El camino del demonio
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El camino del demonio

En el ´69 gané una beca para estudiar en París. A mi regreso, como yo tengo un rechazo muy fuerte por la publicidad (mezcla de juicio, que sostendría hasta hoy, y prejuicio), no hice el desarrollo de muchos de mis contemporáneos, por nombrar algunos: Alberto Fischerman, Juan José Jusid o el mismo Sorín.

Ellos tomaron la opción de dedicarse a la publicidad, establecer una mínima infraestructura, ganar dinero y eventualmente hacer una película. A mí me parecía que ese era el camino del demonio. No lo era. No sé si me equivoqué, no sé si realmente tenía una opción. Creo que cuando uno tiene una opción verdadera es distinto. Yo tenía un rechazo visceral por esto, un rechazo político, ideológico, que en buena medida sigo sosteniendo.

Recuerdo un episodio que, desde hoy, pudiera parecer revelador. En un momento me sorprendí a mí mismo con un discurso que me provocaba un fuerte rechazo cuando lo escuchaba de terceros y que podría sintetizar así: “Yo debo ser un genio, pero las condiciones no permiten que...”

Cuando me lo escuché, dije: “-Esto ni me gusta, ni lo quiero, porque con un lápiz y un papel yo ni necesito productor ni tengo excusa”.

Entonces me puse a escribir, teatro principalmente y tuve fortuna.

La primera obra que escribí (Argentine Quebracho Company, 1973)  se montó y tuvo buena crítica. La segunda (Relevo, 1923; 1975) obtuvo el premio Casa de las Américas en Cuba. Es como si hubiese sacado patente de escritor, me empezaron a llamar y la vida se fue construyendo de esa manera.

Hoy tengo un proyecto que quiero dirigir. No sé si quiero ser director en el sentido profesional, pero hay  proyectos, algunos escritos, otros bocetados, que tengo la vanidad de sospechar que yo lo haría mejor que nadie. Otros no, como en el caso de “La película del Rey”.

P: ¿Cómo llegaste a dar con la carrera de cine en Santa Fé dado que sos de San Martín?

J.G: Yo estudiaba Derecho y Filosofía y en la facultad de Derecho se proyectó una película que es como la película fundacional del Instituto de Cinematografía, que se llamó Tiredié, un documental sobre un barrio marginal de la entrada de Santa Fé. Era un trabajo colectivo bajo la conducción de Fernando Birri. Yo dije: “Quiero eso” y dejé la facultad.

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