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UNA MONTAÑA DE ESCOMBROS EN EL COSTADO DERECHO DE LA ESCENA. LA LUZ VARIARÁ DE DIURNA A NOCTURNA ININTERRUMPIDAMENTE.

EN ESCENA ESTÁN UN HOMBRE Y UNA MUJER. EL HOMBRE ESTÁ VESTIDO CON TRAJE, CORBATA Y ZAPATOS CON CORDONES. ENCIMA DEL TRAJE LLEVA PUESTO UN PILOTO DE COLOR AZUL. TODAS SUS PRENDAS NOS REMITEN A LOS AÑOS CINCUENTA. LA MUJER EN CAMBIO LLEVA UN VESTIDO DE LOS NOVENTA.

EL HOMBRE SE PARA FRENTE A LOS ESCOMBROS, AVANZA SOBRE ELLOS, MUEVE ALGUNAS PIEDRAS Y PERMANECE ALLÍ. ACERCA SU OÍDO COMO TRATANDO DE CAPTAR ALGÚN SONIDO.

EL HOMBRE: ¡Emma! ¡Emma! ¡Estoy acá, soy yo! ¿Me podés oír? ¡Estoy acá, soy yo, Federico! (PAUSA.) Tenés que aguantar, Emma. Ahora van a venir a sacarte, ¿me escuchás? Ellos van a venir ahora. Me lo prometieron. Tenés que aguantar, Emma. Tenés que estar bien, los chicos te esperan en casa. Te quiero, Emma.

EL HOMBRE PERMANECE UNOS SEGUNDOS EN SILENCIO. LUEGO BAJA.

LA MUJER: Cada vez hay más escombros.

EL HOMBRE: No es así. Le parece.

LA MUJER: Yo veo que cada vez hay más, la montaña es cada vez más grande.

EL HOMBRE: Es la misma.

LA MUJER: Sí, puede ser. Es la misma, pero yo cada vez la veo más grande.

EL HOMBRE: Y yo veo todo igual. Antes también usted dijo que la montaña había crecido.

LA MUJER: Debe ser que me imagino que si me doy vuelta... aunque sea un poquito, no sé... las piedras empiezan a crecer, a multiplicarse. (PAUSA.) ¿Hasta cuándo vamos a seguir así?

EL HOMBRE: Ya van a venir.

LA MUJER: Ahora vienen, sí, seguro que ya van a estar acá.

EL HOMBRE: Tiene que pensar que ya van a venir.

LA MUJER: ¿Usted lo cree?

EL HOMBRE: Y, tarde o temprano, van a venir.

LA MUJER: Entonces me parece que si siguen así va a ser tarde, demasiado tarde. (PAUSA BREVE.) Tenga esto.

EL HOMBRE: ¿Qué hace? Eso es suyo.

LA MUJER: No. Yo no lo necesito. No tengo hambre. Tome, vamos.

LA MUJER LE DA UNA BOLSA CON ALIMENTOS Y BEBIDAS. EL HOMBRE COME CON ANSIEDAD.

EL HOMBRE: ¿No quiere que le deje algo? Le va a hacer mal quedarse tanto tiempo sin comer.

LA MUJER: ¿Tanto tiempo? No es para tanto. A mí me parece que recién llegamos.

EL HOMBRE: No, recién no. Ya hace un buen rato que estamos acá.(PAUSA.) Perdone que sea insistente, pero... ¿Usted está segura...?

LA MUJER: Sí, sí estoy totalmente segura.

EL HOMBRE: Pero usted no lo sabe.

LA MUJER: Tiene que estar acá, no hace falta pensar demasiado. Si él me dijo que iba a estar acá a la mañana... Además no hubo manera de ubicarlo en ningún lado.

EL HOMBRE: Eso no quiere decir que tenga que estar ahí abajo.

LA MUJER: Como es lunes, quería tener organizado el trabajo desde temprano.

EL HOMBRE: Hoy no es lunes.

LA MUJER: Está ahí debajo de los escombros. Yo lo sé.

EL HOMBRE: No lo puede saber.

LA MUJER: Yo lo sé.

PAUSA.

EL HOMBRE: Perdone. Pero hoy no es lunes.

LA MUJER:¿Hoy no es lunes? (PAUSA.) ¿Cómo que no es lunes? (PAUSA.) No vamos a empezar otra vez con lo mismo.

EL HOMBRE: Usted piense lo que quiera, pero hoy no es lunes.

LA MUJER: ¿Pero por qué dice que no es lunes? No quiero discutir.

EL HOMBRE: Usted sacó el tema.

LA MUJER: ¿Yo? Usted está hablando ahora.

EL HOMBRE: Fue usted. Usted dijo que hoy era lunes.

LA MUJER: Y sí. ¿Qué quiere que diga? Hoy empieza la semana. Ayer comí, almorcé en la casa de mi mamá con mi familia. Después llevé a mis hijas al parque. Ayer fue domingo. Hoy es lunes.

EL HOMBRE: Usted habrá llevado sus chicas al parque pero yo estuve trabajando en el Ministerio...

LA MUJER: ... hasta las siete de la tarde. Ya lo sé. ¿Usted trabaja los domingos?

EL HOMBRE: ¿Otra vez me va a hacer la misma pregunta? No, cómo voy a trabajar los domingos. El Ministerio está cerrado los domingos.

LA MUJER: ¿Cómo hace para trabajar en el Ministerio si está cerrado?

EL HOMBRE: Es que ayer fue miércoles.

LA MUJER: Hoy no es jueves. Es lunes.

EL HOMBRE: Tuve trabajo extra. Justo ayer terminé de copiar el libro catorce.

PAUSA. AMBOS QUEDAN PENSATIVOS DURANTE UNOS INSTANTES.

EL HOMBRE: ¿Oye?

