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Serena danza del olvidoI La habitación de una casa en un pequeño pueblo. Pablo está acostado en la cama. Entra Griselda. GRISELDA: Está despierto, por fin. Hace más de veinte horas que duerme. ¿Se siente bien? ¿Se acuerda de algo? Tuvo muchísima fiebre, más de cuarenta. Por ahora se va a quedar aquí, el doctor prefiere vigilarlo de cerca. Fue una suerte que lo trajeran para acá. En el hospital se hubiese muerto, seguro. ¿Le duele la pierna? PABLO: Sí. GRISELDA: Le va a doler, el doctor le sacó dos pedazos de metal. Si el doctor no lo opera, se moría. Por la infección. PABLO: ¿Griselda? GRISELDA: Sí, soy Griselda. Pero no soy la que usted conoce. ¿Porque usted conoce una Griselda, no? Durante todo el tiempo que estuvo inconsciente no paró de nombrar a una Griselda. Y mientras el doctor lo operaba también. Yo al principio pensé que me llamaba a mí... Pero no, no podía ser yo... Es raro, que justo conozca una Griselda y que yo sea Griselda... Griselda no es un nombre muy común. PABLO: ¿Griselda? Soy yo, Pablo. GRISELDA: ¿Pablo? ¿Usted se llama Pablo? Mientras el doctor lo atendía yo le preguntaba cómo se llamaba, pero no respondía. PABLO: ¿Griselda? Estoy aquí, llegué vivo. GRISELDA: Si, tiene que estar contento, está vivo por milagro. Entra León. GRISELDA: Aquí llegó el doctor. PABLO: ¿Papá? LEÓN: ¿Cómo le va mi amigo? Bueno, ya casi no tiene fiebre, tiene mucha mejor cara. Va a vivir, lo felicito. PABLO: ¿Mamá? LEÓN: No, mi amigo, su madre no está aquí. Ahora usted está en un pueblo desconocido. Probablemente está muy lejos de su casa y de su familia. PABLO: Soy, soy yo, Pablo. Transición. León y Griselda se mantienen de pie. Pablo se incorpora. PABLO: Bueno, llegó el momento. En una hora sale el tren, ya tendría que estar en la estación. ¡Mamá, vamos! LEÓN: ¿ Y Griselda? PABLO: Griselda viene conmigo a la estación. LEÓN: Tenés que despedirte de Alberti, que quería verte. Me pidió que no te vayas sin saludarlo. PABLO: Bueno. LEÓN: Pablo. Se abrazan. PABLO: Los voy a extrañar a usted, a mamá, a Griselda... Espero que ustedes también me extrañen... Voy a escribir, cada vez que tenga un descanso. LEÓN: No te dejes matar. PABLO: Todos dicen que va a ser difícil... volver... Que para volver hay que tener mucha suerte. LEÓN: Quiero que me digas que vas a estar de vuelta, pronto. PABLO: Bueno, lo digo ahora. Voy a volver. No sé si pronto. Pero no va a encontrar mi nombre en la lista de las bajas. LEÓN: Es un trato. PABLO: Es un trato entre usted y yo. LEÓN: Cada día, cuando te despiertes, vas a recordar este trato. Eso te va a mantener vivo. (Pausa.) Te quiero, Pablo. Siempre te quise. PABLO: Piense en mí, a la noche, seguramente voy a necesitar que alguien piense en mí, a la noche. Bueno, hasta la vuelta. LEÓN: Hasta la vuelta. PABLO: Espérenme, porque voy a volver. Chau, suerte. Piense en mí. Voy a poner en marcha el auto. ¡Mamá, estoy afuera! II Griselda se acerca a Pablo, le sonríe, lo acaricia. Pablo sonríe también. Griselda lo toma de la mano. PABLO: Tengo que irme. GRISELDA: No, un rato más. Por favor. PABLO: No puedo. Pierdo el tren. GRISELDA: Qué voy a hacer sin vos, mi amor. PABLO: Voy a volver, ya te lo dije. GRISELDA: Prometeme que vas a volver. PABLO: Prometeme que cuando vuelva vas a estar esperándome. GRISELDA: Te lo prometo, mi amor. PABLO: Entonces voy a volver, vivo y sano, sin heridas. Sólo para verte una vez más. GRISELDA: Te amo, Pablo. Te voy a esperar, aunque no vengas. PABLO: Si vos me esperás, entonces voy a venir. Es tarde. GRISELDA: Sí. PABLO: Tu perfume, voy a tratar de recordar tu perfume. Cuando esté triste, dolorido, cuando tenga miedo, cuando esté solo, voy a pensar en tu perfume. Y en tus besos. Y en tus ojos. Para volver a encontrarme de nuevo con esos ojos voy a sobrevivir. GRISELDA: Siempre te gustaron mis ojos. Por vos aprendí a que me gusten a mí también. PABLO: No dejes de pensar en mí. GRISELDA: Yo voy a pensar en vos, y entonces, donde quiera que estés, te vas a sentir menos solo, el dolor se te va a aliviar, y ya no vas a tener miedo. PABLO: Qué hermosa estás ahora, así, no te muevas, dejame que te mire una vez más. GRISELDA: Anoche tuve un sueño. Soñé que ya habías vuelto. Te recibíamos, había una fiesta, tu mamá estaba radiante y me abrazaba. PABLO: Qué lástima que tenga que irme en primavera. GRISELDA: Pero todavía vamos a tener muchas, muchas primaveras juntos. Transición. PABLO: Es bueno estar en compañía de una mujer, después de tanto tiempo. GRISELDA: Yo no soy una mujer. PABLO: ¿No? GRISELDA: Es decir, no soy una mujer a la que usted pueda buscar... como compañía. Soy mujer, pero tengo marido. PABLO: Lo sé. Una esposa dedicada a su marido. Pausa. PABLO: Usted tiene ojos muy bellos, ¿lo sabía? GRISELDA: ¿Ojos bellos, yo? PABLO: ¿Nunca le dijeron que tenía ojos bellos? GRISELDA: La verdad que no. El único hombre que conocí fue León. Él no se fija mucho en esas cosas. PABLO: Su marido se equivoca, debería estar más atento. Nunca hay que acostumbrarse a la belleza de la mujer que a uno lo ama. Porque usted lo ama, ¿no es así? GRISELDA: Lo amo. Sí, lo amo mucho. PABLO: Sí, se nota. Y él la ama también, puedo adivinarlo. Él parece un hombre fuerte. GRISELDA: Es fuerte, es bueno, es generoso. No sé que haría si tuviera que vivir sin él. (Pausa.) PABLO: Sus ojos son bellos, muy bellos, sí. Pero tienen un fondo azul... de tristeza. GRISELDA: ¿Tristeza? Qué cosas dice usted. Jamás nadie me dijo que mis ojos parecían tristes. PABLO: Acaba de decir que nunca nadie se fijó en sus ojos. GRISELDA: Es cierto. Me gusta la manera cómo me mira, es como si me diera... serenidad. Dígame, ¿qué otra cosa, qué más puede ver en mis ojos? PABLO: Muchas cosas, escondidas, secretas. GRISELDA: Se equivoca. No tengo mucho que ocultar. PABLO: Muchas cosas que usted preferiría dejar guardadas. GRISELDA: ¿Por ejemplo? PABLO: Un amor, un amor antiguo. GRISELDA: Se equivoca otra vez. No hay ningún amor antiguo. Tengo que irme. PABLO: No, no se vaya. Pensé que a usted le gustaba lo que yo decía. GRISELDA: Usted es un desconocido, un extraño, un intruso. No debería estar hablando con un usted, ni siquiera dos palabras. PABLO: No. Espere. GRISELDA: No se atreva a tocarme, nunca más. PABLO: Perdóneme, no pude evitarlo. Siento necesidad de tener contacto con su piel, de tener sus manos entre las mías, de besarla. Pablo se arroja sobre ella, la besa. Griselda se deja besar. GRISELDA: Déjeme, déjeme sola. Creo que lo mejor es que se vaya de esta casa. Ya