A la siembra pedagógica le llega su
cosecha. Alumnos muy queridos comienzan a insertarse decididamente
en el medio. La escasa generación dramatúrgica de los ‘80 se
sobredimensiona con la llegada de esos nuevos. Rafael Spregelburd,
Daniel Veronese, Patricia Zangaro, y Marta Degracia hacen punta. Les
seguirán entre otros Adriana Genta, Nora Rodriguez, Lucía Laragione,
Susana Gutierrez Posse, Marcelo Bertuccio, Pedro Sedlinsky,
Alejandro Tantanián, Jorge Leyes, Mauricio Dayub, Federico León,
Bernardo Cappa, Ignacio Apolo, Patricia Suarez, Ariel Barchilón,
Lautaro Vilo y otra docena más que viene marchando a paso redoblado.
Docencia intrusiva. Poca energía
para proyectos propios. Por suerte el requerimiento del medio suele
ponerte el revolver en la cabeza:
Salto al cielo,
sobre Las Aves, de Aristófanes. Escrita por un encargo del
Teatro Nacional Cervantes que después se hizo el sota, y ni me pagó
el contrato, terminó en el Teatro del Pueblo dirigida por el
talentoso Villanueva Cosse: buenos amigos en el elenco y la sala,
con los que tomar cerveza a cagarnos y hablar mal del público.
Sacco y Vanzetti:
Un proyecto en el que creía poco y del que me convenció el
incansable Jaime Kogan. Enorme premio de crítica, público, y
recaudación. La sala comercial de la calle Corrientes se llena de
vivas a la anarquía y puteadas a los jueces. Versiones muy exitosas
luego en Estados Unidos, en Montevideo, en Lima y en unas cuantas
ciudades del interior. Cerrando el círculo acaba de publicarla en
Italia, y en su idioma, la Revista Sipario y estrenarla en Roma el
Teatro Blu.
Versiones de Corrupción en el
palacio de justicia, de Ugo Betti, para Omar Grasso y del
Volpone, de Ben Jonson, y El pato salvaje
de Ibsen, para -y con- David Amitín, ambas en el Teatro San Martín.
Armo en coautoría con el querido
Tito Cossa Lejos de aquí: Una comedia escrita
originalmente para España, que con Luis Brandoni, Angel de Andres
López, y la dirección de Carlos Gandolfo, fracasó más o menos
silenciosamente en Buenos Aires. Una buena temporada en Washington
nos daría luego una módica reivindicación.
Víctima siempre de mi mala junta me
asocio a La Banda de la Risa, el grupo de cómicos más
atorrantes que se ha dado por acá. Escribo para ellos La
comedia es finita, en colaboración con su director, Claudio
Gallardou, y más tarde las canciones de su Arlequino.
Otro rubro que me gusta éste de las
canciones, que despunto en Aquellos gauchos judíos
dirigida otra vez por Kogan en el Nacional Cervantes, sobre textos
de Ricardo Halac y Roberto Cossa.
Clases y más clases. En Cuba, Puerto
Rico, Venezuela, Colombia, México, Brasil, España. Creo junto a
Roberto Perinelli la carrera de Dramaturgia en la EAD. Enseño
Creación Colectiva y también Dramaturgia en la Facultad de Arte de
la Universidad de Centro, en Tandil. Dicto la Cátedra de Dramaturgia
en la Escuela de Titiriteros del Teatro San Martín. De esta última
experiencia nacerá luego La leyenda de Robin Hood,
obra para muñecos y actores, en colaboración con Tito Lorefice, que
el multitudinario Grupo de Titiriteros del teatro llevará a escena
con dirección de Adelaida Mangani y el propio Lorefice.
La voluntad creadora se relaja:
Demasiado teatro oficial y sus alfombras rojas, comedoras de
estética. Demasiados premios: ACE, Municipal, Fondo Nacional de las
Artes, Argentores y otra docena. Demasiados compromisos: mil
trabajos como jurado, militancia en SOMI, en GEDI, con la barra
querida de autores iberomericanos, Cabal, De la Parra, Ramos-Perea,
Rovner, Santana, Schmidhuber, en ARGENTORES. Pongo junto al
teléfono un cartel estridente: ¡NO!, y una frase de
Baudelaire: “Perdí mi vida por ser amable”. No me sirve de un
carajo.
En el ‘96 planto con todo lo que
puedo y reordeno. De esta reorganización de fuerza y tiempo nacen
tres piezas nuevas.
Como un puñal en las carnes,
aun sin estrenar en Buenos Aires.