LA MUJER: Sí.

EL HOMBRE: Son ellos.

LA MUJER: Sí. Vienen para acá, ¿no?

EL HOMBRE: Sí. Ahí vienen.

EL HOMBRE Y LA MUJER PERMANECEN ESTÁTICOS Y EXPECTANTES EN EL MÁS PROFUNDO DE LOS SILENCIOS. NADIE VIENE.

EL HOMBRE: No, no eran. Qué lástima. Pensé que ya estaban aquí.

LA MUJER: No eran. Siempre va a pasar lo mismo.

EL HOMBRE: Pero parecía que venían, eh, esta vez sí que parecía...

LA MUJER: Nunca van a venir.

EL HOMBRE: Sí que van a venir. Tiene que tener fe... y un poco de paciencia, ya va a ver.

PAUSA.

EL HOMBRE: Tendría que hablar con mis hijos.

LA MUJER: Vaya. Igual yo me quedo acá.

EL HOMBRE: No. Prefiero esperar. Tengo miedo de no estar cuando ellos lleguen.

LA MUJER: Yo que usted me voy. No van a venir justo cuando usted no esté. Vaya, yo me quedo.

EL HOMBRE: No. Más tarde. Voy a esperar un poco más.

PAUSA.

EL HOMBRE: ¿No quiere ir usted?

LA MUJER: ¿Irme adónde?

EL HOMBRE: A su casa. Para hablar con sus mellizas. Por lo menos las ve.

LA MUJER: Me encantaría verlas. Pero me van a hacer preguntas y no tengo nada para decirles. Ellas están esperando un noticia, un dato, algo... como yo, como nosotros.

PAUSA.

LA MUJER: ¿Sabe una cosa? Tuve un sueño. Tenía algo que ver con mis hijas pero ahora no me puedo acordar.

PAUSA.

EL HOMBRE: Usted tiene que buscar el varoncito. ¿Nunca pensó en tener un varón?

LA MUJER: Esteban me pedía el varoncito, estos últimos meses. Y ahora quién sabe si vamos a poder.

EL HOMBRE: Sí. Va a ver que sí. Si él está ahí, va a salir vivo, va a ver. Y si no está ahí, mejor, mucho mejor.

LA MUJER: Está. Está enterrado ahí, créamelo y lo tenemos que sacar ya. A él y a su mujer.

ENTRA CHAVES, UN HOMBRE PEQUEÑO. ESTÁ VESTIDO CON ROPA DE TRABAJO Y PORTA UN APARATO DE FORMA EXTRAÑA. DEL APARATO SALE UNA ESPECIE DE MANGUERA ACANALADA. ESCALA LA MONTAÑA DE ESCOMBROS.

EL HOMBRE: Éste debe ser uno de ellos. Ya está, van a empezar a remover los escombros.

LA MUJER: ¿Usted cree?

EL HOMBRE: Seguro. Ya va a ver.

EL HOMBRE Y LA MUJER SIGUEN OBSERVÁNDOLO. CHAVES ADVIERTE LA PRESENCIA DE AMBOS. BAJA APRESURADAMENTE.

CHAVES: ¿Necesitan ayuda?

EL HOMBRE: Nosotros no. Ellos, que están ahí, enterrados.

CHAVES: ¿Quedaron muchos enterrados?

EL HOMBRE: No sabemos.

LA MUJER: Mi marido... y la mujer del señor, seguro.

CHAVES: ¿Ustedes son... familiares?

LA MUJER: Sí, somos familiares. Mi marido está ahí y la mujer de él.

CHAVES: Lo siento mucho. ¿Cuánto hace que están ahí?

LA MUJER Y EL HOMBRE HABLAN SIMULTÁNEAMENTE.

EL HOMBRE: Recién, con el bombardeo... los aviones... una bomba cayó justo en esta esquina, yo me tenía que encontrar con mi mujer...

LA MUJER: Supe que hubo una explosión, yo vivo cerca, a unas quince cuadras, yo la oí desde casa... apenas me enteré me vine para acá...

CHAVES: De a uno, de a uno, por favor. ¿Ya vino alguien para rescatarlos?

EL HOMBRE: No. Usted es el primero.

CHAVES: Yo no hago tareas de rescate.

EL HOMBRE: ¿Qué hace usted?

CHAVES: ¿Yo? ¿Ven esta máquina? Detecta si hay algo orgánico abajo de los escombros.

PAUSA.

LA MUJER: Nosotros hablamos con usted, antes. ¿Se acuerda?

CHAVES: ¿Conmigo? No puede ser. Acabo de llegar.

CHAVES SACA UNA ESPECIE DE CANTIMPLORA.

CHAVES: Es agua. ¿Quieren?

LA MUJER: No, gracias.

EL HOMBRE: Yo sí. (BEBE.)

LA MUJER: Pero usted estuvo aquí antes.

CHAVES: No.

EL HOMBRE: Pero usted estuvo un rato hablando con nosotros. ¿Se acuerda?

CHAVES: Yo no me acuerdo de haber hablado con ustedes.

PAUSA.

LA MUJER: ¿Nos va a ayudar?

CHAVES: Sí. Claro, estoy acá para eso. Pero necesito más datos. ¿Qué edad tienen... su marido y su esposa?

LA MUJER: Mi marido treinta y nueve.

EL HOMBRE: Mi mujer treinta y cinco.

CHAVES: ¿Ustedes creen que siguen vivos?

EL HOMBRE: Sí, creemos que están vivos. Estamos seguros de que están vivos.

CHAVES: Eso se puede verificar rápido. Esperen acá.

CHAVES ESCALA LOS ESCOMBROS.

LA MUJER: Nos va a ayudar. Éste los va a sacar.

EL HOMBRE: Sí, seguro.