mismo. Tiene que irse ahora mismo. Mi marido podría matarlo si supiera que... PABLO: Que la besé. ¿Y usted, no me desea? GRISELDA: No. III Sentados a la mesa, León, Pablo y Griselda. Estos dos se toman de la mano, se sonríen, juegan. León los observa. PABLO: ¿Por qué tarda tanto? Se está haciendo muy tarde. (Pausa.) ¿Qué vamos a comer hoy? LEÓN: No sé. Otra vez tu madre no nos quiso decir. GRISELDA: A mí no me dejó entrar a la cocina. Dice que quiere sorprender a León. Es por el cumpleaños. Timbre, voy a atender. Griselda sale. PABLO: ¿Qué le habrá preparado? LEÓN: Yo sé lo que debe ser. PABLO: ¿Qué? LEÓN: No, no la voy a delatar. Pero ella sabe lo que a mí me gusta. Es un plato caliente, con mucho condimento. PABLO: ¿Será por eso que tarda tanto? ¿No se le habrá quemado todo? LEÓN: Esperemos que no. Paciencia, ya debe estar por venir. PABLO: A usted sí que lo trata bien. Cuando es mi cumpleaños no tengo plato especial. LEÓN: Yo también la trato bien. PABLO: ¿Sí, la trata bien? ¿Está seguro? Griselda vuelve. GRISELDA: Don José y Alberti le hicieron preparar una torta a Doña Juana. Dicen que es enorme y que ahora la van a traer. LEÓN: Ya me estaba extrañando que no manden la torta. Cada año la torta es más grande. En el pueblo todos saben que es mi cumpleaños. (Pausa.) Es la voz de Thelma. PABLO: Griselda, te llama. Debe necesitar que la ayudes. Ahí va, mamá. GRISELDA: Ya vuelvo. Cuando está por irse, Pablo la toma de la mano y la atrae hacia sí. Griselda lo besa en la boca. León se queda observándolos. Griselda se prepara para salir. Transición. León, Pablo y Griselda sentados a la mesa. León observa a Pablo, que mira a Griselda, que tiene la mirada fija en su plato. LEÓN: El café está en su punto exacto. La cantidad justa, la temperatura justa. La dosis perfecta de azúcar. PABLO: Bueno, me alegro que le guste. LEÓN: ¿Dónde aprendió a hacer café? PABLO: Mi madre me enseñó. Mi madre es una gran cocinera, aprendí de ella a cocinar, a hacer café, chocolate... LEÓN: ¿Y su madre, dónde está ahora? PABLO: No sé. Desde que salí de casa para ir a la guerra no la volví a ver. No volví a tener noticias de ella. Quiero pensar que estará bien. LEÓN: ¿Usted no le escribió? PABLO: Todo el tiempo. Pero es raro, nunca tuve respuesta. Y tengo miedo de que algo malo le haya pasado, porque ella jamás hubiese dejado de contestarme una carta. Y yo le mandé muchas. GRISELDA: Tal vez las cartas de su madre nunca le llegaron. PABLO: Ojalá tenga razón. Quizás mis cartas tampoco llegaron y ella todavía está esperando una noticia mía. LEÓN: ¿Usted vive lejos? PABLO: No sé qué decirle. Creo que sí, que vivo lejos. Pero no estoy seguro. No estoy seguro de que exista el pueblo que dejé. LEÓN: ¿Qué es lo que me está diciendo? Un pueblo no desaparece del mapa de un día para el otro. A menos que... ¿Usted no quiere encontrarlo? PABLO: Sí, claro. Claro que quiero volver a mi pueblo. LEÓN: Yo tengo la impresión de que no sabe qué camino tomar para volver a su casa. Y tampoco quiere saber. Tal vez quiera quedarse aquí. Usted se habrá dado cuenta: aquí es bienvenido. De alguna manera agradezco que haya llegado herido esa mañana. Usted es de mucha ayuda para Griselda, para la casa. Basta con fijarse cómo arregló el techo del garage. Basta con saborear su café. PABLO: Usted ha sido muy amable conmigo, desde que llegué esa mañana. Y siempre se lo voy a agradecer. LEÓN: No me agradezca. Soy doctor y la gente que tiene problemas siempre es bien recibida en mi casa, en nuestra casa. Todo el pueblo lo sabe. Cada uno me paga como puede, eso los hace felices y me hace feliz a mí también. Es bueno saber que para los demás uno es una persona confiable. ¿Usted qué cree? PABLO: Creo que sí. No creo, estoy seguro que usted es una persona muy confiable. Usted me salvó la vida. LEÓN: Me alegra oírlo. IV León está sentado a la mesa del comedor. Entra Pablo con una bolsa de la que saca un trapo espantosamente sucio. PABLO: Acabo de encontrar esto en el jardín. LEÓN: ¿Qué es eso? PABLO: Es un vestido. Mire esto. Tiene varios tajos, está empapado en sangre, sangre reseca. LEÓN: ¿Esto lo encontró en el jardín, dice? ¿En mi casa, en esta casa? PABLO: Sí. Enterrado cerca de la pared del fondo. LEÓN: Parece sangre, sí. Es espantoso. PABLO: No es la primera vez que encuentro... cosas. Hace unas semanas, mientras estaba plantando un rosal, tuve que hacer un pozo profundo y encontré un hueso. LEÓN: ¿Un hueso? PABLO: Un hueso grande. LEÓN: ¿Qué quiere decir un hueso grande? PABLO: Un hueso grande, de persona. LEÓN: ¿Está seguro de lo que dice? ¿Cómo sabe que es de persona? PABLO: Sé. LEÓN: Bueno, después tráigamelo al consultorio. Voy a revisarlo. ¿Por qué no me lo dijo antes? PABLO: La cuestión es... que no fue el único que encontré. LEÓN: ¿Qué está diciendo? PABLO: Tengo una bolsa repleta de huesos. Son huesos de hombre... o de mujer. LEÓN: Es horrible. ¿Está seguro? ¿Huesos en el jardín? ¿Por qué esperó tanto para decírmelo? PABLO: Quería estar seguro. Pero ahora, casi pude reconstruir el cuerpo entero. Me falta la cabeza y un brazo. (Pausa.) ¿De quién son esos huesos? LEÓN: ¿Cómo quiere que lo sepa? Cómo voy a imaginarme que hay huesos en el jardín. ¿Está seguro que los encontró en mi jardín? PABLO: Claro. LEÓN: Hay que ver si son huesos de persona, como dice usted. PABLO: Son huesos de persona, puede creerme. Alguien enterró un cuerpo en su jardín, sin que usted se entere. LEÓN: Lo que usted está diciendo es espantoso. PABLO: Alguien dividió un cuerpo en varias partes y lo enterró los pedazos en su jardín. Alguien usó su propio jardín como cementerio. LEÓN: Tengo que ver esos huesos ya mismo. PABLO: Se los voy a mostrar. Usted va a poder darse cuenta si son de hombre o de mujer. (Pausa.) ¿Usted sospecha quién pudo haber hecho algo así? LEÓN: No. Si lo sospechara ya mismo lo estaría buscando. PABLO: Me imagino que alguien mató a una persona y cada noche, mientras usted dormía, trepaba la pared que da al jardín y enterraba un pedazo. Después de varias noches pudo enterrar el cuerpo entero. LEÓN: Sí, ¿pero por qué se le ocurrió usar precisamente mi jardín? PABLO: No lo sé. LEÓN: No quiero que hable una palabra sobre esto. Ni siquiera con Griselda. Y ahora vamos, que quiero que me muestre esos huesos ahora mismo. V Griselda está sola en la sala. Entra León. LEÓN: Perdone, no fue mi intención. ¿Se asustó? GRISELDA: Sí, la verdad que me asusté. LEÓN: De nuevo, discúlpeme. Siéntese, no tiene por qué estar parada. ¿Qué hace acá, sola. GRISELDA: Espero a Pablo. Me