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| LA BLUSA ITALIANA (Fragmento) (…) Delia se levanta, mira la hora en su reloj pulsera. Eleonora: Hace calor acá. Poné el aire acondicionado. Delia, soltame, yo te atiendo. Delia: No puedo. Eleonora: No me cuentes más. Ya está. ¿Qué hacemos las dos solas acá, hablando como locas? Delia: Ya estoy mejor. Termino. Es muy importante para mí. Eleonora: Necesitás ayuda. Algún psicólogo. Ahí está. Te vas al hospital y buscás un psicólogo. Yo te busco un psicólogo particular, te lo pago. Pero vos no podés estar así. Tan angustiada. Tenés familia. Podés hacer alguna locura. Delia hace una pequeña pausa y retoma su confesión. Delia: El 5 del 6 del 2003. ¿Recuerda? Eleonora: No. Delia: Yo sí. El 5 de Julio del 2002, su marido a las 11 de la noche atropelló a mi hijo y lo dejo tirado, lo dejó morir como un perro. Eleonora suelta una exclamación que le sale desde el fondo de sus entrañas. Eleonora: No lo recordaba… esa desgracia fue terrible para nosotros. Yo la quiero olvidar. Delia: Yo también pero no puedo. Eleonora: ¿Me vas a matar? Delia: Sí. Eleonora: Es una locura. ¿Por qué? Delia: Porque ustedes mataron a mi hijo. Eleonora: No es así. Tu hijo se le cruzó a la camioneta. Salió de repente. Raúl, mi marido, se lo vio encima y no pudo hacer nada. Vos no sos una mujer que vaya a matar a nadie, Delia. Delia: Su marido tampoco, y sin embargo… Pausa. Delia: Los amigos de Carmelo, mi hijo tenía el mismo nombre que su tío abuelo, dijeron que la camioneta venía muy rápido, que mordió en cordón y se fue hacia la banquina cerca de las casas. Eleonora: Delia: ¿Quién te dijo eso? Tu hijo estaba solo. Sus amigos estaban en la otra cuadra tomando cerveza: No podían ver nada. Además… Delia: Además… ¿qué? Eleonora: No lo quiero decir. Te vas a enojar y tenés un revólver. Delia agita el revólver en el aire. Delia: Diga, diga. Eleonora: La autopsia decía que tu hijo estaba borracho y además había fumado mucho porro. Delia baja la cabeza. Eleonora: Ninguna madre puede estar segura. Qué se yo si los míos no fuman. En el juicio ninguno de los amigos dijo lo que vos decís. Delia: Porque tenían miedo. Unos policías de de civil de la departamental los amenazaron en la calle. Eleonora: ¿Y por qué no hicieron la denuncia? Delia: Señora, ¿van a la policía a denunciar a la policía? ¿Y el peritaje, por qué no hicieron el peritaje en la ruta? Eleonora: Se hizo pero se pudo comprobar que el dibujo era el mismo que el de las ruedas de la 4x4. Delia: No me diga lo que no se pudo comprobar. Le estoy hablando de lo que fue. De que su marido atropelló a mi hijo y lo dejó tirado. Eleonora: No hablo más con vos. Me tapás la boca, me tenés apuntada y te tengo que decir que sí a todo. Delia: No la apunto más. Delia deja el revolver a un costado. Eleonora: Soltame. Delia: No. Eleonora: Entonces no hablo. Hace lo que quieras. Matame si querés pero no hablo. Pausa. Delia: Está bien. Hablo yo. Todas mentiras del principio al fin. Mentira que venía despacio: Los vecinos de varias cuadras antes escucharon chirriar las ruedas, mentira que no derrapó frente al kiosco, las marcas quedaron, se escuchó la frenada. Mentiras que no se bajó. Los amigos de mi hijo vieron la camioneta parada en el medio de la calle con las luces encendidas. En un barrio se sabe todo, todo el mundo mira. Y después las mujeres hablamos entre nosotros. Como ahora usted y yo. Mentiras que no hay testigos. Hay testigos pero tienen miedo. La departamental les metió miedo a todos. ¿Y por qué? Porque le pusieron plata a la policía. Eleonora: Eso es no es verdad. Delia: Está mintiendo, señora. Una amiga, que está de novia con un muchacho de la comisaría, quiso averiguar y él le dijo que no podía hacer nada porque hasta el jefe de la departamental estaba metido. Eleonora: No, yo no lo hubiera permitido. Delia: ¿Seguro? Pausa larga. Eleonora: Yo no sé lo que hace mi marido. El tiene sus cosas, su trabajo, su empresa y yo no sé nada. Cuido los chicos. Siempre fue así. No sé nada. Delia: ¿Y por qué yo lo sé y usted no? Eleonora: Yo le creo. Es mi marido. Delia mueve la cabeza mientras mira hacia abajo. Delia: Mentira el juicio. Por eso no fui a ver esa farsa. Sí, estaba borracho el Carmelo y con marihuana encima. Pero… ¿su marido no? ¿De donde venía? Eleonora: Había ido a jugar un torneo de golf. Delia: Y se quedaron a comer un asado, ¿no? Eso dijo. ¿Y no tomo? ¿Y ahora qué? ¿El Carmelo, qué? ¿Vivió y qué? ¿Ahora es algo que se tira a la basura? ¿Y el que lo mata nada? Eleonora: La justicia… Delia: La justicia… ¡Nada! El padre de los chicos se fue con una negrita. Hizo otra familia, tiene otro varón. Yo, y mis dos hijas. Yo sé que como madre me equivoqué. Yo sé que tengo mucha culpa. Lo malcrié. Le permití que dejara la escuela, pero a esa edad ya no hacen caso. Le daba plata para el cyber, para las salidas, para su "Damas Gratis". Tenía miedo que se me metiera en cosas raras. Si no tienen plata se meten en cosas raras. Yo tengo mi culpa… ¡pero yo no lo atropellé! Lo chocó su marido y lo dejó tirado como un perro. Yo me morí con él, la familia se murió con él. Ahora tenemos que agachar la cabeza frente a los vecinos que saben que perdimos un hijo y nos la tenemos que aguantar. A mi me devoró la cama y me dejé morir con él. ¿Sabe que me dio fuerza? Eleonora: Dios. Delia: No, no fue Dios. Fue la venganza. Me dio las fuerzas que yo me había perdido. Me sentí fuerte para entrar en el country, para cambiarle el lugar a la chica que a ustedes no les gustaba. Fuerte y alegre hasta que usted me eligió, como yo quería. Fuerza y la alegría de venir todos los fines de semana, de aprender como se movía la familia: los viajes de su esposo, el tenis suyo, qué hacían los chicos. Macarena cuando venía, cuando no. La venganza me dio fuerza. Delia mira insistentemente su reloj pulsera. Está inquieta. Ambas mujeres guardan silencio unos pocos minutos que parecen eternos. De pronto Delia se levanta como un resorte, toma la cinta de embalar y tapa la boca de Eleonora que se resiste. Intenta gritar. Un "¡No!" suena apagado. Ahora sí se escucha el ruido de un motor que se acerca a la casa. Los ojos de Eleonora salen de sus órbitas por la desesperación. Se agita en la silla, que se bambolea y cae. Delia se para y toma el revolver. Delia: Sí, señora, las dos vamos a perder un hijo. |
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