CHAVES HA ENCONTRADO UNA CARPETA ENTRE LOS ESCOMBROS. DESCIENDE CON LA CARPETA EN LA MANO.

CHAVES: ¿Por casualidad alguno de ustedes conoce esto?

LA MUJER: Es la carpeta de mi marido. Ahí lleva los planos, los presupuestos...

CHAVES LE DA LA CARPETA A LA MUJER.

LA MUJER: Sí, es la carpeta de él. Ésta es su letra. Y aquí está su nombre.

EL HOMBRE: Bueno, pronto lo va a encontrar también a su marido. Tenga fe.

LA MUJER SE ABRAZA A LA CARPETA. CHAVES SUBE, DIRIGE LA MANGUERA DE SU APARATO HACIA ABAJO. EL HOMBRE Y LA MUJER LO OBSERVAN CON SUMA ANSIEDAD. CHAVES BAJA.

CHAVES: Hay cuerpos.

LA MUJER: Sí, ya sabemos que hay cuerpos.

EL HOMBRE: ¿Pero... están vivos? ¿Respiran?

CHAVES: Sí. Aparentemente sí. Están vivos.

EL HOMBRE Y LA MUJER SE ABRAZAN, EUFÓRICOS. CUANDO LA MUJER ADVIERTE QUE ACABA DE ABRAZAR AL HOMBRE SE MUESTRA TURBADA.

CHAVES: Los tenemos que sacar cuanto antes. Pero yo solo no puedo. Tengo que llamar a más gente. Tiene que venir un equipo entero. A lo mejor, dos equipos.

EL HOMBRE: Por favor, señor, se lo pido por favor, trate de traer a toda la gente rápido y saque los escombros. Se lo vamos a agradecer toda la vida.

CHAVES: Pierda cuidado, vamos a hacer todo lo posible por sacarlos.

CHAVES SALE.

LA MUJER ESCALA LA MONTAÑA DE ESCOMBROS. SE DETIENE Y SE INCLINA, CASI ACOSTADA.

LA MUJER: ¡Esteban! ¡Esteban! ¡Esteban! ¿Me podés oír? Soy Diana, estoy acá arriba. ¡Tenés que aguantar, Esteban! Tenés que aguantar, las nenas te esperan en casa. ¡Esteban! ¡Te amo, Esteban!

LA MUJER, DESESPERADA, TRATA DE REMOVER LOS ESCOMBROS CON SUS MANOS.

EL HOMBRE: ¿Qué hace? ¿Qué hace? Usted sola no puede, es imposible... ¿No se da cuenta? Venga, venga, tranquilícese.

LA MUJER: No puedo más. (PAUSA LARGA.) Yo le pedí a Esteban que se quede un ratito más en la cama conmigo. Casi lo había convencido.

EL HOMBRE: Tiene que tener paciencia. Tiene que esperar que vengan...

LA MUJER: Y yo le decía "dale, hoy es nuestro aniversario". Y él entonces se metió de nuevo en la cama conmigo y me abrazó.

EL HOMBRE: Ellos van a remover todo, no van a dejar un ladrillo, un escombro.

LA MUJER: Pero, de repente, se quitó la frazada de un tirón y se levantó. Justo hoy no quería llegar ni un minuto tarde. (PAUSA.) ¿Pero usted no se da cuenta? ¡Mi marido puede estar muerto ahí abajo! ¡Su mujer también!

EL HOMBRE: Pueden estar muertos... pero no están muertos. Respiran. Están ahí y esperan que los saquen. Venga.

EL HOMBRE COMIENZA A ESCALAR NUEVAMENTE LA MONTAÑA.

EL HOMBRE: Venga, le digo.

LA MUJER ESCALA Y SE UBICA JUNTO A ÉL.

EL HOMBRE: Acérquese acá, a esta piedra. No, póngase así. Así, sí. Oiga bien. ¿Oye algo?

LA MUJER: No.

EL HOMBRE: Oiga bien, le digo. ¿Oye algo?

LA MUJER: No.

EL HOMBRE: Tápese este oído. Así no, así, bien. ¿Y ahora? ¿No oye como un sonido de respiración?

LA MUJER: No.

EL HOMBRE: ¿No? ¿Está segura?

LA MUJER: Ahora sí, puede ser.

EL HOMBRE: ¿No le dije? Bueno, son su marido, mi mujer, respiran, respiran ahí abajo.

LA MUJER (SIN CONVICCION): Ahora puedo oír mejor. Sí, se oye que respiran.

EL HOMBRE: Ya va a ver. Va a poder encargar el varoncito. (PAUSA LARGA.) ¿Usted sabe que yo tengo tres varones?

LA MUJER: Claro. Daniel, Ricardo y...

EL HOMBRE: Y Eduardito, el más chiquito, que tiene cinco años. Ella lo que más quiere es tener una nena.

LA MUJER: ¿Y usted?

EL HOMBRE: Y... a mí también me gustaría. (PAUSA.) Emma está ahí abajo, pero está bien. Va a ver.

LA MUJER: Ellos tienen que venir. No puede ser, no nos pueden tener así.

PAUSA. PERMANECEN UNOS SEGUNDOS SIN EMITIR SONIDO.

EL HOMBRE: ¿Qué hora es? Deben estar por llegar.

LA MUJER: Ya tenían que haber estado aquí. Son las diez y cinco.

EL HOMBRE: ¿Qué hora tiene usted?

LA MUJER: Las diez y cinco.

EL HOMBRE: Me parece que se le paró el reloj. Fíjese bien, yo tengo las dos menos cuarto.

LA MUJER: No puede ser. Mi reloj no falla. Nunca me falló.

EL HOMBRE: Pero falla, cuando uno menos se lo espera, falla. Cuando más uno lo necesita, falla. Los relojes son así... Fíjese, se le debe haber parado. Yo una vez tenía un reloj...