dijo que a esta hora iba a estar acá. LEÓN: No creo, ellos van a tardar, un rato largo. GRISELDA: Pensé que usted estaba en el pueblo... con Pablo y Thelma. LEÓN: No. Yo me quedé esperando a un paciente, que al final no vino. (Pausa.) GRISELDA: Yo... Mejor me voy. Voy a volver más tarde. LEÓN: No, quédese por favor. En este momento no tengo nada que hacer y usted es una buena compañía, para un hombre como yo. GRISELDA: No, usted seguramente está ocupado. LEÓN: Es un placer. Además ya le dije que mi tarde está libre. ¿Usted se siente bien? GRISELDA: Sí. LEÓN: Está pálida. GRISELDA: No. Bueno, la verdad es que no sé como me veo. (Pausa.) LEÓN: Nunca estuvimos a solas, usted y yo, ¿no es cierto? Eso es lo que usted estaba pensando. GRISELDA: Sí, algo así. ¿Por qué, cómo lo sabe? LEÓN: Es que yo también estaba pensando en eso y me imaginé que lo mismo estaba pasando por su cabeza. No me equivoqué. GRISELDA: No. LEÓN: Es un error que no hablemos usted y yo. Es una falla, un defecto. Porque yo la vengo observando a usted desde que entró a esta casa. Es un error que debemos corregir porque a mí me gustaría hablar a menudo con usted. Y yo podría serle útil para cualquier cosa, sobre todo ahora, que van a venir tiempos muy difíciles. GRISELDA: Bueno, gracias. LEÓN: Usted es muy joven, no se da cuenta de lo joven que es. Generalmente cuando alcanzamos a darnos cuenta... es demasiado tarde. Yo estaría dispuesto a hacer cualquier cosa para que los años no se me acumulen. Y estar cerca de usted, de su plenitud, de su belleza... es como lograr que el tiempo se detenga. GRISELDA: Gracias. LEÓN: No me agradezca. No se lo digo para halagarla, es la pura verdad. GRISELDA: Yo creo que me voy a ir. Voy a volver más tarde. LEÓN: Espere. No se vaya todavía. Yo quiero decirle que Pablo... Usted sabe que va a ir a la guerra. Yo deseo con todas mis fuerzas que Pablo no se muera en la guerra. GRISELDA: No va a morir. LEÓN: No lo sabemos, no lo podemos saber. (Pausa.) Bueno, mientras él no esté aquí yo... Usted puede contar conmigo para lo que quiera, yo puedo darle todo lo que necesite. GRISELDA: Gracias. Gracias otra vez. LEÓN: Yo la conozco bien a usted. GRISELDA: ¿Por qué cree que me conoce? LEÓN: La vi desnuda. GRISELDA: ¿Cómo dijo? LEÓN: Sí, escuchó bien. Dije que la vi desnuda. GRISELDA: Tengo que irme. LEÓN: No, no se vaya todavía. Sí, la vi desnuda. Varias veces, mientras ustedes hacían el amor, yo no pude evitar detenerme ante la puerta, que estaba entreabierta. GRISELDA: Suélteme. LEÓN: Cada vez que la vi en esa cama adoré su cuerpo desnudo, su voz, sus susurros, sus gemidos, no, no se vaya, yo soy capaz de quererla muchísimo. GRISELDA: Suélteme, se lo suplico. LEÓN: Los tiempos que vienen van a ser durísimos. Yo voy a poder reemplazar a Pablo. Piénselo. GRISELDA: Por favor, me está lastimando. LEÓN: Sé perfectamente que en este momento usted me tiene miedo, me odia, y cree que soy repugnante. Pero no olvide que todo va a cambiar y cuando Pablo ya no esté entre nosotros yo voy a lograr que usted me ame. Puede irse, si quiere. Ah, trate de no hablar con nadie de nuestro... proyecto. No hable con Pablo, no es momento de decirle algo así. No hable con Thelma, porque seguramente ella va desconfiar de usted, más que de mí. Transición. GRISELDA: Después de tanto esperarlo, va a llegar. Los dos sabemos que va a llegar. LEÓN: Claro. Nunca pierdo la esperanza. GRISELDA: Es que sos un hombre fuerte, inteligente. Justamente vos no podés perder la esperanza. LEÓN: Me lo imagino varón. Me lo imagino corriendo al lado mío. Qué sensación maravillosa debe ser tener un bebé en brazos, sentir su fuerza, su respiración. Qué maravilloso debe ser saber que es mi hijo. Una sensación que te voy a deber únicamente a vos. GRISELDA: Los vas a tener en brazos y va a sonreír. Te va a sonreír, porque se siente bien en los brazos del padre. LEÓN: Va a llegar. Tarde o temprano va a llegar. Va a ser varón y se va a llamar Pablo. GRISELDA: ¿Pablo? ¿Pablo? ¿Cómo el... cómo tengo que llamarlo? ¿El ayudante? LEÓN: ¿A quién? Ah, Pablo, sí. ¿Qué pasa con Pablo? No te cae bien. Es una buena persona. GRISELDA: No me gusta. Hay algo en él que no me gusta. LEÓN: ¿Algo que no te gusta? Es muy trabajador. La casa es otra desde que está él. Arregló todos los techos. Todo funciona, hasta ese auto viejo. Tiene buena voluntad, siempre está dispuesto a hacer algo, a ayudar. A veces creo que tuvimos una suerte enorme en que haya venido a parar aquí. Yo no me estoy sintiendo bien, estoy un poco cansado, no me puedo ocupar de esas tareas, ya no tengo fuerzas. Y este muchacho... quizás parece un poco tonto. Pero no necesitamos que sea tan inteligente. ¿Qué es lo que pasa con él? GRISELDA: No sé, no puedo decirlo. Hay algo en él que me provoca desconfianza. Me siento mal si él está cerca. LEÓN: No tiene por qué estar cerca, al contrario. GRISELDA: Siento que me espía. LEÓN: ¿Te espía? ¿Vos lo encontraste espiándote? GRISELDA: No, no quiero decir que espía a mí. Siento que esconde algo. LEÓN: ¿Qué puede esconder? GRISELDA: Me encantaría saber qué puede esconder. VI Pablo y León están sentados frente a frente. Entre ellos, un tablero de ajedrez. Se mantienen unos instantes en silencio. León piensa, luego mueve una pieza. Pablo piensa a su vez y también mueve una pieza. PABLO: Jaque al rey. León mueve. PABLO: Jaque. León mueve. PABLO: Jaque. León mueve. PABLO: Jaque. LEÓN: ¿Qué hora es? PABLO: Las cinco y diez. LEÓN: Es tarde. León se incorpora. PABLO: ¿Qué pasa? LEÓN: Tengo que irme. PABLO: ¿Cómo que tiene que irse? LEÓN: Tengo que terminar algunas cosas en el consultorio. PABLO: ¿Ahora? ¿Tiene que ser ahora? LEÓN: Ahora. Y tengo que hacer una visita a una paciente en Rosales, tu madre me va acompañar. PABLO: Su paciente va a tener que esperar. LEÓN: Eso no va a poder ser. PABLO: La partida no terminó. León ríe a carcajadas. LEÓN: ¿Acaso pensabas que ibas a ganar? Creíste que me tenías porque me diste jaque al rey. Eso no significa nada. Yo estaba en mejor posición. PABLO: La partida no terminó. Usted tiene que quedarse sentado y seguir jugando. LEÓN: Si tanto te afecta podés darte por ganador. Eso, vamos a decir que Pablo ganó esta partida. Por fin Pablo ganó una partida de ajedrez. León toma el rey y lo vuelca sobre el tablero. PABLO: La partida no terminó. Transición. León se sienta a la mesa, piensa, luego mueve una pieza. Luego de unos instantes, Pablo mueve también. León ríe. LEÓN: Está muy bien, muy bien. Me doy por vencido. León inclina el rey sobre el tablero. LEÓN: Usted juega muy bien, muchacho. ¿Dónde aprendió? PABLO: Juego desde chico. LEÓN: Tiene que haber tenido un buen profesor. Lo que usted sabe no se aprende solo. PABLO: Mi padre me enseñó. LEÓN: ¿Su padre? PABLO: Bueno, mi padre.