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De entre todas las actrices aparece una
en un ascensor. A los pocos meses vivimos juntos. Elegimos no casarnos
porque sabemos que el amor se termina alguna vez. Treinta y tres años
después ya no estamos tan seguros. Mónica: madre de mis hijos y mi
primera lectora siempre.
La Argentina vive épocas vibrantes. Por
la militancia y el teatro abandono el abasto. Un tiempo de enorme
plenitud. Escribo algunas notas sobre cultura popular para la revista
Crisis que dirige por entonces Eduardo Galeano. Compongo letras de
canciones para Los hijos de Fierro, la notable película de Pino
Solanas. Son horas de una dramaturgia de urgencia que responda con
rapidez periodística. Estreno mi primera obra en eufóricos circuitos
barriales: “Civilización... ¿o barbarie?”, en colaboración
con Humberto Riva, y dirigida por Armando Corti. Luego llegarían “Gente
muy así” -segundo trabajo de nuestro Grupo Cumpa- y
“El hambre da para todo”, pero para entonces el país ha cambiado
de clima: con el golpe militar del ‘76 ya no hay -entre otras cosas-
empleo posible en el campo cultural. Algunos amigos me facilitan trabajo
en sus adyacencias: durante cuatro años hago las veces de actor en
docenas de películas clase C. Suelen pasarlas todavía algún domingo, y
les divierte a mis hijos reconocerme –patilludo y flaco- entre el
plantel de villanos de Los Superagentes, o la corte bufa de Olmedo y
Porcel.
En el ‘78 no aguanto ya las ganas de
volver a escribir. Tampoco se qué ni cómo hacerlo en ese nuevo contexto.
Me anoto sin grandes expectativas en el taller de Ricardo Monti, que me
parte -literalmente- la cabeza en dos: descubro un universo creativo
durmiendo bastante más abajo de la preceptiva del manual de Lajos Egri
de mis primeros años en Nuevo Teatro, y del Organón de Brecht de la
etapa política. |