LA MUJER: Déjeme escuchar.

LA MUJER TRATA DE OÍR LA MÁQUINA DEL RELOJ.

LA MUJER: Funciona. Funciona bien, como siempre.

EL HOMBRE: Atrasa.

LA MUJER: O a lo mejor el suyo adelanta. ¿Qué hora es, dice usted?

EL HOMBRE: Las dos y diez. Nunca ví un reloj que adelante tres horas.

LA MUJER: ¿Por qué no? (PAUSA.) A lo mejor tiene razón, voy a ponerlo a las dos y diez, como usted.

EL HOMBRE: Dos menos cuarto.

LA MUJER: Bueno, sí, dos menos cuarto.

LA MUJER PONE EN HORA SU RELOJ.

LA MUJER: Listo. (PAUSA.) ¿Oye?

EL HOMBRE: Sí. Son ellos.

LA MUJER: Sí. Vienen para acá ¿no?

EL HOMBRE: Sí. Esta vez tiene que ser.

LA MUJER Y EL HOMBRE PERMANECEN ESTÁTICOS Y EXPECTANTES EN EL MÁS PROFUNDO DE LOS SILENCIOS. NADIE VIENE.

LA MUJER: No, no eran. Otra vez no eran. Nunca van a venir.

EL HOMBRE: Sí que van a venir. Cuando menos se lo espere van a estar acá.

LA MUJER: Me arden los ojos. Este olor... Se me hace inaguantable.

EL HOMBRE: Es olor a pólvora. Dicen que hoy en todo Buenos Aires hay el mismo olor, a pólvora.

LA MUJER: Este olor no me lo voy a olvidar nunca. Este olor y la neblina marrón.

EL HOMBRE: ¿Usted vio? No se podía dar dos pasos. Lo único que se respiraba era polvo.

LA MUJER: Todavía hay un poco de neblina. Los ojos me arden.

PAUSA.

EL HOMBRE: ¿No quiere ir a dormir un rato? ¿No tiene ganas de dormir?

LA MUJER: ¿Dormir? ¿Cómo podría hacer para dormirme?

EL HOMBRE: Pruebe. Vaya, duerma, yo me voy a quedar acá, de guardia.

LA MUJER: No. Le agradezco mucho.

PAUSA.

LA MUJER: ¿A usted le gustan los mariscos?

EL HOMBRE: ¿Los mariscos? No. ¿Por qué me lo pregunta?

LA MUJER: A Esteban y a mí nos encanta. Hoy íbamos a ir a un restaurant de mariscos. Esteban había hecho una reserva. Hoy es nuestro aniversario. (PAUSA.) ¿Usted qué dice? ¿Podré volver a ese restaurant... con Esteban?

EL HOMBRE: Pero claro, ya va a ver. Podemos ir los cuatro. A Emma tampoco le gustan los mariscos... Pero podemos pedir otra cosa, ¿no?

LA MUJER: Sí, claro. Podemos ir los cuatro.

PAUSA.

LA MUJER: ¿Y si ellos no están vivos?

EL HOMBRE: Están vivos, ya va a ver.

LA MUJER: Ahora me acuerdo. En el sueño llovía mucho y yo estaba en el borde de un acantilado. Desde arriba yo veía a mis dos hijas al lado del mar. Las dos lloraban y me llamaban. Decían que estaban caminando con el padre y lo habían perdido. Yo trataba de calmarlas pero era inútil, no me escuchaban. Después gritaban que el padre estaba en el fondo del mar.

EL HOMBRE: Nunca les hice mucho caso a los sueños. Los sueños no quieren decir nada.

PAUSA.

EL HOMBRE: Hace frío ahora.

LA MUJER ASIENTE SIN CONVICCIÓN.

EL HOMBRE: Llueve.

LA MUJER: ¿Llueve?

EL HOMBRE: Sí, llueve.

LA MUJER: ¿Está seguro? Yo no siento nada.

EL HOMBRE: Pero claro... ¿Cómo no se da cuenta?

LA MUJER: No, no me doy cuenta.

EL HOMBRE: ¿No me ve la cara, toda mojada?

LA MUJER: No. (PAUSA.) Está fresco, sí, pero no hace frío. Y no llueve. Puedo sentir el sol en la frente.

EL HOMBRE SE UBICA JUNTO A LA MUJER.

EL HOMBRE: ¿Usted está segura de que siente el sol?

LA MUJER: Claro, señor. ¿No lo ve el sol? Mírelo ahí. Ahí lo tiene.

EL HOMBRE: Cielo cubierto, nubes negras. Nada de sol. No veo el sol por ningún lado. ¿Usted lo ve de verdad?

LA MUJER: Claro... Mire, ahí lo tiene.

PAUSA.

EL HOMBRE: No veo nada. Será que tengo el frío en los huesos. (PAUSA.) El invierno es horrible.

LA MUJER: Horrible.

EL HOMBRE: Pero a Emma le gusta, el invierno y el frío le gustan. Le gusta ver cómo los días se hacen cada vez más cortos y cómo los árboles pierden color. Y cuando llega el día más corto, el día que empieza el invierno, Emma siempre nos prepara un plato sorpresa, alguna comida que no hace nunca. Al final, se nos hizo costumbre y cada vez que empieza el invierno, los chicos y yo esperamos el plato. Vamos a ver qué nos prepara dentro de unos días.

LA MUJER: ¿Dentro de unos días, dijo?

EL HOMBRE: Sí. Dentro de poco empieza el invierno.

LA MUJER: Ya empezó. Ahora estamos en julio. Junio ya pasó.

EL HOMBRE: ¿Cómo ya pasó? ¿Hoy qué fecha es? Pero si todavía faltan cinco días.