(Pausa.) En realidad, nunca estuve seguro de que fuera mi padre. LEÓN: ¿Por qué? PABLO: Siempre creí que mi padre era otro. Un hombre que se había casado con mi madre y la había abandonado. Si fue así mi madre me lo ocultó muy bien y yo jamás me atreví a preguntarle nada sobre eso. LEÓN: Todavía está a tiempo para averiguarlo. PABLO: Claro. De todas maneras eso no tiene importancia. Nunca dejé que esa idea me influyera. Siempre adoré a mi padre. Todavía lo extraño, me gustaría verlo, hablar con él, jugar al ajedrez, ir con él a pescar al río. LEÓN: ¿Usted también vive cerca del río? PABLO: Sí, antes de la guerra, nos sentábamos a pescar debajo de un sauce, siempre el mismo sauce. Desde que entré en el ejército no lo vi más. LEÓN: ¿Qué grado tenía usted? PABLO: Ahora soy teniente. LEÓN: ¿Sabe una cosa? En este pueblo no conozco a nadie que haya partido para ir a pelear. PABLO: ¿Nadie? Es raro. ¿Ninguno fue convocado? ¿Ninguno se ofreció como voluntario? LEÓN: Que yo sepa, no. Todos se mantuvieron tranquilos, en sus casas. Todos fueron cobardes, o sabios. En realidad la gente de este pueblo, cuando escuchan hablar de bombardeos, matanzas, fusilamientos, heridos, creen que son todos cuentos. Se les aparece como una historia lejana, mentirosa. Claro, aquí nadie perdió a ningún ser querido. Y no lo tome a mal, pero tampoco le creen que usted sea un soldado de verdad. PABLO: ¿No? ¿Y qué creen que soy? LEÓN: No sé, un farsante, o algo así. PABLO: ¿Y usted? ¿Me cree? ¿O piensa lo mismo que ellos? ¿Cree que soy un farsante? LEÓN: Ya que me lo pregunta, yo pienso que hay algo en usted que no es natural. Me llama la atención que luego de aguantar, como usted dice, todo tipo de sufrimientos, no vuelva a su casa para encontrarse con su familia, con su padre, su madre. PABLO: Mi novia. LEÓN: Su novia. No creí que tenía novia. PABLO: ¿Por qué no? LEÓN: Bueno, por eso mismo. Usted en vez de volver con su novia, permanece en esta casa. ¿No tiene ganas de verla? PABLO: Todo el tiempo. No pienso en otra cosa que en volver a estar con ella. LEÓN: ¿Y entonces, qué es lo que espera? (Pausa.) No quiero que me entienda mal, estamos contentos de tenerlo con nosotros, no es la primera vez que se lo digo. No le pido que se vaya, todo lo contrario. (Pausa.) ¿Cómo se llamaba su novia? PABLO: ¿Mi novia? Griselda. LEÓN: ¿Griselda? Qué coincidencia. VII Griselda y Pablo a solas en el comedor. León está presente, aunque ninguno de los dos lo advierta. PABLO: Ya no se respira el aire frío del invierno. GRISELDA: No, por suerte. Y parece que el viento nos da un descanso. ¿Vio él árbol del jardín? Ya a comenzó a dar sus capullos blancos. PABLO: Sí, lo vi. ¿Y el río? ¿Vio el río? Ya no tiene esas aguas marrones, ahora son claras, casi azules. GRISELDA: Es la luz nueva, de la nueva estación. El río tiene otro color, se comporta diferente en primavera. PABLO: También el color de sus ojos parece haber cambiado. GRISELDA: No. Usted se equivoca. El color de mis ojos jamás cambia, son verdes, siempre. PABLO: No me equivoco. Antes eran casi castaños, ahora son azulados. Como el río. GRISELDA: ¿Hasta cuándo va a hablarme de mis ojos? PABLO: Conocí a alguien a quien también le cambiaba el color de los ojos cuando llegaba la primavera. GRISELDA: Una mujer. PABLO: Sí, una mujer, hermosa. Como usted. GRISELDA: ¿Y usted la amaba? ¿La amaba mucho? PABLO: La adoraba. GRISELDA: ¿Por qué no está con ella ahora? PABLO: Desde que partí para pelear no la volví a ver. Supongo que ella esperaba que yo vuelva, vivo. Ahora debe estar convencida de que me mataron. GRISELDA: Escríbale. Hágale saber de alguna manera que está vivo. Ella debe estar esperándolo todavía. PABLO: ¿Usted cree? GRISELDA: Las mujeres sabemos esperar. PABLO: No, justamente. Yo creo que las mujeres no saben esperar. GRISELDA: Además, debe ser difícil olvidar a alguien como usted. PABLO: No, usted se equivoca. No debe haber en el mundo nada más fácil que olvidar a una persona como yo. GRISELDA: ¿Cómo se llama? PABLO: ¿Quién? ¿Ella? GRISELDA: Claro, ella. PABLO: ¿Qué importa el nombre? Tiene un lindo nombre. GRISELDA: ¿No me lo quiere decir? PABLO: No lo recuerdo. GRISELDA: Debe tener una buena razón para no decírmelo. Trate de recordar el nombre para mañana. Ahora tengo que irme. PABLO: A ella le encantaba contarme lo que había soñado. Cada mañana, al despertarse, trataba de retener los sueños para contármelos. Pero muchas veces era el mismo. Soñaba que tenía un violín entre las manos. GRISELDA: ¿Un violín? ¿Soñaba con un violín? PABLO: Y ella tocaba maravillosamente una melodía y a su lado una mujer la miraba hechizada. Ella me contaba que ese sueño continuamente se repetía y la melodía cada vez era la misma. GRISELDA: No puede ser. PABLO: Y ella estaba feliz de tocar junto a esa mujer que adoraba y que la adoraba. GRISELDA: No puede ser, ese es mi sueño. Es un sueño antiguo que se repite y no me abandona nunca. Pero yo no se lo conté, usted no pudo saberlo. (Pausa.) ¿Qué hace? PABLO: Déjeme tomar su mano, aunque sea por un instante. GRISELDA: Mi marido está aquí, en esta misma casa, en la habitación de al lado. PABLO: Fíjese. Yo le beso la mano. ¿Ve? Y la beso de nuevo. Y otra vez. Y otra vez. Y entonces usted no puede irse, no me puede dejar. No puede hacer nada. GRISELDA: Voy a irme. PABLO: Usted no se va a ir, porque no puede. Está esperando que la bese. GRISELDA: Suélteme, se lo ruego. PABLO: Y la voy a besar, ahora. (La besa en la boca.) GRISELDA: Déjeme ir. PABLO: No. GRISELDA: ¿Cómo sabe lo de mi sueño? PABLO: Lo sé. Y hablando de sueños, anoche fui yo el que soñé con usted. GRISELDA: No me interesan sus sueños. Déjeme en paz. No siga. No me cuente nada, no quiero escucharlo más. PABLO: ¿Por qué? (La besa de nuevo.) GRISELDA: No, se lo suplico. Todo lo que usted está haciendo me da mucho miedo. PABLO: ¿Por qué? Su marido no sabe nada. No nos ve. GRISELDA: No es por mi marido. O no es solamente por mi marido. Es usted, es usted el que me da miedo, me da terror. Y al mismo tiempo... (Pablo trata de besar a Griselda. Esta se resiste y finalmente cede. León observa.) VIII León en su lugar de trabajo. Entra Pablo. LEÓN: ¿Pasa algo? PABLO: Tiene mensaje. LEÓN: ¿Mensaje? ¿Qué quieren? PABLO: La hija menor de los Verten tiene fiebre, mucha fiebre, parece. Dicen que apenas