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Los ´80

Mi primera obra de esa segunda época -Chau Misterix- se estrena en el campo independiente. Esperaba mucho más que esa módica temporada de dos meses, y tras la esperanza otra vez la desazón. Trato de olvidarme del teatro. Como en la escuela secundaria, otra vez me cuestiono si eso es lo mío. Otra vez, como entonces,  me salvará un jurado.

En el ‘82 llega el concurso de Teatro Abierto y me encuentra sin ganas incluso de volver a escribir. Excusas no me faltan: un trabajo muy absorbente, una mano enyesada, el nacimiento inminente de mi primogénito, y hasta una mudanza postergada por el riesgo de un parto prematuro que condena a mis papeles y libros a un embalaje inaccesible. A un día del cierre del concurso, Mónica -todo panza- deja caer como al pasar su petardo de realidad: “No presentarse va a ser una buena excusa -murmura- para ir a ver después las piezas del ciclo y poder decir sin riesgos: yo escribo mucho mejor que todos esos pelotudos”. Esa noche me siento en un canasto con libros y apoyando la Lettera en otro retomo un boceto para obra corta que se llamará La casita de los viejos. Termino en la madrugada agotado y pleno. Nunca más un material saldría tan rápido y fácil. La mañana siguiente nace mi hija Luciana. Esa misma tarde presento la pieza, que será seleccionada, y dirigida luego por Agustín Alesso. Éxito de bruta resonancia interna. Compro los diarios y leo los elogios sin terminar de aceptar que son para mí.

Una publicación azarosa, y Chau Misterix se transforma en un éxito tardío y algo sorpresivo con innumerables versiones en grupos independientes de todo el país.

En el ‘83 Cumbia morena cumbia también en Teatro Abierto, y el sueño cumplido de trabajar con Ulises Dumont, un actor con el que volveré a trabajar en estas últimas temporadas. En ese año también el nacimiento de mi hijo Julián. Parece haber llegado la buena.

Con otros siete autores conformamos un grupo de trabajo. Viernes maravillosos de leer dramaturgia, pelearse a los gritos, y amigarse al amanecer atrás de unas cervezas. De esa fértil dialéctica nace Pericones, que concebida para galpón termina estrenando en la Sala Martín Coronado del Teatro San Martín, bajo la batuta de Jaime Kogan. Impagable polémica por lo estético, lo poético y lo político. Es tan eufórico el momento que recibo los arañazos con el orgullo de heridas de guerra. Algunas, más fastidiosas, se infectarán luego. Nada que el tiempo no haya transformado ya en cicatriz.

Coordinando un grupo de autores jóvenes en Teatro Abierto me descubro maestro. Tan luego yo, estudiante fracasado. Una pasión inaudita. Aplicando aquella -la experiencia más dolorosa- voy pergeñando una metodología, o una estrategia por lo menos, que parece dar buenos resultados. Teniendo que enseñar empiezo por fin a aprender.

Me agrando y se me da por hacerme el profesional: Me comprometo en el San Martín a una versión libre de Los días de la comuna, de Brecht, para la dirección de Omar Grasso, y un elenco ya convocado. Trabajo infructuosamente durante semanas y no me animo a confesarle a nadie que lo que está saliendo es insufrible. Pateo la pelota para adelante, pido más plazo, invento excusas. Una tarde viajando en micro hacia Entre Ríos aparecen como por milagro las imágenes de una nueva obra. En el mismo cuaderno estéril de Los días... escribo de corrido la primera escena. Al otro día llamo al teatro, confieso el fracaso y pido disculpas. Me quieren matar, pero lo que tanto me atormentaba ya no me importa: estoy obsesionado con la nueva pieza: El partener. Trabajo duro durante meses. Feísmo, estética gauchesca: otra vez el morbo de frotar a contrapelo. Grasso se entusiasma con ella y corremos el riesgo en una sala comercial de la calle Corrientes. Fracaso económico e íntimo suceso personal y grupal: la sacamos en gira, vamos a festivales, recibimos premios, la disfrutamos y nos divertimos a lo loco. Por su mirada provinciana será luego muy representada en el interior del país.

Convocado por un querido grupo de amigos de Santa Fe -el Teatro Llanura- dirijo allí El Clásico Binomio, que después de quince años sigue aun recorriendo festivales. Un sueño éste de dirigir que me perturbará luego durante años.

Seminarios y talleres en cuatro o cinco lugares diferentes cada temporada, en un trajín que sigo hasta hoy.


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