LA MUJER: Ya estamos en julio.

EL HOMBRE: ¿En julio? ¿Usted está segura? ¡Pero no puede ser! Si es mi cumpleaños. ¡Estamos en junio!

LA MUJER: Y mañana es mi aniversario. Y yo me casé en julio.

EL HOMBRE: No puede ser.

LA MUJER: Es así.

AMBOS PERMANECEN PENSATIVOS. PAUSA.

ENTRA CHAVES. PORTA EL MISMO APARATO Y ESTÁ VESTIDO DE LA MISMA MANERA QUE ANTES.

CHAVES APARENTEMENTE NO LOS VE. CERCA LA MONTAÑA DE ESCOMBROS CON UNA CINTA ROJA.

EL HOMBRE: Ya está, van a empezar a remover los escombros.

LA MUJER: ¿Usted cree?

EL HOMBRE: Seguro.

LA MUJER: Pero el hombre vino solo. ¿Por qué vino solo?

EL HOMBRE: Señor...

CHAVES ADVIERTE LA PRESENCIA DE AMBOS. BAJA APRESURADAMENTE.

CHAVES: Sí, señores. Qué desean?

EL HOMBRE: Perdone. ¿Cómo dijo?

CHAVES: Digo que qué quieren, qué hacen acá. ¿Quién los dejó pasar?

LA MUJER: Nadie nos dejó pasar.

CHAVES: Seguro que ese pelotudo de Olasagasti los dejó pasar. No sé para qué carajo está ahí si deja pasar a todo el mundo. Esto es área restringida. ¿No vieron el cartel? Por favor, vuelvan por donde vinieron.

LA MUJER: ¿Cómo área restringida?

CHAVES: Sí señora, área restringida. Por favor, que si ven que hay gente no entienden razones, en vez de agarrárselas con Olasagasti se la agarran conmigo.

EL HOMBRE: Nosotros hablamos con usted, antes, ¿se acuerda?

CHAVES: ¿Conmigo? ¿Cómo puede ser? Acabo de llegar.

EL HOMBRE: Pero usted estuvo aquí antes.

CHAVES: Le digo que no.

LA MUJER: Los dos lo vimos, hablamos con usted, usted nos dijo que iba a buscar ayuda.

CHAVES: ¿Ayuda? ¿Para qué iba a buscar ayuda?

LA MUJER: ¡Para sacar los cuerpos de ahí abajo!

CHAVES: Señora, perdóneme, ustedes están totalmente confundidos. Yo no rescato cuerpos.

LA MUJER: Usted encontró esta carpeta.

CHAVES: No. No era yo. Yo no hablé con ustedes, no sé quiénes son, yo no fui a buscar ninguna ayuda. (PAUSA BREVE.) Y aquí abajo no hay ningún cuerpo.

LA MUJER: ¿Qué está diciendo? ¿Cómo que no hay ningún cuerpo?

CHAVES: Lo que oye. No hay cuerpos. No hay nada. (PAUSA.) ¿Ustedes quiénes son?

EL HOMBRE: Somos familiares...

CHAVES: Familiares. ¿Qué me quiere decir con eso? ¿Familiares de quién?

EL HOMBRE: Mi esposa está ahí, abajo de los escombros.

CHAVES: ¿Ella no es su esposa?

EL HOMBRE: No, ella no es mi esposa. Mi esposa y el esposo de ella están enterrados debajo de esos escombros.

CHAVES: ¿Acá? ¿Usted dice debajo de estas piedras?

EL HOMBRE: Sí, señor, sí.

CHAVES: No falla. No falla.

EL HOMBRE: ¿No falla? ¿De qué está hablando? ¿Qué cosa no falla?

CHAVES: Cada vez que hay un derrumbe siempre hay alguien que reclama los cuerpos. ¿Quién le dijo que hay gente ahí abajo?

LA MUJER: Nadie. No hace falta que nadie nos diga nada. Sabemos que están ahí.

CHAVES: Está muy bien. Ustedes sabrán lo que saben. Pero no tienen por qué estar aquí. Ustedes tienen que estar detrás de la barrera que está allá. Así que por favor... Aquí no puede permanecer nadie, aquí nadie tiene por qué andar mirando lo que hay.

LA MUJER: ¿Pero qué te pasa, imbécil? Te estamos diciendo que mi esposo está abajo de esos escombros y la mujer de él también...

CHAVES: Señora, no me insulte. Yo estoy trabajando. Lo único que le digo es que acá por ahora no hay nada. Si encontramos algo ya se lo vamos a informar.

LA MUJER: ¿Cómo que no hay nada? Están los cuerpos que quedaron sepultados después de la explosión. ¿O tampoco sabe que hubo una explosión?

CHAVES: ¿Acá? Hubo un derrumbe. No se sabe si hubo explosión. Y todavía no se sabe si hay cuerpos. Es casi seguro que no hay nada. Los primeros informes que tenemos dicen que no hay nada. Eso lo tenemos que investigar.

EL HOMBRE: Pero usted es un... ¿Para qué está? ¿Para qué vino?

CHAVES: Vine a preparar un informe. Pero yo no tengo por qué discutir mi trabajo con usted. (PAUSA.) Bueno, por favor, tienen que despejar este lugar.

CHAVES SE RETIRA. CRUZA DETRÁS DE LA CINTA ROJA Y ESCALA NUEVAMENTE LOS ESCOMBROS.

LA MUJER: Acá hay algo que no va. No puede ser. En vez de venir a ayudarnos vino para echarnos.

EL HOMBRE: Nadie nos va a echar, se lo aseguro.

LA MUJER: ¿Pero igual eso que importa ahora? ¡Su mujer y mi marido siguen abajo de las piedras y nadie mueve un dedo!

EL HOMBRE: No puedo entender qué está buscando.