pueda vaya para allá. LEÓN: Apenas termine con esto, voy. PABLO: Tiene que ir a caballo. El auto no arranca. LEÓN: ¿No arranca? Me dijiste que ya lo habías solucionado. ¿Qué es lo que pasa ahora? PABLO: Hasta ayer arrancaba perfectamente. Hoy lo probé y ya no hacía contacto. Hay que revisarlo de nuevo. LEÓN: Tenés que prepararme el petiso. PABLO: Ya se lo preparé. LEÓN: Gracias, Pablo, (Pausa.) ¿Me vas a acompañar? PABLO: No puedo. Voy a revisar el auto, de nuevo. LEÓN: El auto puede esperar, ya ves, no lo necesito. (Pausa.) Antes te gustaba venir conmigo, querías ayudarme. Los pacientes te esperaban a vos más que a mí. ¿Qué te anda pasando? PABLO: No me pasa nada. LEÓN: ¿Ya no querés que te vean conmigo? PABLO: ¿Por qué no iba a querer? LEÓN: La gente habla. La gente del pueblo es así. Pero me quieren, sabés muy bien que me quieren. No vas a creer todas las cosas que te dicen. ¿Con qué cuentos te vinieron? PABLO: Ningún cuento. Yo no oí nada. ¿De qué me tenía que enterar? LEÓN: Chismes, mentiras. PABLO: Nunca creo lo que me dicen, no creo una palabra. No necesito esperar a que nadie me venga a contar nada. Me basta con lo que veo y oigo, en esta casa. LEÓN: En esta casa no pasa nada que necesite contarse. PABLO: ¿Está seguro de lo que dice? Si me mantengo a la noche cerca de la puerta de su habitación, escucho como llora mi madre. Un gemido como avergonzado, mi madre trata de llorar en voz baja, para que yo no la escuche. Pero eso no es todo. Lo terrible es sentir cómo ahoga sus gritos, como si con eso alcanzara. LEÓN: Sí, para espiarnos. Esas son cosas que hacen a nuestro matrimonio, a nuestra intimidad. PABLO: Usted dice que la gente del pueblo lo quiere, y es cierto. Pero todo el pueblo sabe que usted maltrata a mi madre. LEÓN: Cuentos. PABLO: No son cuentos. Mi madre usa cada vez más ropa para que no veamos las marcas en su piel. Y eso es solamente lo que podemos ver. LEÓN: Vivimos juntos, dormimos en la misma cama. PABLO: Mi madre tiene terror. Hay que mirarla a los ojos, hay que observarla cuando camina. LEÓN: Ningún imbécil va a decirme cómo tengo que tratar a mi mujer. PABLO: Y yo no voy a dejar que ningún imbécil se atreva a castigar a mi madre. ¿Qué le pasa? ¿Va a pegarme? ¿Acaso se está preguntando si voy a tenerle tanto miedo como a ella? Vamos, trate de averiguarlo. Le puedo asegurar que si llega a levantar la mano le va a ir muy mal. No se confunda, yo sí soy capaz de devolver un golpe. Transición. LEÓN: Es usted. Yo escuchaba ruidos ahí arriba, no sabía quién podía estar ahí. PABLO: Fui a buscar piezas. LEÓN: ¿Está revisando el auto? PABLO: Sí. LEÓN: ¿Cree que hoy lo voy a poder usar? PABLO: Sí, faltan ajustar algunas cosas. Ahora voy a poder terminar. LEÓN: ¿Dónde encontró todo eso? PABLO: En el altillo. LEÓN: ¿En el altillo? ¿De qué altillo me habla? PABLO: La pieza que da a la terraza. LEÓN: La sala. ¿Y cómo consiguió entrar? ¿No estaba cerrado con llave? PABLO: No. La puerta estaba cerrada, sin llave. LEÓN: Es raro. Hubiera jurado que ese lugar estaba bajo llave. PABLO: ¿Hice mal en entrar? LEÓN: No, no es por usted. No lo tome a mal, no. (Pausa.) Le va a parecer raro. No recuerdo cuándo fue la última vez que subí a ese lugar. PABLO: ¿Por qué? LEÓN: No sé. Me gustaría saber qué hay guardado en esa pieza. No sé qué puede haber ahí, además de ese olor a humedad y a óxido. PABLO: Es increíble la cantidad de cosas que hay en ese altillo. Herramientas, canastos, juguetes, pilas de diarios, hasta una cocina vieja. Y pentagramas, cientos de hojas pentagramadas. LEÓN: ¿Juguetes, dijo? PABLO: Sí, hay juguetes, muchísimos juguetes. Autos de colección, un fuerte con soldados, muñecos. LEÓN: Juguetes. Es muy raro. PABLO: ¿Por qué? LEÓN: ¿De dónde habrán salido esos juguetes? PABLO: De algún chico. LEÓN: En esta casa nunca hubo chicos. PABLO: No lo creo. Todos esos juguetes que están ahí... Alguien los usó. LEÓN: Imposible. No puedo imaginar cómo fueron a parar ahí. PABLO: También hay un perchero, grande. En el perchero están colgados un montón de vestidos, muy cuidados. LEÓN: Parece que estuvo haciendo un inventario. PABLO: No. Miré, nada más. LEÓN: ¿Vestidos, dijo? ¿Vestidos de Griselda? PABLO: No sé. Pero no parecen vestidos de su mujer. O por lo menos de esta mujer. LEÓN: ¿Una esposa anterior, yo? ¿De dónde sacó esa idea? Jamás estuve casado antes de conocer a Griselda. PABLO: ¿De quién son entonces los vestidos? LEÓN: No lo sé. No sé de quién son esos vestidos, ni de cómo llegaron al altillo. ¿Cree que lo podrá arreglar? PABLO: ¿Cómo? LEÓN: El auto, digo. ¿Cree que va a arreglarlo? PABLO: Sí, hoy mismo va a poder usarlo. LEÓN: Bien, bien. ¿Dígame, también le arregló el auto a Alberti, mi vecino? PABLO: Sí. LEÓN: Hizo muy bien. Quería contarle. Alberti me estuvo hablando muy bien de usted. Me dijo que era inteligente y atento. Usted tiene que estar feliz y tranquilo. Hace más de treinta años que lo conozco a Alberti y nunca lo oí hablar bien de alguien. La gente de este pueblo es muy difícil, no se entusiasma así nomás. Pero parece que poco a poco usted va conquistando a todos. IX Pablo, Griselda y León están sentados a la mesa. LEÓN: Creo que hoy el café estuvo mejor que nunca. Logra superarse a sí mismo. PABLO: Gracias, me alegro que le guste. LEÓN: Bueno. ¿Va a traernos o no lo que nos prometió? PABLO: Sí. Ahora mismo. LEÓN: Bueno. Vaya, hombre, de una vez. Queremos saber de qué se trata. Pablo va y vuelve con un grabador. PABLO: Es un grabador. Estaba en el altillo. LEÓN: ¿En el altillo, un grabador? PABLO: Estaba en una caja de metal, al fondo de un armario. No funcionaba bien, pero lo desarmé entero y lo limpié. LEÓN: No sabía que teníamos un grabador en la casa. ¿Funciona? PABLO: Funciona perfectamente. Escuchen. Pablo enciende el grabador. Se oye una música de violín. Pablo cambia la cinta, vuelve a encender el aparato. PABLO: Escuchen esto. Se oye ahora una voz de mujer. VOZ DE THELMA: León, tengo que acercarme, ¿no? León te estoy hablando. LEÓN: ¿León dijo? ¿Me habla a mí? ¿Quién es? VOZ DE THELMA: Bueno, quiero que sepan que estoy en esta casa, es una tarde de verano, acabamos de venir del río, yo me siento muy feliz al lado de León. ¿Habrá grabado? Pablo detiene el aparato. LEÓN: ¿Quién es? PABLO: ¿No sabe quién es? LEÓN: No tengo la menor idea. PABLO: Otra. Pablo activa el grabador nuevamente. Se oye la voz de un bebé de un año y la risa de León y de Thelma. VOZ DE LEÓN: Pablo... Pablo... Mirá para acá. No, para acá. Eso, eso, andá con mamá, mirá lo que tiene para vos... andá. VOZ DE THELMA: Mirá, León, mirá como camina... Pablo... Pablo... Mirá a papá. VOZ DE LEÓN: Pablo... Pablo... Mirá lo que tengo acá... GRISELDA: León, es tu voz. LEÓN: Sí, es cierto. Parece mi voz. ¿De dónde salió esta cinta? GRISELDA: Y la voz de la mujer es la misma que en la otra cinta. Y hay un bebé. ¿Quién es el bebé? PABLO: ¿Usted es el de la grabación? LEÓN: Sí. GRISELDA: ¿Quién es la mujer, León? LEÓN: No lo sé. No tengo la menor idea. GRISELDA: ¿No la conocés, León? LEÓN: No. Sé que no me van a creer, porque está conmigo en la cinta. Pero no sé quién es. Jamás conocí a una mujer con esa voz. PABLO: Hay muchas más cintas. En casi todas está ella, y usted, y en varias aparece la voz del bebé. LEÓN: Jamás la conocí. No reconozco esa voz. ¿Tiene otra cinta? PABLO: Acá tengo una más. LEÓN: Póngala. VOZ DE THELMA: ¿Para qué León? El micrófono no hace falta. (La mujer ríe a carcajadas.) No, León, no. LEÓN: Otra vez me nombra. No sé quién es. VOZ DE THELMA: No, no, entonces, primero apagá el grabador. (La grabación se interrumpe. Luego empieza nuevamente. Se oyen los gemidos de la misma mujer.) Despacito, despacito. Un poquito más arriba. Ahí. ¿Estás grabando? Seguí, León. Seguí. ¡No, no, no te vayas! ¿Por qué me hacés eso? (Silencio) Sí, sí, ahí. Quedate, no te vayas. Sí, sí, León, ahí arriba. Te quiero, León. Sí, sí, sí, sí, ¡sí!, sí!, ¡sí!, ¡no te me vayas a ir!, ¡sí!, ¡¡sí!!, ¡¡sí!!, ¡¡¡sí!!!,¡¡¡¡Sííííííííííííí!!!!! (La grabación se interrumpe nuevamente. Luego comienza otra vez.) ¿Qué me estás mirando en las piernas? Dame una pitada. No, un cigarrillo entero, no. Quiero una pitada nada más. ¿Me ves más vieja? PABLO: ¿Y ahora? ¿La pudo reconocer? LEÓN: No, no sé quién es. X Pablo se acerca con sigilo a Griselda que advierte su presencia y le hace una seña de silencio. Pablo la toma por la cintura, desde atrás y comienza a besarla lentamente en el cuello. Ella intenta resistirse, trata de liberar su cintura de los brazos de Pablo, pero este se mantiene firme, Griselda gira sobre sí misma, se enfrenta a Pablo, lo besa en la boca, se besan apasionadamente. León observa toda la escena. GRISELDA: Él va a venir, nos va a encontrar. PABLO: Él está lejos, salió en el auto. GRISELDA: Puede estar por aquí. PABLO: Desde que me fui de acá, durante todo este tiempo, en lo único que pensé fue en vivir este momento, te amo, Griselda. GRISELDA: No es cierto, jamás me viste antes, jamás te vi. PABLO: Esta es la casa en que nací. Esta es la casa en la que hicimos el amor, tantas veces, antes de que yo me fuera. GRISELDA: Él fue mi primer hombre. PABLO: En aquel patio jugábamos, nos reíamos, nos besábamos. Algunas veces pasábamos la tarde en el río. Tu madre te esperaba ansiosa. GRISELDA: Nunca conocí a mi madre. PABLO: Yo sí conocí a tu madre. Y a la mía, que vivía en esta misma casa, que estaba siempre pendiente de mí, de su marido, de vos. Una mujer muy alta que te enseñaba a tocar el violín, que nos servía el almuerzo, una mujer muy hermosa que siempre se reía. GRISELDA: Es una fantasía tuya, esa mujer no existió nunca. PABLO: Mi madre pensaba que ibas a ser una gran música, una gran violinista. GRISELDA: Jamás vi un violín en toda mi vida. PABLO: A mi madre le encantaba vernos juntos, disfrutaba de nuestra juventud. GRISELDA: Ninguna mujer vivió en esta casa, antes de que yo me casara con él. PABLO: Sí. Una mujer de piernas largas, de ojos brillantes como su sonrisa. Esa mujer te adoraba, y quería que seas mi esposa. GRISELDA: Yo soy la única mujer que vivió en esta casa. PABLO: Yo nací y jugué y crecí aquí. Me prometiste que me ibas a esperar, te prometí volver. GRISELDA: No era yo, me confundís con otra, con tu amor, que dejaste esperándote. PABLO: Vos sos mi amor, vos tenías que esperarme, vos prometiste un montón de primaveras, juntos. GRISELDA: No era yo. Pero no importa. Ahora nos tenemos el uno al otro. PABLO: No. Antes nos teníamos el uno al otro. Ahora le pertenecés a él. GRISELDA: Él es una gran persona, me cuida, me protege. PABLO: Él vivía con mi madre, ella ya no está. GRISELDA: No la recuerdo. PABLO: En tu sueño tocás un violín y al lado tuyo hay una mujer, que te mira fascinada. Esa mujer tiene cejas gruesas, pestañas muy largas, ojos color miel... GRISELDA: El pelo muy negro, labios gruesos, dientes blanquísimos. Y se ríe cuando me oye tocar y yo sé que quiere abrazarme y yo quiero que me abrace, es lo que más quiero en el mundo. PABLO: Esa mujer es Thelma, mi madre. Nos servía el almuerzo, siempre estaba dispuesta a ayudarte. GRISELDA: No sé quién es. PABLO: Ese hombre que es tu esposo antes fue el esposo de mi madre. Ella ya no está. Él borró su presencia para siempre. Ahora nadie la recuerda, nadie sabe que alguna vez ella existió. GRISELDA: Esa es una pesadilla, un mal sueño que tuviste. León nunca le haría mal a nadie. Jamás conocimos a esa mujer. Jamás te conocimos antes de que llegaras. Entra León. LEÓN: Joven, no me imaginé que estaba aquí, con mi mujer. PABLO: ¿Me necesitaba para algo, señor? LEÓN: No, no lo necesitaba. Nada más pensé que usted estaba en el pueblo. Y lo encontré aquí. PABLO: Estuve en el pueblo, volví hace dos horas. ¿Precisa algo en el pueblo? Puedo volver, si quiere. LEÓN: No, no, no necesito nada. Perdonen, ¿los interrumpo? GRISELDA: No. LEÓN: Quizás ustedes estaban teniendo una conversación sobre algún tema en especial y yo los estoy estorbando. PABLO: No, hablábamos... Del clima, que se vuelve irrespirable. LEÓN: Irrespirable. Esa es la palabra justa. No sé cuánto tiempo más vamos a seguir así. Sí, ahora me acuerdo. Quería decirle algo. En una época teníamos unos ventiladores viejos, que habían dejado de funcionar. Búsquelos, trate de ver qué puede hacer con ellos. Seguramente puede encontrarlos en el altillo. Después vaya a verme al consultorio. Nos vemos ahí. XI Pablo y Griselda acostados en la cama. Griselda se incorpora, desnuda, comienza a vestirse. León observa. GRISELDA: Yo tengo un violín en las manos. Es un violín hermoso como nunca había visto. Y yo empiezo a tocar y la melodía es encantadora. No quiero parar un segundo para poder seguir oyendo esa música que yo misma estoy tocando. Al lado mío hay una mujer, que me mira hechizada, tu madre, que me alienta a seguir, me hace señas de que voy muy bien. Yo estoy feliz de que ella me escuche tocar tan bien, tan feliz que dejo de tocar para abrazarla. Y nos abrazamos, y lloramos y nos reímos a carcajadas y sentimos que nuestro pecho va a estallar de alegría. PABLO: El mismo sueño. Siempre mi madre. GRISELDA: