Más Quiroga, y Cortazar, Borges,
Faulkner, Kerouak, Miller, Pavese, Salinger, y todo el resto de
Arlt. La lectura como búsqueda a ciegas. Probar de todo. Encamotarme
con un autor y saquearlo. La literatura vivida como tentación
malsana que me impedía concentrarme en lo verdaderamente importante:
el manual de contabilidad, y la tabla de logaritmos. La culpa por
ese vicio desenfrenado que nadie entendía y ya no podría abandonar.
Uno de los peorcitos del colegio. El
fracaso escolar como condena. Un profesor de italiano harto de mí,
y un pacto fructífero: “Mientras no me moleste haga en clase lo que
se le cante”. Al principio leer: cuarenta y cinco minutos más de
gozo diario. Después, alentado por un concurso, y apoyado en el
estilo de vaya a saber quien, escribir cuentos. Uno atrás de otro. Y
en medio de la callada crisis de ser el bueno para nada, el
milagro: el primer premio en un concurso de la Editorial Diálogo y
el consuelo de sentir al fin a los dieciocho años que algo había
para lo que sí podía servir.
Por entonces el acontecimiento más
trágico: la muerte de papá. Aun lo lloro. Intentamos
infructuosamente con mi hermano ocupar su lugar en el negocio
familiar: nuestro puesto en el Mercado de Abasto.
Un mentor literario me recomienda
escribir teatro para mejorar mis diálogos en la narrativa. Obediente
empiezo a estudiar dramaturgia en Nuevo Teatro.