LA MUJER: Y dice que no hubo ninguna explosión.

EL HOMBRE: Eso sí que es increíble. No puede no saber que hubo un bombardeo. Y si no cómo se derrumbó todo esto. Yo vi los aviones con mis propios ojos, ¿sabe?

LA MUJER: ¿Aviones?

EL HOMBRE.: Primero un helicóptero que se bajó en medio de la plaza, después los aviones.

LA MUJER: ¿Qué aviones? Yo no vi ningún avión.

EL HOMBRE: Los aviones... volaban encima de la Casa Rosada y del Ministerio.

Y después, las bombas.

LA MUJER: ¿Bombas?

EL HOMBRE: ¡Bombas!

LA MUJER: Bombas, no. Una sola bomba. Hubo una explosión terrible, espantosa, y el edificio se derrumbó. Yo no vi ningún avión.

EL HOMBRE: ¿Cómo que no vio aviones? Yo, yo los vi con mis propios ojos desde la ventana del ministerio.

LA MUJER: Hubo una explosión. Una sola. Yo la oí. Vivo como a quince cuadras de aquí. Una bomba en el edificio.

EL HOMBRE: Bueno, pero la bomba la tiraron desde un avión, seguro.

LA MUJER: No hubo ningún avión. La explosión vino de abajo.

EL HOMBRE: ¿Qué está diciendo?

LA MUJER: Había un problema en la instalación del piso cuarto. Mi marido estaba haciendo la instalación eléctrica en ese piso. Todo se derrumbó, la explosión vino de abajo. Yo llegué enseguida. Todo esto era una nube de polvo. (PAUSA.) Pero nadie vio ningún avión.

EL HOMBRE: ¿Pero cómo me va a decir...? Yo veía a la gente corriendo por la plaza, metiéndose en el subte. ¿Por qué corría la gente, eh? ¿De qué se escapaba? ¡De los aviones!

PAUSA. AMBOS PERMANECEN PENSATIVOS DURANTE UNOS INSTANTES.

CHAVES BAJA. TIENE UNA CARTERA DE MUJER EN LA MANO.

CHAVES: ¿Por casualidad alguno de ustedes conoce esto?

EL HOMBRE LA MIRA DETENIDAMENTE.

EL HOMBRE: Me parece que es la cartera de mi mujer. Sí, es la cartera de ella.

EL HOMBRE INTENTA TOMAR LA CARTERA. CHAVES LO ELUDE.

EL HOMBRE: Quiero verla.

CHAVES: Mírela. Pero no tiene por qué tocarla.

EL HOMBRE: Le digo que es la cartera de mi mujer.

CHAVES: Primero eso lo tiene que probar.

EL HOMBRE: Adentro de la cartera están los documentos.

CHAVES ABRE LA CARTERA. LA REVISA.

EL HOMBRE: Oiga, no le revise la cartera a mi mujer.

CHAVES: Todavía no sé si la cartera es de ella.

CHAVES SACA UN PORTADOCUMENTOS.

CHAVES: ¿Cómo se llamaba su mujer?

EL HOMBRE: Cómo se llama. Todavía vive, ¿me oye? Usted mismo me dijo que los cuerpos que estaban enterrados estaban vivos. Y está esperando que la saquen de ahí abajo.

CHAVES: Yo no le dije nada. ¿Cómo se llamaba?

EL HOMBRE: Se llama Emma. Emma Vilches.

CHAVES (CONFIRMANDO): Tome.

EL HOMBRE: ¿Y? ¿Se convenció de que están ahí abajo?

CHAVES: ¿Usted lo dice por la cartera? ¿Quién me dice que usted no escondió la cartera donde yo la encontré?

EL HOMBRE: ¡Pero, cómo se le ocurre...! ¿Y para qué iba a hacer una cosa así?

CHAVES: Muchas veces la gente pone pruebas falsas. Siempre hay tipos preparados para hacer estos trabajitos. No sé para qué. Exageran, siempre exageran. Si no hay muertos ellos dicen que sí hay muertos. Si hay dos muertos ellos cuentan diez. Hasta son capaces de traer cadáveres y meterlos entre los escombros.

LA MUJER: Usted es un miserable. Váyase, señor, no queremos seguir escuchándolo.

CHAVES: Son ustedes los que se tienen que ir. Acá no hay nada. ¿Ven esta máquina? Detecta si hay algo orgánico abajo de los escombros. Y no encontró nada. Nada.

EL HOMBRE: ¿Y la cartera? ¿Qué querés decir? ¿Que la puse yo?

CHAVES: Todo puede ser.

CHAVES SALE.

LA MUJER: ¿Adónde irá?

EL HOMBRE: Va a buscar que nos echen. De acá no nos vamos a mover.

EL HOMBRE REVISA LA CARTERA. SACA UN PAQUETITO ENVUELTO PARA REGALO.

EL HOMBRE: Mire. Un regalo. Un regalo que Emma me tenía preparado.

EL HOMBRE ABRE EL PAQUETE.

EL HOMBRE: Un encendedor. Tiene mis iniciales. Es el regalo que Emma me compró para mi cumpleaños. No me lo pudo dar. Bueno, pero lo tengo. (PAUSA.) Nos íbamos a encontrar cerca del ministerio para ir a festejar mi cumpleaños. Hoy es mi cumpleaños, ¿le dije? Sí.

LA MUJER: Es muy lindo. (PAUSA.) Y mañana es mi aniversario de casada.

EL HOMBRE: (SIN ÉNFASIS): ¿Sí? Y yo cumplo cuarenta y dos años. Cuarenta y dos.

LA MUJER: ¿Cuarenta y dos? Era justo lo que yo le daba.

EL HOMBRE: ¿Parezco cuarenta y dos?