Sí, siempre tu madre. Quiero contarle el sueño alguna vez. PABLO: Tenés que contárselo, la vas a fascinar. GRISELDA: Alguna vez me voy a atrever. (Pausa.) PABLO: Nos queda poco tiempo. GRISELDA: Hay alguien en algún lugar de la casa. PABLO: Recorrí la sala, las habitaciones. Estamos solos. GRISELDA: Siento voces, como susurros. Y antes escuché crujidos. PABLO: Mi madre está en el pueblo, con León. Pronto van a venir, pero ahora te tengo toda para mí. GRISELDA: Y yo estoy feliz. PABLO: Quiero que me tengas abrazado, quiero sentirte cerca. GRISELDA: Tengo miedo. PABLO: Estoy con vos, no puede pasarte nada. No nos quedan muchos momentos como este. GRISELDA: No estoy tranquila. Mientras hacíamos el amor escuchaba ruidos. Hoy, aquí, parecería que la casa entera me hablara. (Pausa.) Vamos al río. Es una tarde brillante, podemos nadar. PABLO: No vamos a ir hasta el río justamente para nadar. GRISELDA: No tenemos que nadar, si no querés. O no tenemos que nadar solamente. PABLO: Vamos al río. GRISELDA: Te quiero. PABLO: Yo te quiero. Transición. León y Pablo están sentados a la mesa, Griselda de pie ante una torta de cumpleaños con una vela encendida. LEÓN: No, todavía no. Tenés que pedir tres deseos. GRISELDA: Sí, ya, me falta uno. A ver... Ya está. LEÓN: Bueno, a apagar la vela entonces. Bien, muy bien. PABLO: Feliz cumpleaños. Yo quería decirle... Tengo una sorpresa. Espere, ya vuelvo. Pablo entra y sale con un paquete. GRISELDA: Qué grande. ¿Qué es? LEÓN: Tenés que abrirlo. Griselda quita el envoltorio del paquete. GRISELDA: Es un estuche. ¿Qué hay? PABLO: Ábralo. Griselda abre el estuche. GRISELDA: ¿Un violín? Es un violín. LEÓN: ¿Un violín? ¿Es un regalo para Griselda? PABLO: Sí, es para ella. GRISELDA: Es hermoso. LEÓN: Sí, es un lindo violín, bueno, parece lindo. (Pausa.) Déjemelo tenerlo. Sí, es hermoso. ¿Cómo se le ocurrió regalarle un violín? ¿Cómo se le ocurrió semejante... idiotez? PABLO: Disculpe. No pensé que podía molestarle. LEÓN: No me molesta. PABLO: Creí que a Griselda le gustaba la música. LEÓN: Sí, puede ser que le guste escucharla ¿Pero para qué puede querer Griselda un violín? PABLO: Yo tenía la idea de que ella podía tocar el violín. LEÓN: ¿Griselda? Pero de dónde sacó eso. A Griselda nunca le interesó la música. ¿Quién le dijo que puede tocar el violín? PABLO: Nadie, nadie me lo dijo. Yo me lo imaginé. LEÓN: Una estupidez. Encima le debe haber salido carísimo. ¿Dónde lo consiguió? ¿Acá en el pueblo? PABLO: Sí. LEÓN: ¿Quién se lo vendió? PABLO: Alguien me lo consiguió. LEÓN: No me lo quiere decir, ¿eh? No me quiere decir cómo lo consiguió. GRISELDA: A mí me encantó su regalo. Se lo agradezco muchísimo. PABLO: Me alegro. Y aunque no sepa tocar, puede aprender. El violín ya lo tiene. LEÓN: Otra estupidez. ¿Y quién le va a enseñar a tocar? Conozco a todos los habitantes de este pueblo. No hay uno solo que sepa tocar ni violín. Alberti, apenas un poco de guitarra. Aquí no hay profesores de música. Nunca hubo. PABLO: Trate de tocar. GRISELDA: No puedo. LEÓN: ¿Cómo va a tocar? ¿Usted cree que es muy fácil? Tiene que saber ubicar el violín, el arco debe tomarse de una manera especial... PABLO: Tiene que ubicar el violín en esta parte del hombro. Y el arco lo tiene que tomar así... Pablo hace sonar el violín. LEÓN: ¿Usted sabe tocar? PABLO: Algo, no mucho. Mi madre es profesora de violín. A mí nunca me interesó aprender, pero algo recuerdo. Así, póngaselo así. Bien. Ahora toque. GRISELDA: No puedo. PABLO: No diga no puedo. Solamente toque. GRISELDA: Es imposible. PABLO: Mantenga el violín en su lugar. No lo baje. Eso es. Ahora apoye el arco en las cuerdas. Eso es. Ahora toque. Pablo le da un breve beso en la boca. León observa pero finge no haber notado nada. XII Se oye a lo lejos música de fiesta. Pablo, León y Griselda en el comedor de la casa. LEÓN: Es la fiesta más esperada por todos. Hay vino y comida en cantidades increíbles. Cada familia prepara varios platos y los comparte con los demás. Y al final, un poco antes de las doce, fuegos artificiales. Ya va a ver. Bueno vamos, la gente me conoce por mi puntualidad, ya me deben estar esperando. Todos esperan que yo diga unas palabras. GRISELDA: León, yo no voy a ir. LEÓN: Cómo que no vas a venir. GRISELDA: No me siento muy bien. LEÓN: ¿Qué tenés? GRISELDA: Estoy descompuesta. Prefiero quedarme en la cama. LEÓN: ¿Descompuesta? ¿Te duele el estómago? GRISELDA: Tengo náuseas, quiero dormir. LEÓN: ¿Náuseas? Bueno, ahora voy a buscar algo para darte. Lo mejor es que te acuestes. Yo voy a ir con Pablo. PABLO: No, señor, discúlpeme. Yo tampoco voy a ir. LEÓN: ¿No va a venir? ¿Cómo no va a venir? La gente va a querer verlo. Si ya no puedo caminar por el pueblo sin que me pregunten por usted. Tiene que venir conmigo. PABLO: No voy a ir, LEÓN: ¿Cómo no va a venir? No me va a dejar ir solo... PABLO: Me voy a quedar con Griselda. LEÓN: ¿Con Griselda? Ella no necesita de su compañía, va a dormir, ¿no la oyó? Yo quiero que venga conmigo. PABLO: Me parece que a partir de ahora ya no lo voy a acompañar. LEÓN: ¿De qué está hablando? ¿Está pensando en irse? PABLO: No. LEÓN: ¿Y entonces? PABLO: No le preguntó a Griselda por qué se siente descompuesta. LEÓN: No, no le pregunté. ¿Y eso que tiene que ver? PABLO: ¿Por qué no le preguntó? LEÓN: No lo entiendo. ¿Adónde quiere llegar? Muchas veces Griselda se siente descompuesta, es muy común. ¿Pero qué tiene que ver todo esto con usted? PABLO: Griselda tiene mucho que ver conmigo, es hora de que le diga la verdad. LEÓN: No sé qué es lo que tiene para decirme, pero prefiero que me lo diga después. Ahora hay un montón de gente que nos espera. PABLO: Pero yo prefiero decírselo ahora. LEÓN: Bueno, dígalo rápido, vamos, hable. PABLO: Yo... Estoy enamorado de su mujer. LEÓN: ¿Cómo dijo? ¿Enamorado? ¿Enamorado de Griselda? Eso que usted dice es una estupidez. Griselda es mi mujer. PABLO: Sé que es su mujer. LEÓN: Lo lamento mucho. Ella vive conmigo, duerme conmigo. No hay nada que pueda hacer por usted. PABLO: Es que usted no tiene que hacer nada. Ni puede hacer nada. Griselda es su mujer, pero está enamorada de mí. LEÓN: ¿Mi mujer? No lo creo. Muchas veces me dijo que no lo soportaba. PABLO: Mentía. LEÓN: ¿Usted cree que mentía? ¿Está seguro? PABLO: Estoy muy seguro. LEÓN: ¿Por qué está tan seguro? ¿Ella le dio alguna prueba? PABLO: Sí. LEÓN: ¿Qué tipo de pruebas? ¿Qué le diste, Griselda a este joven, que está tan convencido? Ya ve, Griselda no contesta. No parece tan segura como usted. PABLO: Lo dudo. LEÓN: Hablemos claro. ¿Qué