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...Y llega el otro.
Una actividad nueva me entusiasma:
programo por tres ediciones el Festival Internacional de Buenos Aires.
Fines de semana enteros recorriendo espectáculos y en los días libres
cajas y cajas de videos extranjeros. Está bueno pero al final –como
siempre- me pudro y me rajo.
Adapto, para el San Martín cuándo no,
Los pequeños burgueses de Gorki, El zoo de cristal y más
tarde Romeo y Julieta.
Colaboro en la dramaturgia de Perras, una creación colectiva
dirigida por Enrique Federman. Buenos amigos todos. Caniglia, Martinez
Bel. Como debe ser: trabajando nos divertimos como caballos. Cumpliendo
el viejo axioma de que uno hace teatro para ir a comer después nos
atragantamos de cebiche en un peruano del abasto cada viernes. Y
hablamos de la función, del público. Y con cada cerveza de litro que nos
bajamos sobre el mantel de hule yo tengo cada vez más ganas de dejarme
de joder con el rol melanco de los autores que quedamos siempre afuera
de la fiesta y ponerme de una vez a dirigir.
Una nueva beca –esta vez del INT- le
da impulso a otro texto original: La madonnita. Abandono por fin
el prejuicio de que los dramaturgos no debemos montar nuestros textos y
me le animo a éste. Pongo en valor tardíamente aquellos estudios de
dirección. Me ayudan con gran generosidad Manuel, Roberto y Verónica que
se bancan sin un gesto el año entero de ensayos, y nos sale –creo- algo
digno. Tres temporadas y otro montón más de estatuitas en la biblioteca:
Clarín Espectáculos, Teatro del Mundo, Teatro XXI. Por primera vez vivo
con emocionada alegría cada nominación, cada premio que reciben mis
actores. Con el montaje finalmente de El niño Argentino en el
2006 esas alegrías durarán hasta hoy: en dos temporadas consecutivas el
espectáculo se alza con veinte premios y treinta y cuatro nominaciones.
Como si fuera poco la Fundación Konex me
premia como la figura más destacada del quinquenio en mi género. No será
su único regalo: convocado a su ciclo de teatro griego me entusiasmo en
diagramar una propuesta alrededor de Las bacantes. Al proyecto no le dan
demasiada pelota y queda afuera, pero adentro quedan picando las
imágenes: las retomo meses después y llego a un borrador que de a poco
me va convenciendo. De Las bacantes le queda apenas el olor. Se llama
por ahora Baco Polaco. Quizá la dirija. Qué curioso: me cuesta
imaginarme ahora, como durante tantos años, entregando un texto a otro.
Los periodistas, los libros, la gente
por ahí empieza a llamarme director. Qué se yo: la vida es rara. |