LA MUJER: Sí. (PAUSA.) Yo cumplo ocho, de casada.

EL HOMBRE: ¿Ocho? Yo hace doce años que me casé. ¡Doce años! (PAUSA.)

LA MUJER: Sí pero yo antes de casarme estuve mucho tiempo de novia. Como cuatro años.

EL HOMBRE: No, yo no. Yo me casé enseguida, a los cuatro meses. (PAUSA.) La conocí en el tranvía. Ella ya estaba de novia. Todos los días nos veíamos a la misma hora. En el tranvía.

LA MUJER: Qué lindo. Me hubiera gustado viajar alguna vez en tranvía.

EL HOMBRE: ¿Qué está diciendo? ¿Nunca viajó en tranvía?

LA MUJER: No. Cuando yo nací, ya no existían.

EL HOMBRE: ¿Cómo que no existían? ¿De qué está hablando?

LA MUJER: Bueno, no se ponga así.

EL HOMBRE: Es que usted dice que no existen y yo ayer viajé en tranvía.

LA MUJER: Ayer... es una forma de decir. Son muchos años.

EL HOMBRE: ¿Cómo muchos años? Fue ayer a la noche. ¿O no?

PAUSA.

EL HOMBRE: Es más, hace un rato vi pasar uno. Y usted dice que no existen.

LA MUJER: Es que nunca vi un tranvía.

EL HOMBRE: Eso no quiere decir que no existan.

AMBOS PERMANECEN PENSATIVOS. PAUSA.

EL HOMBRE: Yo apenas subía, empezaba a buscarla. Y cuando no la veía era una desilusión. Pero cuando la encontraba... Casi siempre ella ya me había visto primero y se reía porque se daba cuenta que yo la estaba buscando. Fue en el tranvía que ella me contó que tenía novio. Pero igual un día la invité a salir. Y ella aceptó. Y ahí empezó todo. ¿Sabe una cosa? Emma dejó al novio que tenía para casarse conmigo. Se estaba por casar con el otro, pero se enamoró de mí.

LA MUJER: ¿Y después?

EL HOMBRE: Y... lo dejó. Y se casó conmigo

LA MUJER: ¿Nunca tuvo miedo?

EL HOMBRE: ¿Miedo? ¿Miedo de qué?

LA MUJER: Y... de que se arrepienta y vuelva con el otro.

EL HOMBRE: No. Ella se enamoró de mí. (PAUSA.) Yo no fui el primer hombre de Emma,¿sabe?(PAUSA BREVE.) Y a ella nunca le hablé del tema. No me animo.

LA MUJER: ¿Y si ella no se lo dijo usted cómo lo sabe?

EL HOMBRE: Esas cosas uno las sabe, aunque nadie se las diga. (PAUSA.)

LA MUJER: ¿Y para qué quiere hablar de eso?

EL HOMBRE: No sé. Supongo que alguna vez uno lo tiene que hablar, ¿no? Pero yo no me animo. (PAUSA BREVE.) ¿Y usted? ¿Cómo lo conoció a su marido?

LA MUJER: Yo a Esteban lo conozco de chico. Somos parientes... lejanos. Pero nos veíamos seguido en casa de una tía. Jugábamos... yo me acuerdo de cómo era Esteban... con rulitos y ojos claros. La misma cara de ahora, pero en chiquito. Nos vimos crecer. Pero nos pusimos de novios a los veinte. Yo le llevo seis meses.

PAUSA.

EL HOMBRE: ¿Oye?

LA MUJER: Sí.

EL HOMBRE: Son ellos. Ahí vienen, seguro.

LA MUJER: Sí. Vienen para acá, ¿no?

EL HOMBRE: Sí. Ahí vienen.

EL HOMBRE Y LA MUJER PERMANECEN ESTÁTICOS Y EXPECTANTES EN EL MÁS PROFUNDO DE LOS SILENCIOS. NADIE VIENE. PAUSA.

EL HOMBRE ESCALA LA MONTAÑA DE ESCOMBROS. MUEVE ALGUNAS PIEDRAS Y PERMANECE ALLÍ. ACERCA SU OÍDO COMO TRATANDO DE CAPTAR ALGÚN SONIDO.

EL HOMBRE: ¡Emma! ¡Emma! ¡Estoy acá, soy yo! Soy yo, Federico. Tenés que resistir, Emma. (PAUSA.) Te van a venir a sacar, ¿me oís? Ya van a venir. Tenés que resistir, tenés que estar bien. Te quiero, Emma.

EL HOMBRE DESCIENDE.

EL HOMBRE: Cuando vi por la ventana cómo caían las bombas sobre la plaza me acordé que Emma me estaba esperando a dos cuadras, en una esquina. No pude llegar para salvarla. Bajé como pude por las escaleras y corrí y corrí... pero cuando llegué acá, a la esquina, me encontré con esto.

LA MUJER: Esto no es una esquina. Estamos casi a mitad de cuadra.

EL HOMBRE: Usted cree que estamos a mitad de cuadra. Pero yo veo una esquina. Es una esquina. Puedo ver a la gente que viene por esta calle y por esta otra.

¿Usted no?

LA MUJER: No, yo no. Puedo ver a la gente que viene por esta calle... desde allá... o desde allá.

LA MUJER QUEDA PENSATIVA.

EL HOMBRE: Emma me esperaba acá. (PAUSA.) Si no hubiese sido mi cumpleaños, Emma estaría en casa, tranquila.

LA MUJER: Usted está tiritando.

EL HOMBRE: Sí, tengo un poco de frío. ¿Y usted?

LA MUJER: Yo estoy bien. ¿Y ellos...? ¿Estarán bien? ¿No tendrán frío?

LA MUJER ESCALA LA MONTAÑA DE ESCOMBROS. SE DETIENE Y SE INCLINA, CASI ACOSTADA.