me quiere decir? ¿Usted se acostó con mi esposa? ¿Aprovecharon algún momento en que yo estaba afuera? Bueno, evidentemente no pude evitarlo. (Pausa.) Ya está, ya me lo dijo. ¿Se siente más tranquilo ahora? No parece muy tranquilo. ¿Qué está esperando, que haga una escena? No, eso no es para mí, soy un hombre con muchos años encima, he visto demasiadas cosas. No voy a alterarme por algo que ya sabía. PABLO: ¿Ya lo sabía? ¿Y no le importó? LEÓN: Yo no dije que no me importó. Pero, ¿qué puedo hacer yo para impedir que usted se acueste con mi mujer? Hasta ahora no pude hacer nada. Nada. Quizás en algún momento pueda reaccionar. Apenas entró en esta casa ella se apasionó por usted. No es demasiado raro: usted es joven, atractivo. No puedo compararme. Pero para qué me cuenta todo esto. ¿Qué planes tiene? PABLO: Ya no quiero compartirla. LEÓN: Ajá, ¿y cómo cree que va a lograr semejante... hazaña? PABLO: Griselda está embarazada. LEÓN: ¿Cómo? ¿Está embarazada? Griselda, vamos a tener un hijo. PABLO: El hijo es mío. No es suyo. LEÓN: ¿Qué le hace pensar eso? PABLO: Sé que es mi hijo. Y usted también lo sabe perfectamente. LEÓN: Griselda es mi esposa. El hijo que lleve en sus entrañas va a ser mío. PABLO: Griselda y yo vamos a tener nuestro hijo. A partir de este momento nunca más va a ponerle una mano encima. Ya no es su mujer. LEÓN: Ajá. ¿Y Griselda está de acuerdo? PABLO: Sí. LEÓN: Griselda, ¿estás de acuerdo? GRISELDA: Sí. LEÓN: ¿Absolutamente? GRISELDA: Sí. LEÓN: ¿No querés que te acaricie, no querés que te bese nunca más? GRISELDA: No. LEÓN: Ya no querés ser mi esposa. GRISELDA: No. LEÓN: Sentís asco, asco de mí, de mi cuerpo blando, de mis manos manchadas. ¿No es así? GRISELDA: Sí. LEÓN: Quieren condenarme, los dos. (Pausa.) ¿Van a irse? PABLO: No. No vamos a irnos, vamos a vivir aquí. Voy a reconstruir mi hogar en esta casa. LEÓN: ¿Y yo? ¿Qué planes tienen para mí? PABLO: Usted va a seguir con su vida de siempre, y con su trabajo. LEÓN: En poco tiempo todo el pueblo va a murmurar sobre nosotros tres. PABLO: El pueblo entero lo venera, siempre van a respetarlo. LEÓN: Es un error. Ninguno de los dos debió decirme nada de esto. Yo ya había entendido. Podíamos vivir con el secreto, podíamos fingir que todo seguía igual. A partir de ahora los tres vamos a vivir compartiendo la verdad. PABLO: No hay otra solución. LEÓN: Sí le queda otra solución. Lo mejor que puede hacer es que juntar sus cosas, irse bien lejos. PABLO: No, no me voy a ir, este es mi lugar. LEÓN: Olvida que me debe un favor. PABLO: No creo deberle nada. LEÓN: ¿Se olvida de que llegó aquí moribundo, que yo lo curé, que le salvé la vida? PABLO: No olvido nada de lo que me pasa. LEÓN: Como quiera. De todas maneras mi mujer llega hasta donde yo la dejo llegar. No pensará que yo voy a dejar que usted llegue a esta casa y me arrebate todo lo que tengo. PABLO: Quisiera saber cómo lo va a evitar. LEÓN: Tengo muchas maneras, muchas más de la que imagina. No se haga ilusiones, en poco tiempo no va a verla nunca más. Es tarde, tengo que irme, la gente del pueblo me espera. León sale. PABLO: Ya sabe la verdad. Ahora vamos a empezar una vida nueva. Transición. Pausa larga. La música de la fiesta aumenta de volumen y en la más profunda oscuridad se distinguen algunos gritos seguidos de varios disparos de escopeta. Silencio. XIII Luz muy tenue. Se oye a lo lejos música de fiesta. Griselda espera sentada la llegada de Pablo. Entra León, tiene en sus manos una pala y un serrucho. GRISELDA: ¿Pablo? LEÓN: No, no es Pablo. Soy yo. GRISELDA: León. Es de madrugada. ¿Por qué estás acá a esta hora? LEÓN: Estaba trabajando. GRISELDA: ¿Trabajando? El consultorio estaba vacío. LEÓN: No estaba en el consultorio. GRISELDA: ¿Y ese serrucho? ¿Y esa pala? ¿Qué estabas haciendo? LEÓN: Hace frío aquí. GRISELDA: ¿Dónde estabas? LEÓN: Tendrías que abrigarte. GRISELDA: ¿Qué estabas haciendo con esa pala? LEÓN: Estaba en el jardín. GRISELDA: ¿ A esta hora, en el jardín? LEÓN: Sí. GRISELDA: ¿Qué hacías en el jardín? LEÓN: ¿Qué hacías en la oscuridad? GRISELDA: Lo estoy esperando. LEÓN: A él. GRISELDA: A él. LEÓN: Él ya no va a volver. GRISELDA: ¿Por qué no va a volver? ¿Cómo sabés que no va a volver? LEÓN: Tuvo que viajar. GRISELDA: No es cierto. LEÓN: Tuvo que irse. GRISELDA: No es cierto, él no quería dejarme. LEÓN: Quería ver a su familia, su verdadera familia. Buscaba a su madre. Me pidió que lo ayude. Tuve que ayudarlo. GRISELDA: Quiero verlo, necesito verlo ahora. LEÓN: No está, ya no está. GRISELDA: Va a volver, lo voy a esperar acá, hasta que llegue. LEÓN: Tenemos que ir a dormir. GRISELDA: Quiero que vuelva, que me abrace. LEÓN: Ya debe estar lejos de aquí, no va a volver sólo para verte. GRISELDA: Él va a venir, va a abrazarme, va a besarme. LEÓN: Como quieras, podés esperarlo si querés. GRISELDA: Si se va a ir tiene que hacerme el amor una vez más. LEÓN: Ya no va a hacerte el amor, nunca más. GRISELDA: Sí va a venir, porque sabe que lo amo. Él es la razón de que yo viva. Yo vivo para él. Vivo para él. LEÓN: Sé que lo amabas con todas tus fuerzas. Pero él tarde o temprano se tenía que ir. GRISELDA: No es cierto. Jamás me dijo que pensaba irse. LEÓN: Tarde o temprano se iba a ir y vas a tener que acostumbrarte a que él no esté. GRISELDA: Pero yo lo quiero ver. Una vez más. LEÓN: Es imposible. Ya no. (Pausa.) Yo también te quiero. GRISELDA: Lo sé. LEÓN: Abrazame. GRISELDA: No. LEÓN: Abrazame, por favor. Él ya no está. Y yo te necesito. Griselda abraza a León. Lo acaricia. LEÓN: Tenemos que estar felices. Después de tanto esperarlo, llegó. Vamos a tener un hijo. Dentro de poco vamos a tenerlo en brazos, vamos a sentir su fuerza, su respiración. Qué maravilloso va a ser saber que es mi hijo. GRISELDA: Los vas a tener en brazos y va a sonreír. Te va a sonreír, porque se siente bien en los brazos del padre. LEÓN: Estoy feliz. Y todo te lo debo a vos. (Pausa.) Tenemos que dormir. Mañana tenemos que levantarnos bien temprano. Se inaugura la escuela, por fin. GRISELDA: ¿Mañana? LEÓN: Mañana. El director quiere que estemos ahí. Tal vez me pida que diga unas palabras. Vamos. (Pausa.) Te espero en el cuarto. León sale. Griselda permanece unos instantes pensativa y luego sale también. Los últimos rastros de luz desaparecen. Serena danza del olvido recibió una Mención de Honor en el Concurso Internacional de Obras Dramáticas Tramoya 2000 de la Universidad Veracruzana, México. Y fue editada en el número 65 de la Revista Tramoya. |
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