto. Cada línea es preciosa. Esta tarde hablaré con Graziano.

LEANDRA: ¿El editor Graziano?

SMEDEROVO: Sí. Le escribí hace una semana para avisarle. Tendré que llevarle todo lo que haya escrito.

LEANDRA: Hoy llegó esta carta de Graziano. No te lo dije antes, porque no me diste tiempo.

SMEDEROVO: Dámela. (La lee.) Estúpido. No importa. Encontraremos otro.

LEANDRA: Sí. Voy a llevarle mantas.


Para obtener el texto completo de la obra, por favor contacte al autor.


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