LA MUJER: ¡Esteban! ¡Esteban! ¡Esteban! ¿Me podés oír? Soy Diana, estoy acá arriba. ¡Tenés que aguantar, Esteban! Tenés que aguantar, las nenas te esperan en casa. ¡Esteban!

LA MUJER DESCIENDE. ENTRA CHAVES PORTANDO SU MÁQUINA. ESCALA LA MONTAÑA DE ESCOMBROS.

EL HOMBRE: Este debe ser uno de ellos. Ya está, van a empezar a remover las piedras.

LA MUJER: Dios lo oiga.

EL HOMBRE: Ya va a ver. Éste nos va a ayudar.

LA MUJER: Ahí viene.

CHAVES QUE LOS HA ESTADO OBSERVANDO BAJA APRESURADAMENTE.

CHAVES: ¿Necesitan que los ayuden?

EL HOMBRE: Nosotros no. Ellos, que están ahí, enterrados.

CHAVES: ¿Ustedes son... familiares?

LA MUJER: Sí, somos familiares. Mi marido está ahí y la mujer de él.

CHAVES: ¿Están seguros de que están ahí?

EL HOMBRE: Claro.

CHAVES: Lo siento mucho. ¿Ustedes estaban aquí cuando pasó?

EL HOMBRE: No, llegamos a los cinco, diez minutos. (PAUSA.) Nosotros hablamos con usted, antes, ¿se acuerda?

CHAVES: ¿Conmigo? ¿Cómo puede ser? Acabo de llegar.

LA MUJER: Pero usted estuvo aquí antes.

CHAVES: No. Nunca estuve aquí.

CHAVES SACA UNA ESPECIE DE CANTIMPLORA.

CHAVES: Es agua. ¿Quieren?

EL HOMBRE: No, gracias.

LA MUJER: Yo sí. (BEBE.)

EL HOMBRE: Usted encontró esta cartera.

CHAVES: No. No era yo. (PAUSA.) ¿Usted cree que siguen vivos?

LA MUJER: Sí, claro. ¿Y usted, qué cree?

CHAVES: No sé. Espero que sí. Eso se puede verificar rápido.

CHAVES ESCALA LOS ESCOMBROS.

LA MUJER: Nos va a ayudar. Éste nos va a sacar.

EL HOMBRE: Sí, seguro.

CHAVES HA ENCONTRADO UN ZAPATO DE HOMBRE ENTRE LOS ESCOMBROS. DESCIENDE CON EL ZAPATO EN LA MANO.

CHAVES: ¿Por casualidad alguno de ustedes conoce esto?

LA MUJER Y EL HOMBRE OBSERVAN EL ZAPATO.

LA MUJER: No, yo no sé de quién es.

EL HOMBRE: No, yo tampoco.

CHAVES SUBE, DIRIGE LA MANGUERA DE SU APARATO HACIA ABAJO. EL HOMBRE Y LA MUJER LO OBSERVAN CON SUMA ANSIEDAD. CHAVES BAJA.

CHAVES: Con esta máquina puedo detectar si hay algo orgánico abajo de los escombros. Y la máquina dice que hay cuerpos.

EL HOMBRE: ¿Pero... están vivos? ¿Respiran?

CHAVES: Sí. Parece que sí. Están vivos.

EL HOMBRE Y LA MUJER SE ABRAZAN, EUFÓRICOS. LA MUJER SE MUESTRA TURBADA POR LO QUE ACABA DE HACER.

CHAVES: Hay que sacarlos lo más rápido posible. Tengo que llamar a más gente. Tiene que venir un equipo entero. O dos.

EL HOMBRE: Por favor, señor, se lo suplico, trate de traer a toda la gente rápido y rescátelos.

CHAVES: Pierda cuidado, vamos a hacer todo lo posible por sacarlos.

CHAVES SALE.

LA MUJER: Esperemos que vuelva este hombre.

EL HOMBRE: Va a volver. Vamos a tomar el tiempo ¿Qué hora es?

LA MUJER: Son las diez y cinco.

EL HOMBRE: ¿Qué hora tiene usted?

LA MUJER: Las diez y cinco.

EL HOMBRE: Me parece que se le paró el reloj. Fíjese bien, porque yo tengo las dos menos cuarto.

LA MUJER: No puede ser. ¿Qué hora es dice usted?

EL HOMBRE: Las dos y diez. Fíjese, se le debe haber parado.

LA MUJER: Déjeme escuchar. Anda bien.

EL HOMBRE: Atrasa.

LA MUJER PONE EN HORA SU RELOJ.

LA MUJER: Listo.

PAUSA.

EL HOMBRE: ¿Oye?

LA MUJER: Sí.

EL HOMBRE: Son ellos.

LA MUJER: Sí. Vienen para acá, ¿no?

EL HOMBRE: Sí. Ahí vienen.

EL HOMBRE Y LA MUJER PERMANECEN ESTÁTICOS Y EXPECTANTES EN EL MÁS PROFUNDO DE LOS SILENCIOS.

NADIE VIENE.

Esta obra está dedicada a la memoria de las víctimas del bombardeo a la Plaza de Mayo del 16 de junio de 1955, del atentado a la AMIA del 18 de julio de 1994 y a la de miles de hombres y mujeres que en la Argentina todavía claman por justicia.

La postergación fue seleccionada en 1999 en el concurso para participar del Ciclo de Teatro Leído organizado por la Sociedad General de Autores de la Argentina (ARGENTORES). La obra fue representada en este ciclo bajo la dirección de Roberto Nicolás Medina y los roles protagónicos fueron encarnados por Carlos Estrada y Erica Wallner.


E-mail: Hlevydaniel@argentores.org.ar                                                                                     Espacio cedido por ARGENTORES